sábado, 30 de noviembre de 2013

Europa, en serio

            Jorge M. Reverte
El País
Europa es una tierra de libertades individuales, de control democrático de los Gobiernos y que garantiza el Estado de bienestar a sus ciudadanos. Ese es el resumen que hace el profesor José Álvarez Junco del mito europeo en una entrevista en el espléndido Pueblo y nación(Taurus, 2013) hecho en homenaje a su trayectoria. La diferencia con EE UU es que al otro lado del Atlántico el tercer aspecto no ha formado parte del discurso político, salvo en momentos, como ahora, en los que Barack Obama intenta componer un sistema sanitario generalizado.
Ambos ejemplos comparten otra cosa: su mito fundacional no es sino una creación voluntaria, política, de gentes ilustradas que no se han aferrado a historias ancestrales que justifiquen su existencia. Pero lo cierto es que ya funcionan como mito: Europa es, para casi todos los europeos, un continente en el que la democracia, la libertad y los servicios básicos parecen haber formado siempre parte de su esencia. Eso sucede, aunque cualquier estudiante de secundaria puede saber que nuestra historia está sembrada de intolerancia, de guerras, de matanzas. Pero decidimos creérnoslo. Una patria con esas características merece un esfuerzo.
El relato que toda buena nación precisa para sustentarse necesita, como suele abundar Santos Juliá, además del mito, de unas leyendas: las historias de los héroes que la han puesto en pie, que la han defendido. En la historia de las naciones esas leyendas han sido siempre falsas. Si no, no serían leyendas, claro. Pero tanto en el caso de EE UU como en el europeo, los héroes legendarios tienen un currículo comprobable, y normalmente muy pedestre. El acuerdo sobre el acero o sobre la mantequilla son hazañas con carácter fundacional en nuestro caso, por ejemplo. Eso no tiene un contenido de apariencia épica. Mejor así. La épica conduce con frecuencia a la bronca sangrienta.
Ahora viene un tiempo nuevo para los héroes pedestres. Las elecciones europeas del próximo año, que se adivinan cruciales ante un posible cambio de modelo que afectaría a los tres pilares del mito. Tentaciones autoritarias, xenofobia creciente, fundamentalismos financieros, insolidaridad entre países de primera y de segunda, desprecio de la igualdad... En Europa se van a cocinar las más suculentas partes de un nuevo concepto. Y eso parece que no conmueve lo suficiente a los ciudadanos ni a los políticos.
Quien mejor lo ha expresado ha sido el vicesecretario general de organización del PP, Carlos Floriano, que arengó hace un par de semanas a sus huestes diciendo que había que preparar las europeas porque eran la antesala de las elecciones locales. Pero en los cuarteles generales de otras formaciones se manejan las listas de posibles candidatos con nombres que aspiran a un retiro de la política nacional en lugar de otros que pudieran discutir con solvencia y con idiomas sobre las grandes cuestiones que acabarán por marcar nuestro futuro como europeos, es decir, como ciudadanos libres, con derechos democráticos y amparados por el Estado en lo imprescindible.
Todo eso nos va en el envite. Grandes mitos y políticos pedestres. Eso hace falta.