martes, 22 de agosto de 2017

UNA CONSTITUYENTE PARA RETRASAR LA PARTIDA


Yo sigo inclinándome hacia la idea, quizás me equivoque, de que la espuria  y esperpéntica asamblea constituyente no se hizo para cambiar el texto de la Constitución vigente; que su propósito principal es el de aparentar ante el mundo que se está  recurriendo a la soberanía popular para conjurar la grave crisis del país y “volver” a la paz y la concordia nacionales. Eso fue lo que le habrían vendido sus geniales asesores cubanos al gobierno, como fórmula para salir del atolladero y parece que se lo han creido.

A mi juicio, el objetivo de los que gobiernan, principalmente, es el de desplazar a los opositores de las instituciones que no controla o que les son molestas, y así actuar a su antojo para imponer su tiranía sin obstáculos. 

Ambos propósitos no han sido logrados. Como decimos coloquialmente en Venezuela, el cuento de la supuesta consulta al poder originario no se lo comió nadie, mucho menos que tal iniciativa sea para conciliar al país y resolver los enormes problemas que nos agobian.

Para la comunidad internacional, con la excepción de muy pocos países que tienen intereses crematísticos o geopolíticos, tal aquelarre político y el gobierno que lo promovió concitan el más amplio rechazo y sus decisiones no serán avaladas, y esto no solo en lo político sino también en lo jurídico. Nadie en el mundo tendrá ninguna garantía legal de que los compromisos asumidos por la tiranía que precisen de la aprobación parlamentaria, seran honrados en posteriores gobiernos. 

El mundo no tiene dudas de que el de Venezuela es un gobierno antidemocrático que pisotea los derechos humanos y se ha colocado al margen de la legalidad internacional. 

El país sigue hundiéndose al borde de convertirse en Estado fallido. La economía no podría estar peor. La inflación se ha tornado insoportable para las mayorías y las perspectivas, de seguir la deriva enloquecida actual en esta materia,  son escalofriantes. 

La destrucción por casi dos décadas del aparato productivo muestra, a medida que pasan los días, sus letales resultados. Políticas económicas de las más nocivas que se conocen, han sido puestas en práctica por una caterva de ignorantes y corruptos sin preparación técnica, ni ideas claras para conducir una administración gubernamental medianamente razonable.   

Son estos mismos destructores, con su mediocridad sin par e indigestos de una ideología mortífera, los que hoy se sientan en “La Corte de los milagros” que conforma la constituyente, en la cual, por cierto, no actúan más que dos docenas de la nomenklatura chavista, porque los demás, varios cientos, puestos allí a dedo y además “arreados”, o no asisten (dicen que no les pagan el sueldo y los viáticos que les prometieron) o no tienen nada que decir. 

La constituyente estaba muerta al nacer. De ella no podía esperarse nada. No resolverá ninguno de los ingentes problemas del país, ni ése es su interés. Más bien, los agravará.

Sin duda, es un recurso de la tiranía para retrasar su indetenible colapso y desviar la atención de la honda crisis que nos tortura, creyendo que con ello o surgirá algún milagro económico, un golpe mágico que los salve, o que se  les permita negociar una salida “honrosa” del gobierno.

Para los calculadores y cínicos del gobierno, la constituyente es un instrumento que no persigue la modificación de la Constitución; es un señuelo, un ardid, que les permite sobrevivir un tiempo adicional mientras resuelven como irse de la mejor manera, con el menor daño posible a sus intereses personales. 

EMILIO NOUEL V.
 

 
 
 
 

sábado, 12 de agosto de 2017

EL DEBER DEL MUNDO CON VENEZUELA

   
            EMILIO NOUEL V.
        Miembro del Grupo Avila
 
El no ya tan “nouveau philosophe” Bernard-Henri Levy, publicó en los días que corren un artículo sobre Venezuela en el que hace un llamado a la comunidad internacional para que asuma su ‘responsabilidad de proteger’, tal y como las NNUU entiende este concepto.
El intelectual francés, uno de los líderes del Mayo del 68, es ampliamente conocido por sus posiciones contra las atrocidades perpetradas por gobiernos autoritarios  y represores en el mundo, como el de Putin, o en su momento, el de Milosevic en la antigua Yugoslavia.
El deber del mundo con Venezuela” es el título del artículo (Project Syndicate).
Allí, Levy, primero, pregunta a su compatriota, el populista radical J. L. Melenchon, quien aún sigue cantando loas al régimen asesino chavista, cuándo va a admitir el horror venezolano y el desastre económico y social en que han sumido a un país con tantos recursos, que en materia de inflación está  compitiendo con la tasa de inflación de Zimbabue o la Alemania de Weimar.
Según Levy, NNUU, en aplicación del principio de protección, debería enviar una señal fuerte al gobierno de Maduro para que pare la violencia contra su pueblo; y a tal propósito el Consejo de Seguridad necesita mostrar el coraje de emitir una declaración de condena contra ese régimen.
Por otro lado, pide a todos los países que muestren su solidaridad con el parlamento venezolano y que se acuerden severas sanciones económicas y financieras.

Levy afirma: “La situación en Venezuela debería preocupar a todos los países que tienen interés en la lucha contra el terrorismo y las redes de lavado de dinero que lo financian”.

Igualmente, subraya los peligrosos vínculos del gobierno chavista con Bashar al Assad de Siria, Corea del Norte y el grupo Hezbollah.
Todos estos graves asuntos, para Levy, deberían obtener respuestas urgentes de parte de la comunidad internacional, que hasta hace poco tiempo no había tomado cartas en el asunto.
Ciertamente, la preocupación de Levy es legítima y  su planteamiento sobre la responsabilidad de proteger establecido por las NNUU es pertinente. Debemos recordar que esta obligación de la comunidad internacional ha sido reiterada. En el mundo de hoy se ha establecido como principio el deber y el derecho de injerencia que tendrían las organizaciones internacionales frente a las violaciones masivas de los DDHH, y Venezuela, sin duda, se encuentra en una situación de tal naturaleza.
Por razones de defensa y preservación de la democracia, la injerencia es lícita. Los organismos internacionales lo han establecido en sus normativas y tiene carácter vinculante. Las NNUU, la Unión Europea, Mercosur, la CAN, la Alianza del Pacifico, entre otras,  contienen la llamada cláusula democrática que ampara a los pueblos frente a gobiernos tiránicos.
Casualmente, otro “nouveau philosophe”, André Glucksmann, expresa muy bien tal derecho: “Cuando un régimen somete a su población al suplicio, las sociedades felices tienen, sin duda, el derecho de intervenir mediante la palabra y la escritura; mediante asistencia, desde luego; mediante presiones diplomáticas o financieras, por supuesto; y mediante armas, si es necesario”. 
La normativa de las NNUU sobre los Derechos Humanos y la Democracia constituye una disciplina imperativa, vinculante, para los miembros de esa institución. Pero ella debería estar fundamentada tanto en una voluntad política y como en una moral, sin las cuales no será eficaz. Ya varios países (12) del hemisferio dieron un paso que se concreto en la Declaración de Lima y las consecuencias de esta no se harán esperar.
Lleva razón Bernard-Henri Levy cuando resalta el deber que tiene la comunidad internacional de poner su mirada sobre lo que está sucediendo en Venezuela. Y esto implica adoptar medidas que logren doblar el brazo a la tiranía chavista, y la hagan consentir en un proceso de negociación que permita a recuperación de la institucionalidad democrática y las libertades.
Estamos aun a tiempo de frenar una deriva infernal que podemos lamentar todos, no solo los venezolanos. Pero lo que está muy claro es que la barbarie no puede escudarse en el principio de independencia o soberanía de los Estados, de alli el deber que enfatiza Levy.

viernes, 4 de agosto de 2017

MADURO, MÁS SOLO QUE LA UNA


El repugnante palmarés del gobierno militar-cívico del tirano Maduro no sólo se evidencia en su espantoso gobierno, también se expresa en su pertenencia al exclusivo y reducido grupo de regímenes que han sido repudiados y sancionados por la comunidad internacional, lo que le ha llevado a un aislamiento en el mundo sin precedentes.
El gobierno venezolano está acorralado. En lo político y lo económico. Aparte de unos países sin peso ni influencia en el entorno mundial, en su mayoría desacreditados, no tiene soporte alguno. Porque decir que Rusia o China lo apoyan es solo eso: un decir, cuya base es endeble, que depende de los vaivenes de la geopolítica y de los intereses crematísticos, muy volátiles y cambiantes.
A lo interno, está claro que tiene el desapego de más del 80% de los ciudadanos, según las mediciones de las encuestadoras serias. El hambre, la inseguridad, la ruina de los servicios públicos y las necesidades de toda naturaleza son las razones de tal aborrecimiento.    
El gobierno es inviable. Desde hace meses está decretada su muerte por inanición. No tiene opciones de supervivencia en el marco de sus desquiciadas políticas. Las fuentes de financiamiento se le cerraron, no tiene a quien recurrir, a menos que siga rematando al país a precio de gallina flaca.    
Lo decía en estos días Ricardo Hausmann (“El colapso sin precedentes de Venezuela” en Project Syndicate), la depresión económica de Venezuela (disminución del 40% del PIB, el declive del ingreso nacional es de 51%, ingresos fiscales cayeron en un 70%) es más aguda que la de la Gran Depresión de 1929 y mayor que la de países destruidos por la guerra como Ruanda o Sudan del Sur, más recientemente. “La catástrofe de Venezuela eclipsa cualquier otra de la historia de EEUU, Europa o le resto de América Latina“, dice Hausmann.
El gobierno, a medida que pasan los días, va quedando solo. Los organismos de los DDHH de la ONU y de la OEA andan alarmados por los desmanes que están cometiendo las fuerzas armadas contra manifestantes que solo piden libertad y elecciones libres. Muy preocupada, la dirigencia de la Unión Europea no deja de manifestarse casi a diario en relación con nuestra crisis e insta al gobierno a que negocie con la oposición democrática, libere los presos políticos y llame a elecciones. La mayoría de los gobiernos de nuestro hemisferio hacen otro tanto.
En Mercosur los países miembros están a punto de tomar decisiones severas con base a los Protocolos vigentes sobre Democracia y DDHH, lo cual podría acarrear la expulsión definitiva de Venezuela de ese bloque comercial.
Decenas de expresidentes piden que en Venezuela se restablezca la democracia y las libertades y denuncian las atrocidades de lesa humanidad perpetradas por los esbirros del régimen de Maduro y sus secuaces.
El gobierno está aislado mundialmente, está como la una. Es una suerte de leproso internacional. Su fraudulenta constituyente no será reconocida. Sólo pocos gobiernos y grupos políticos cegados por la ideología y los negociados lo respaldan.
La verdad se está imponiendo. Nos acercamos a un desenlace que deseamos se lo más pronto. Aun cuando hay muchas y fuertes razones para impacientarse, lo prudente y eficaz es perseverar en lo que han sido los postulados fundamentales de la estrategia de la oposición democrática: cambio constitucional, democrático, electoral y pacífico. Esta es la garantía de victoria definitiva.
Sin abandonar la protesta y la movilización ciudadana, debe actuarse en todos los tableros, incluso en el electoral, más allá de que la institucionalidad en este campo esté subordinada al gobierno.

EMILIO NOUEL V.