domingo, 12 de julio de 2015

                                LOS PLEITOS FRONTERIZOS







                                                                    La América quedó convertida en una colección de islas,

                                                                           en un archipiélago, y si el vecino supo del vecino fue para

                                                                           el solo efecto de armarle pleito de fronteras

                                                                                                                                     Germán Arciniegas

Las controversias por límites geográficos no han faltado en nuestro continente y ellas se remontan a los tiempos primeros de la independencia. El puro y duro impulso por controlar territorios no pocas veces era justificado con el mentado uti possidetis juris.

EEUU y México, la Gran Colombia y Perú, Costa Rica y Panamá, Honduras y Nicaragua, Brasil y Argentina, Paraguay y Bolivia, Argentina contra Perú y Bolivia, Venezuela y Colombia, y paremos de contar.

La época de los discursos sobre un destino común, “la unidad americana”, “la patria es América”, “América para los americanos”; los tiempos en que anglos e hispanos compartíamos ideales de libertad y autonomía frente a Europa en los círculos conspirativos de masones de Caracas o Pensilvania, ya habían quedado atrás.

Como diría Arciniegas, el mundo americano comenzó a encogerse con la misma naturalidad con que se había desdoblado algunos años antes. La “rebeldía universal” encarnada en hombres como Viscardo, Miranda, Jefferson, San Martin o Hamilton, se transfiguró en los países latinoamericanos, una vez alcanzada la independencia, “en polémica de machetes entre la libertad y el orden interno de las pequeñas repúblicas”.  Generales y soldados volvían de la guerra para convertirse en caudillos que se mostraban al mundo agresivamente como “soberanos”, en dueños absolutos de bienes y personas de sus comarcas; la visión estrecha de parroquia se imponía.

De aquellos vientos vinieron los lodos presentes en materia de linderos que separan a países supuestamente “hermanos soberanos de la libertad”, como rezaba aquel himno de la infancia que inflamaba nuestros ingenuos corazones.

Algunos diferendos se han resuelto, otros siguen vivos, como el de Chile y Bolivia. Venezuela tiene pendientes dos, cuyas resultas aún están por verse.

En estos asuntos, el gobierno venezolano actual, como en casi todo lo que toca, no hace más que chapuza. Ignorancia, dejadez, improvisación, falta de profesionalismo, torpezas y conveniencias de política internacional, todo un catálogo de desidia y entreguismo.  

Los gobiernos de la democracia civil se comportaron de forma diametralmente opuesta. Fueron diligentes, y desde el punto de vista técnico, solventes. Defendieron con firmeza los intereses de la República.

En el manejo de lo de Guyana, el gobierno chavista ha significado años de indolencia rayana en la traición, si a los códigos de conducta de los que están en el poder nos acogemos. 

Basta leer a los especialistas para constatar una performance lamentable, que por presiones de los que realmente gobiernan en el país, los militares, se han visto remolcados a una rectificación que pretenderían usar electoralmente.

Pero los problemas limítrofes, si bien importantes, de alguna manera se “diluyen” si nos colocamos en otra perspectiva. Particularmente, la de la cooperación e integración económico-comercial de los países. Soy de los convencidos de que en la medida en que nos pongamos de acuerdo sobre asuntos crematísticos, el tema de linderos nacionales pasa a un segundo plano o toma un  curso de arreglo satisfactorio para las partes en pugna.

La integración comercial colombo-venezolana, iniciada a partir de la Comunidad Andina, hizo que el debate sobre el Golfo se volviera menos presente o determinante en las relaciones bilaterales, a pesar de la posición de ciertos “halcones” de lado y lado. 

Sé que ésta es una opinión polémica, y no faltará quien me señale de idealista comeflor que no ve el mundo de leviatanes egoístas, voraces e implacables que nos rodean.

Quienes ven estos litigios sólo desde el ángulo de las soberanías territoriales, de las líneas demarcatorias o las coordenadas, sin reparar en que algunas soluciones viables podrían venir por la vía de compartir, mediante una negociación pragmática, los beneficios que se generen en las zonas en discusión, pueden estar colocando a sus países, en el mejor de los casos, en el camino de eternas, costosas y nacional-xenofóbicas disputas, o en el peor: la guerra.  

En un mundo cada día más poroso y abierto,  de sociedades interpenetradas, en el que las fronteras político-territoriales y culturales van dejando de ser obstáculos insalvables para convertirse en espacios fluidos, insistir en querellas principistas, no realistas, sobre límites controvertidos y dudosos entre países, es condenarse a perder inestimables oportunidades de bienestar de las poblaciones involucradas mediante soluciones equitativas y racionales, como diría Consalvi, y de consolidación de la paz.

Lo dicho no implica, por supuesto, que cuando nos asista un derecho indiscutible y claro, renunciemos a él. Pero cada caso tiene sus particularidades. 

Sólo llamo la atención sobre la perspectiva tradicional y hasta dogmática de los puntos y rayas, o la de las llamadas fronteras emocionales, que se apartan de soluciones prácticas, sobre todo, cuando los elementos jurídicos y fácticos de la controversia no se muestran claros para las partes en conflicto o las circunstancias concretas impiden soluciones o interpretaciones viables a la luz meramente del Derecho.

A una diplomacia seria e inteligente corresponderá abrir los caminos del entendimiento posible en estas difíciles situaciones.




 
Emilio Nouel V.

@ENouelV