jueves, 21 de mayo de 2015

LAS ILUSIONES ACERCA DE LA INTEGRACIÓN EUROPEA

VACLAV KLAUS

(Discurso del 12 de Marzo de 2013 en el CATO INSTITUTE)

Hoy es un día especial para mi. En marzo, mi segundo periodo como presidente de la República Checa expiró, y con un alto grado de probabilidad esto marcará el fin de mi carrera de 23 años en la política —una carrera que duró sin interrupción desde la caída del comunismo, pasando por la Revolución de Terciopelo, hasta esta primavera.
He sido extremadamente honrado al ser invitado a convertirme en un distinguido Académico Titular del Cato Institute y estoy ansioso por cumplir con este nuevo papel. Aprecio mucho el papel que Cato ha desempeñado a lo largo de las últimas décadas defendiendo la libertad, los mercados libres y el gobierno limitado. Hoy es simplemente el inicio de mi nueva vida aquí con ustedes.
Me pidieron que dijera unas palabras acerca de Europa —que siempre ha sido uno de mis temas favoritos— y quisiera empezar colocando los problemas del continente europeo en una perspectiva más amplia.
Mi nuevo libro, que la editorial inglesa decidió titular Europe: The Shattering of Illusions (Europa: La destrucción de las ilusiones), refleja mi frustración con lo que ha pasado en Europa. Ese título, por cierto, no fue exactamente mi idea. Nunca me hice ilusiones acerca de la integración europea, así que para mí nunca fue necesario destruirlas.
Sin embargo, el libro explora el marco institucional actual de Europa —que se desarrolló a lo largo del tiempo desde la Segunda Guerra Mundial hasta el inicio de la crisis de deuda en la Eurozona— así como también las costosas reacciones a estos sucesos. En pocas palabras, el optimismo excesivo alrededor de los beneficios económicos de la integración territorial es, y siempre ha sido, ingenuo. Las consecuencias de la desnacionalización y de la centralización son, en una palabra, anti-democráticas.
Es importante enfatizar que la República Checa es parte de Europa, es un miembro de la Unión Europea (UE) y no es miembro de la Eurozona. Un país no puede ser miembro de Europa, y es importante enfatizar este hecho. Casi 85 por ciento de las exportaciones checas se dirigen a Europa —una región que experimenta tanto un estancamiento económico prolongado como una severa crisis de las deudas soberanas. Incluso con una moneda en libre flotación, la República Checa no puede desconectarse de las tendencias económicas del resto del continente.
Mi país es un ejemplo de un país pequeño con una economía abierta. Pero para crecer, la República Checa necesita una relación sólida con socios comerciales que gocen de una buena salud económica.
Lamentablemente, este no es el caso en la actualidad. En marzo, la Oficina de Estadísticas de la República Checa anunció que el producto interno bruto del país se contrajo en 0,2 por ciento. Toda la evidencia disponible sugiere que el futuro económico no será fácil para los que vivimos en Europa con nuestras familias, hijos, y nietos. No podemos escapar del destino del continente en general. Por lo tanto tenemos un interés genuino, y no simplemente uno académico, en el futuro de Europa.
La situación económica actual no es accidental. Esta es la consecuencia de por lo menos dos cosas. Por un lado, se debe al cada vez más deficiente sistema económico y social a lo largo de Europa, que sin embargo fue escogido de manera deliberada. Por otra parte, es una consecuencia de los acuerdos institucionales dentro de la UE que son crecientemente centralizados y burocráticos. Ambas cosas constituyen un obstáculo fundamental para cualquier desarrollo positivo, un obstáculo que no puede ser removido con correcciones marginales a las políticas económicas de corto plazo. Los problemas son mucho más profundos.
Es más que evidente que la excesivamente regulada economía en Europa está todavía más limitada por una carga pesada de requisitos sociales y ambientales, que operan dentro de la atmósfera de un Estado de Bienestar paternalista. Esta carga es demasiado pesada y los incentivos para el trabajo productivo demasiado débiles como para que este pueda lograr crecimiento. Si Europa quiere reactivar su desarrollo económico, tiene que realizar una transformación fundamental, un cambio sistémico. Esto es algo que nosotros en Europa Central y del Este tuvimos que hacer hace 20 años.
La segunda parte del problema es el modelo europeo de integración. Las excesivas y antinaturales metas de unificación, estandarización, y armonización del continente europeo, basadas en el concepto de “una Unión cada vez más estrecha” son verdaderamente un obstáculo para cualquier desarrollo positivo.
El momento en el que los costos marginales del proyecto de integración europea empezaron a exceder visiblemente los beneficios, llegó como resultado del intento de unificar monetariamente a todo el continente. Este fracaso era esperado —y era inevitable, de hecho— y sus consecuencias fueron bien comprendidas por muchos de nosotros antes de que sucedieran. Este camino era totalmente predecible para los países más económicamente débiles de Europa también, que repetidas veces habían experimentado desagradables, aunque inevitables, ajustes mediante la devaluación de sus monedas en el pasado.
Todos los economistas que merecen el título estaban conscientes del hecho de que Grecia estaba destinada al fracaso, habiendo estado encarcelada en el sistema que acabo de describir. La historia nos da muchos ejemplos similares.
Los beneficios prometidos como resultado de aceptar una moneda común nunca llegaron. El supuesto incremento del comercio internacional y de las transacciones financieras fue relativamente pequeño y más que contrarrestado por los costos de este arreglo.
En buenos tiempos económicos, incluso las áreas monetarias no-óptimas pueden funcionar, así como todos los regímenes de tipo de cambio fijo funcionaron durante algún tiempo. Pero cuando llegan los malos tiempos, incluyendo la crisis financiera a fines de la última década, todas las inconsistencias, debilidades, ineficiencias, discrepancias, desbalances y desequilibrios se vuelven evidentes y la unión monetaria deja de funcionar adecuadamente. Esto no debería ser una sorpresa. En el pasado, todos los regímenes de tipo de cambio fijo, incluyendo el sistema de Bretton Woods, requerían de ajustes al tipo de cambio tarde o temprano —una explicación que uno puede encontrar en cualquier libro de texto sobre economía elemental.
Las expectativas —o más bien, ilusiones— de que una economía europea muy heterogénea se homogenizaría mediante la unificación monetaria demostraron ser erróneas rápidamente. Desde la introducción del euro, las economías europeas han divergido en lugar de converger. La eliminación de una de las variables económicas más importantes —el tipo de cambio— del sistema económico existente condujo a una especie de ceguera entre los políticos, los economistas y los banqueros.
Algunos recordarán que hace 20 años se dio la disolución de otra unión monetaria, política y fiscal, conocida como Checoslovaquia. Yo estuve a cargo de organizar la separación. De hecho, febrero marcó el aniversario No. 20 de la desintegración monetaria de la República Checa con Eslovaquia, y nuestra experiencia es muy clara.
La anterior federación checoslovaca estuvo unida durante 70 años pero tuvo que aceptar que la integración nominal no era suficiente para la eliminación de diferencias económicas entre los dos países. Habían, por supuesto, otras razones para la separación, pero las económicas fueron las principales.
Pero no nos dejemos engañar. Cuando se discuten los problemas actuales que afligen a Europa, está mal concentrarse en los logros o fracasos de países individuales. Grecia no causó el problema europeo actual. Al contrario, Grecia es la víctima del sistema de una sola moneda en la Eurozona. Cometieron solamente un error trágico al ingresar a la Eurozona. Todo lo demás corresponde al comportamiento usual del país, comportamiento que ninguno de nosotros tiene el derecho de criticar.
El grado de eficiencia o ineficiencia económica de Grecia, así como también su tendencia a vivir con deuda soberana, deberían haber sido bien conocidas por todos. Creo que permitir que Grecia abandone la Eurozona sería el principio de un viaje largo de este país hacia un futuro económico saludable. Pero no tengo la ambición de cambiar a Grecia. Quiero cambiar el marco institucional de la UE. Los griegos ojalá entiendan a estas alturas que la misma talla no le calza a todos. Solo deseo que los políticos más importantes en la UE comprendieran esta visión.
No lo veo, sin embargo. Su manera de pensar está basada en cierto tipo de razonamiento, como si las leyes económicas no existieran y la política puede por lo tanto determinar la economía. Personas como yo fuimos criados en una época en que esta forma de pensar era dominante en los países comunistas de Europa del Este y Central. Algunos de nosotros nos atrevimos a expresar nuestro desacuerdo con esto en ese entonces. Éramos considerados enemigos en ese entonces y somos considerados enemigos ahora.
Europa está lista para una decisión fundamental: ¿Debemos continuar creyendo en el dogma de que la política puede determinar la economía y defender el marco institucional actual a cualquier costo? O, ¿deberíamos, finalmente, aceptar que debemos volver a la racionalidad económica?
La respuesta que ha dado una mayoría abrumadora de los políticos europeos hasta ahora es que están dispuestos a continuar en la ruta actual. Es nuestro deber decirles que las consecuencias de tales conclusiones serán más graves y producirán costos más altos para todos nosotros. Eventualmente, estos costos se volverán insoportables. Estoy convencido de que deberíamos cambiar de dirección.
Lo que necesitamos en Europa no son cumbres más frecuentes en Bruselas, sino una transformación fundamental de nuestro pensamiento y comportamiento. Europa tiene que efectuar un cambio sistémico —un cambio de paradigma— y esto requiere de un proceso político genuino, no de la aprobación de un documento sofisticado preparado detrás de puertas cerradas. La solución debe surgir como resultado de debates políticos dentro de cada país miembro de la UE. Debe ser generada por el pueblo, por el demos de estos países.
Está de moda ahora tanto en EE.UU. como en Europa hablar de una crisis. Pero una crisis implica, en la definición del economista Joseph Schumpeter, un proceso de “destrucción creativa”. Luego de una crisis, no todo puede ser rescatado y mantenido. Algo debe quedarse atrás del proceso, especialmente las ideas equivocadas. En este momento, deberíamos crear el hábito de descartar los sueños utópicos, de rechazar las actividades económicas irracionales, de negar su promoción por parte de los gobiernos europeos. Parte de esto implica dejar que incluso se permita que caigan algunos estados.
Quienes se oponen a esta posición siguen diciendo que una solución como esta sería costosa. Lo veo de otra manera. Para mí, prolongar el curso actual es más costoso. Los costos a los que le temen los europeos ya están aquí. Deberían denominarse costos hundidos.

miércoles, 20 de mayo de 2015

TRES NUEVAS UNIONES PARA EUROPA

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Federico Steinberg

Mientras los titulares se concentran en Grexit y Brexit, los mercados siguen adormecidos por el Banco Central Europeo y la ciudadanía europea se debate entre su decepción con la Unión y la certeza de que sin ella las cosas serían mucho peores, la nueva Comisión Europea ha lanzado tres ambiciosos proyectos para revitalizar el mercado interior y aumentar el potencial de crecimiento: la unión energética, la unión del mercado de capitales y la unión digital.
Mucho se habla de la necesidad de afrontar reformas estructurales y facilitar la convergencia de las economías de los distintos países para garantizar la estabilidad del euro, aumentar la productividad y revertir el relato del declive de Europa en un mundo multipolar. Sin embargo, como la mayoría de las políticas económicas continúan estando en manos de los Estados miembros y no de la Unión, el ritmo de las reformas ha sido lento (salvo en los países rescatados) y la coordinación deficiente. En este contexto, y tras completar en tiempo record los primeros cimientos de la unión bancaria, la Comisión Juncker, que tiene mayor capacidad de liderazgo y un perfil político más alto que la anterior Comisión Barroso, está impulsando estas tres iniciativas. Si son exitosas, aunque se trate de propuestas poco mediáticas, supondrían un gran paso que demostraría que es posible impulsar reformas estructurales desde Bruselas y, lo que es más importante en el actual contexto económico, pagarlas con fondos europeos (en este caso mediante el llamado el Plan Juncker). 
La primera es la unión energética, cuya importancia, si cabe, ha aumentado en los últimos meses tanto por el conflicto de Ucrania como por la revolución del shale en Estados Unidos. Las insuficiencias de la integración energética europea son bien conocidas. No existe ni un mercado energético común ni una estrategia energética consensuada que permita utilizar todo el potencial negociador de la enorme economía europea para lidiar con suministradores externos, desde Rusia hasta Argelia. Lo que tenemos es una amalgama de mercados fragmentados, campeones nacionales y equilibrios regulatorios de mínimo común denominador. Además, a pesar de la abundante producción normativa europea, que aborda los temas energéticos desde la política medioambiental y la del mercado único, el desarrollo físico de las interconexiones es muy limitado, problema que sufre particularmente España, y que hace difícil que los países puedan beneficiarse de la solidaridad de sus socios, teniendo que pagar por su seguridad energética un importante sobrecoste que repercute en la competitividad de sus empresas y en el bolsillo de sus ciudadanos. Por el momento, el contenido concreto de la unión energética todavía está en discusión y los estados miembros más fuertes continúan oponiendo resistencias al aumento de la competencia y a la supeditación de sus relaciones energéticas bilaterales con sus principales suministradores externos a los intereses generales de la Unión Europea. Sin embargo, la comisión Juncker ha planteado que para alcanzar los objetivos de competitividad económica, sostenibilidad medioambiental y seguridad energética es necesario promover las inversiones en interconexiones. Y España tiene mucho que ganar con las mismas.
La segunda es la unión del mercado de capitales. En 2012, durante los momentos más críticos de la crisis del euro, los líderes europeos acordaron la creación de la unión bancaria. Mediante los mecanismos únicos de supervisión y resolución se pretendía romper el círculo vicioso por el que las deudas de los bancos y los países se retroalimentaban, poniendo en riesgo la sostenibilidad del euro. Además, el acuerdo del Consejo Europeo para profundizar en la integración bancaria dio la cobertura política al BCE para actuar como prestamista de última instancia de la zona euro. Tres años después, el euro se ha salvado, pero el crédito sigue fluyendo de forma muy lenta. Lo que se ha puesto de manifiesto es que uno de los problemas de la economía europea es su excesiva dependencia de la financiación bancaria y el limitado uso que las empresas (sobre todo las PyMes) hacen de otras fuentes de financiación, como los mercados de acciones, de bonos, el capital riesgo o incuso el crowdfunding. Ante esta extrema dependencia, la crisis de los bancos que se abrió en 2008 llevó a un parón de la financiación, algo que sucedió en menor medida en Estados Unidos, donde las fuentes de financiación de las empresas están más diversificadas debido a la mayor sofisticación y profundidad de los mercados de capitales. Por lo tanto, la Comisión ha planteado una batería de medidas para integrar los mercados de capitales en Europa —que a pesar de la unión monetaria siguen exhibiendo una importante segmentación— y aumentar la eficiencia de la cadena de intermediación financiera que conecta a ahorradores e inversores. Estas medidas deberían reducir los costes de financiación para las empresas y los autónomos y crear un sistema financiero más estable y seguro a largo plazo gracias a su mayor integración y diversificación. El proceso, de llevarse a cabo con éxito, llevará años. Pero es importante que la iniciativa se haya puesto sobre la mesa. Además, dado el peso financiero de Londres, su desarrollo implica hacer un guiño al Reino Unido para reducir la tentación del Brexit.
La tercera de las uniones propuestas es la digital. A pesar de los muchos esfuerzos que se han llevado a cabo en los últimos años, Europa sigue teniendo mercados digitales fragmentados, una insuficiente inversión en redes, carencias en alfabetización y capacidades digitales, problemas de interoperabilidad y cada vez más dificultades para afrontar los retos de la ciberseguridad. Todo ello se plasma en una insuficiente capacidad de generar innovación y en una evidente dificultad para sacar el máximo rendimiento a las nuevas tecnologías, que se traduce en limitada productividad, insuficiente creación de empleos de calidad y limitado liderazgo tecnológico de empresas europeas en el mundo. Por ello, la Comisión plantea una Agenda Digital que permita aumentar las inversiones en redes y unifique criterios y normas para que emerja un mercado digital integrado, al tiempo que se propone aumentar la competencia en el sector para que los consumidores y las empresas puedan sacar el máximo provecho de las transacciones on line con mayor seguridad. Si recordamos en qué quedó la Agenda de Lisboa, que pretendía convertir a Europa en la zona más avanzada del mundo desde el punto de vista tecnológico para 2010, podríamos ser escépticos sobre estas propuestas. Pero, nuevamente, es importante que haya una estrategia sobre la mesa con propuestas concretas y financiación europea disponible.
En definitiva, con estas tres nuevas uniones, la Unión Europea pretende tomar medidas prácticas que aumenten el crecimiento y el empleo y ayuden a recuperar la confianza ciudadana en las instituciones. No se trata de medidas de las que se vaya a hablar mucho, pero si se hacen bien, su impacto podría facilitar la vida a millones de europeos.
 
Federico Steinberg
Investigador Principal del Real Instituto Elcano y Profesor de la Universidad Autónoma de Madrid
     LA "AMENAZA" CHINA Y SU DIPLOMACIA A MANOS LLENAS

               
No son pocos los que se han inquietado en los últimos tiempos por el papel preponderante que está asumiendo China en el mundo y particularmente en nuestro hemisferio. Océanos de tinta se han vertido en el análisis de este asunto de no poca relevancia. Como ocurre siempre, están los radicales anti-chinos, que proponen parar o contrarrestar tal auge, y los moderados que piensan que se abre una oportunidad para que ese país se incorpore al concierto mundial como una potencia que contribuya con el bienestar de las naciones y la paz.
Libros y artículos pueden encontrarse en todos los idiomas que pretenden explicar tal apogeo y las repercusiones que trae para todos la presencia arrolladora y turbadora de los chinos en el campo de los negocios internacionales y también de la geopolítica.
Las cifras en ascenso del volumen de comercio e inversiones chinas en el planeta bastan para justificar tal preocupación.
Para algunos, constituye una amenaza, y para otros, una oportunidad de negocios, o, incluso, un eventual alivio para necesidades urgentes de dinero fresco. No hay que olvidar que ese país cuenta en sus arcas públicas unas reservas internacionales de alrededor de 4 billones de dólares, suficientes para emprender cómodamente cualquier aventura financiera a lo largo y ancho del orbe, y hasta comprar voluntades.
China, como es del dominio púbico, ha estado recorriendo el mundo comprando, vendiendo e invirtiendo desde Pakistán, pasando por los países del este africano, y aterrizando en Brasil, Chile y más allá. Y hoy, en el entorno asiático, enfrenta una competencia por la hegemonía económica con EEUU.
Con lo que algunos llaman China’s Big Money Diplomacy este país ha logrado desafiar sobre todo a la potencia más grande y va en camino de convertirse en un super-poder global.
En nuestro continente, se oyen voces que reprochan al gobierno de EEUU el abandono de los países latinoamericanos, que habrían terminado por caer en manos de los chinos. EEUU habría, en tal sentido, permitido el posicionamiento de aquellos en detrimento de sus propios intereses económicos y estratégicos en la región.

                  
Ciertamente, hoy China se ha convertido en socio comercial de primera línea de los países de América Latina. Argentina, Brasil, Chile, Perú y Venezuela, entre otros, mantienen relaciones estrechas, y desde el punto de vista cuantitativo, apreciables. El segundo mayor destino de las inversiones chinas es América Latina, las cuales, por cierto, no parecen fundamentadas en principios ideológicos.
China se ha convertido en el segundo socio comercial de Venezuela, y el volumen de la deuda que se ha asumido con ese país ronda los 65.000 millones de dólares. Gran parte de nuestra producción petrolera ya está comprometida con China.
En los días que corren, el Primer Ministro chino está realizando una visita en 4 de aquellos países.
En Brasil, tres asuntos, entre otros, serán considerados: el tren que irá del Atlántico al Pacifico (Perú), un préstamo sustancioso para la agitada Petrobras y una compra de aviones a la brasileña Embraer.  Se habla de  inversiones por el orden de los 50 mil millones de dólares, con las que China construiría fábricas de materiales y equipos para proyectos de infraestructura de gran escala (electricidad, telecomunicaciones) en un  país que está teniendo serios problemas de recesión e inestabilidad política.
La conclusión de  todo esto es que China se está volviendo un país con gran influencia en nuestro hemisferio, aunque hay algunos, incluso norteamericanos, que ven ventajas en esa participación creciente en las relaciones económicas del vecindario. Walter Russell Mead, por ejemplo, señala que no hay que alarmarse mucho y dejar que China no solo obtenga sus recompensas sino que también experimente sus dolores de cabeza, jugando el juego de Monopolio en el mundo, toda vez que con eso ella se atará más al sistema monetario internacional que, en última instancia, es EEUU el que lo controla. 
¿Hay suficientes razones de peso para temer a los chinos?
Por ahora, pareciera que no.


EMILIO NOUEL V.
@ENouelV

emilio.nouel@gmail.com
THE STRATEGIC IMPERATIVE OF TTIP

JIRI SEDIVY
 
BRUSSELS – As negotiations between the European Union and the United States over the Transatlantic Trade and Investment Partnership (TTIP) move toward a final agreement, opponents of the proposed pact are becoming more vocal. Criticism of any major economic-policy change is only natural, but failing to reach agreement on this accord would be a historic mistake – one that Europe will soon regret. Indeed, the TTIP could turn out to be the most important bulwark of transatlantic unity since the North Atlantic Treaty established NATO in 1949.
In considering the significance of the proposed treaty, it is important to remember that European integration began with the creation of a common market for coal and steel. The founding fathers of what is now the EU were well aware of the long-term strategic potential of what many at the time regarded as an inconsequential technocratic measure. Integration of commodity markets gradually spilled over to trade liberalization, the creation of a common market, and, finally, to the establishment of joint political institutions.

Today, North America and Europe account for close to a half of the world’s total output. The establishment of a free-trade zone between the two blocs is expected to generate an additional €100 billion ($107 billion) a year on each side of the Atlantic, as well as create millions of new jobs.
But the economic benefits are just one part of the picture. Just as free trade and open markets stimulated political cooperation in Europe, TTIP has the potential to contribute to strategic unity across the Atlantic – an objective that is as important now as it has ever been.
The treaty’s opponents have been trying to scare the European public with dire scenarios of what will happen if the TTIP is enacted. Standards for food safety will be gutted, they say. Employment protections and social rights will be swept aside. Public services and environmental regulations will be undermined. Cultural assets will be left unprotected.
Not all worries about the treaty’s impact are unfounded. There are legitimate concerns about the competitiveness of Europe’s agricultural sector, for example, and about the technical challenges of harmonizing a long list of norms and standards. Yet the problems that do exist are solvable, provided sufficient political will on both sides of the Atlantic.
It is no coincidence that the motley alliance of ultranationalists, populists, and protectionists opposing the treaty broadly overlap with those who are now siding with Russian President Vladimir Putin’s military adventurism in Ukraine. Their shared concern is the further integration and strengthening of the West. They know that the TTIP’s potential to boost innovation and economic growth, if realized, would increase its member countries’ geopolitical weight and power.
At the same time, TTIP could prove to be immensely beneficial to NATO, providing new meaning to the Alliance’s raison d’être of uniting countries with shared values to cooperate in their mutual defense. Given the sensitive nature of military procurement, both sides have – at least for the time being – agreed to exclude the defense sector from the negotiations. But the EU’s member states would be missing an opportunity if they did not pledge to use a part of the profits from the agreement to increase their defense budgets, thus mitigating the steep imbalance in military contributions and capabilities that currently exists between Europe and the US.
Understandably, the West’s main strategic competitors – China and Russia – are watching the emergence of a potential global game changer with growing concern. TTIP would impede efforts to divide its member countries or disrupt the institutions, rules, and norms of the liberal international order. Indeed, successful implementation of the treaty would help debunk the facile argument made by the Kremlin and its acolytes that the liberal order has become dysfunctional. Perhaps most important, Europe would face less of an imperative to look eastward in search of opportunities for economic growth, and could become less dependent on Russian energy supplies, particularly as the US loosens its ban on exporting its oil and gas resources.
TTIP’s strategic potential can hardly be overstated. It is crucial that technical objections, tactical considerations, or protectionist instincts not be allowed to eclipse the project’s geopolitical importance. Failure to realize the possibilities created by the treaty would be a terrible economic mistake. It would also represent a major setback for transatlantic relations at a time when the West can least afford it.

Read more at http://www.project-syndicate.org/commentary/ttip-global-importance-by-jiri-sedivy-2015-05#7WzxAQBxGxf2sp5O.99

jueves, 14 de mayo de 2015

EL PROTECCIONISMO COMERCIAL DE LOS DEMÓCRATAS NORTEAMERICANOS

          



Obama sufrió en estos días una derrota en el senado norteamericano al negarle este cuerpo, por pocos votos, la autorización para negociar un tratado comercial (Trade promotion authority) con 11 países del Pacífico. 44 senadores demócratas votaron en contra de la solicitud del Presidente.
Curioso es que fueran sus compañeros de partido los que no lo apoyaron. Los republicanos dieron su voto a favor y sólo un senador demócrata lo respaldó.
El acuerdo de marras se conoce por las siglas TPP (TransPacific Partnership) y persigue crear un área de libre comercio y de inversiones entre sus miembros, entre los cuales, en principio, no estaría China. En el fondo, se quiere hacer contrapeso a la creciente influencia de ese país en la región y el mundo, y así lo ha entendido el gobierno de Obama.
Se ha conocido que el documento regulador consta de 30 capítulos negociados por más de una década. Los contenidos se han mantenido en secreto, como por lo general la prudencia aconseja en estos casos. Se ha señalado que contempla la posibilidad de posteriores adhesiones de otros países (“open-architecture”).
La importancia del Pacífico como región de negocios, hoy, no hace falta subrayarla.  El volumen de transacciones que tiene lugar allí es enorme  y su acelerado crecimiento le confiere puesto privilegiado en la economía global.
El TPP, según algunos, de concretarse, representaría alrededor de 30 billones de dólares en negocios, es decir, el 40 % del PIB planetario, y un tercio del comercio mundial.
Los temas fundamentales en negociación son los usuales en este tipo de acuerdos: los aranceles y cuotas, los estándares ambientales, laborales y de propiedad intelectual, el comercio de servicios, el flujo de datos (Internet) y la participación en los negocios de las empresas de propiedad estatal. Pero las regulaciones sobre los derechos de propiedad intelectual e internet son las más polémicas.
La oposición de los demócratas estadounidenses a este gran tratado comercial tiene que ver con visiones proteccionistas que aún persisten en muchos países de cara a la interdependencia económica global. Este cuestionamiento se viste retóricamente de preocupación por la protección del empleo de los trabajadores norteamericanos y el tema ecológico.  A este disenso demócrata se une el de los sindicatos que plantean que el tratado significaría pérdida de puestos de trabajo.
Es el mismo rechazo que tuvo en su momento el TLC de Norteamérica a comienzos de la década de los noventa del siglo pasado, que, por cierto, según algunos trasnochados, sería negativo para la economía mexicana, y el resultado a la fecha, es todo lo contrario. México, el país menos desarrollado del grupo, ha pasado de exportar 53.000 millones de dólares en 1994, a la cifra de alrededor 400.000 millones en 2014, 8 veces más que al inicio del TLCAN (NAFTA).
En aquella ocasión, fue el empresario Ross Perot el que encabezó el rechazo al NAFTA.
Después de 20 años, el NAFTA ha significado aumentos del comercio reciproco, mayores inversiones mutuas, y en el caso de EEUU, no es cierto que el TLC haya sido la causa de desempleo  o que no haya crecido el empleo, como los detractores del tratado alegan.
Para Obama, el TPP abriría mercados y promovería mejores condiciones laborales y ambientales en el área.  
Por cierto, la precandidata presidencial demócrata, Hillary Clinton, quien siendo Secretaria de Estado de Obama defendió la idea que hoy promueve este último, en esta ocasión, en lugar de reafirmar su opinión precedente, ha hecho mutis, presionada como está por la poderosa ala izquierda del partido y las conveniencias que impone su eventual nominación.
¿Que pudiera significar para algunos países latinoamericanos el TPP?
En las negociaciones han estado presentes 3 países que forman parte de la Alianza del Pacifico (AP) y pertenecen al Foro de Cooperación Asia-Pacifico (APEC). Colombia es el único de AP ausente en estas tratativas, aunque haya manifestado interés en ambas iniciativas, junto a Costa Rica.
El TTP podría ser una oportunidad para los países latinoamericanos involucrados de incorporarse a cadenas de valor del área del Pacifico. Como se sabe, Suramérica está al margen de de estas cadenas globales que hoy representan, según la OMC, el 80% del comercio mundial.
No debería extrañar que ante esta realidad y la que se asoma con el Tratado trasatlántico, también en negociación, algunos países de Mercosur estén planteando en estos días abandonar la posición cerrada que este bloque ha mantenido en los últimos años, y que los está hundiendo en la parálisis y la irrelevancia.
De concretarse el TPP, las repercusiones económico-comerciales para todo el hemisferio serán de mucha monta.  Los países que no se monten en esa enorme ola serán arrastrados ineluctablemente. 

Emilio Nouel V.

emilio.nouel@gmail.com
@ENouelV


jueves, 7 de mayo de 2015

LOS ÍNDICES GLOBALES  Y LA FANTASIOSA CONSPIRACION PLANETARIA CONTRA MADURO

                                            
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De tiempo en tiempo, me tomo algunos momentos para recabar información sobre el último palmarés alcanzado por Venezuela en diversas áreas del acontecer económico y social.
Gracias al despropósito que tenemos por gobierno, los récords son lamentables. Basta revisar los índices de alcance mundial que instituciones internacionales presentan, para darnos cuenta del estado desastroso en el que nos ha colocado un grupo político nefasto.
No hay estudio estadístico de esos entes, públicos o privados, en que Venezuela no quede por el suelo.
Desde la CEPAL, pasando por el Foro Económico Mundial o el FMI, hasta Transparencia Internacional, el Banco Mundial o Human Rights Watch, todos sin excepción, muestran un diagnóstico lamentable de la situación venezolana, nunca vista en tiempos anteriores.
Países que el nuestro había dejado atrás en muchos indicadores, hoy superan a Venezuela con creces.
En educación, salud, abastecimiento de productos básicos, consumo eléctrico  seguridad pública, sueldos, niveles de corrupción gubernamental y en tantos otros sectores, Venezuela está en los últimos lugares, acompañado de los países más rezagados del orbe. 
En materia de precepción de corrupción, Venezuela aparece en el puesto 161 de 174, y por debajo de Burundi, Congo y Guinea (Transparency International 2014).
En inflación, la de Venezuela es campeona indiscutible, fue la más alta del mundo 68% (Banco Central de Venezuela).
En crecimiento económico, en 2014 la economía se desempeñó negativamente: PIB – 3 % (CEPAL), que contrasta con los de Bolivia (5 %) o Nicaragua (4 %).
En libertad económica, Venezuela se ubica en el puesto 176º de 178 países analizados, muy por debajo de Haití, Belice, Sierra Leona o Camerún (Índice 2015, The Heritage Foundation)
En clima de para los negocios, Venezuela ostenta el puesto 182º de 189 incluidos en el estudio, escoltado por Angola y Afganistán (Banco Mundial, Doing Business 2015).
En homicidios, Venezuela se ubica en 2014 como el segundo país en el mundo con la mayor tasa de homicidios: 82 muertes violentas por cada 100 mil habitantes (OVV 2015), la más alta en Suramérica.
Por lo que respecta a competitividad, estamos en el puesto 131º de una lista de 144 naciones, superados por Tanzania, Uganda y Costa de Marfil, al lado de Mozambique y Burkina Faso (Global Competitiveness Report 2014-2015).
En cuanto a su capacidad para resistir o recuperar (resiliencia) la actividad económica y negocios frente a la interrupción de la cadena de suministros, de 130 países examinados, nuestro país está en el último lugar: 130º. (2015 FM Global Resilience Index, Oxford Metrica).
Frente a este palmarés bochornoso, sin embargo, el gobierno chavista responde que se trata de una conspiración en su contra. Ante tal cumulo de evidencias publicadas por instituciones independientes del mundo, ni siquiera se molesta en desvirtuarlas con cifras confiables en la mano. Sólo inventa confabulaciones siniestras del imperialismo y fuerzas oscuras del capital internacional.
Por otro lado, que 33 ex presidentes de gobierno se sumen al repudio de las violaciones a los derechos humanos y a la persecución política en nuestro país, es sólo una calumnia contra el gobierno. Que parlamentos, políticos y personalidades diversas del planeta pidan la libertad de los presos políticos venezolanos, para Maduro y sus compinches, constituye un complot de malvados contra los supuestos logros de su gobierno, que los venezolanos sabemos no se corresponden con la realidad por ser meras patrañas divulgadas por la propaganda mil millonaria del gobierno.
La llamada “guerra económica” no ha sido más que una farsa para engañar a la gente sencilla y desinformada. Ha servido para proyectar hacia los sectores privados las propias culpas del desastre económico, a la vez que para amenazar y acosar a lo que va quedando de aquellos.
Afortunadamente, se abre en el horizonte próximo una oportunidad electoral para iniciar la recuperación del país, que deberá revertir tal estado de cosas vergonzoso e inmerecido.

Emilio Nouel V.




 


miércoles, 6 de mayo de 2015

         THE PROBLEM WITH KISSINGER'S WORLD ORDER

                              The Problem With Kissinger’s World Order


JAMES TRAUB

FOREIGN POLICY

I spent the last week immersed in geopolitical conflict, but not in eastern Ukraine or the South China Sea. No, I was at NYU Abu Dhabi, one of the least conflictual places on Earth, at a Brookings Institution conference titled “International Peace and Cooperation in an Age of Global Competition.” The 40 senior policymakers and thinkers from the United States, Europe, and emerging countries largely agreed that we have entered a new world — one which looks very much like the old world — characterized by growing conflict between states.
A few of us bridled at the premise. Someone — I think it was me — said that the return of state conflict was a gift to the foreign policy boys’ club, which in recent years had been bemused by the rise of non-state actors, popular uprisings, and “soft” issues like climate change. Suddenly the realist world of international relations theory has come back from the dead. (See Walter Russell Mead’s 2014 piece in Foreign Affairs, The Return of Geopolitics.”) The world has turned hard.
The problem with my gibe is that while it is true that non-state forces, and above all the Islamic State and al Qaeda, are responsible for many of the worst conflicts in the world, it is also true that major states, including Russia, China, Iran, and Saudi Arabia (and the United States), are prepared to use coercion and force — often in those same conflicts — in a way that has not been true for generations. We do live in an increasingly geopolitical world. So I began to examine the sources of my resistance.
I am sorry to say this, but Henry Kissinger has me nailed.Kissinger has long lamented Americans’ unwillingness to accept that global affairs consists essentially of a remorseless struggle for advantage among states. In his recent book, World Order (see my quite laudatory review in the Wall Street Journalhere), Kissinger writes that American leaders from the time of Woodrow Wilson have envisioned foreign policy as a teleological struggle for justice rather than a “permanent endeavor for contingent aims.” American foreign policy has thus remained “unmoored from a sense of history or geopolitics.”
That is one part of the story; the other part is recent events. The suppression of state competition in the aftermath of the Cold War, the sudden appearance of dangerous non-state actors, and the rise of a new set of global issues gave those who instinctively recoiled from the zero-sum formulations of power politics a reason to feel that the realist model had become archaic. Indeed, it was George W. Bush who made the decisive break with state-centric thinking. In his 2002 National Security Strategy, Bush declared that America was no longer chiefly threatened by powerful states but by “shadowy networks of individuals.” Foreign policy required changing the insides of states, rather than state behavior.
Of course, that didn’t work out very well. Barack Obama came to office promising to call off that campaign — but not in the name of a restored realism. Obama believed that the salient issues were not interstate but global. Those collective goods required an unprecedented degree of cooperation. What was most appealing about Obama — at least, I thought so at the time — was his belief that these global goods constituted a new form of national self-interest, and might be argued for as such. It was globalism, not terrorism that had superseded the old order. “The pursuit of power,” Obama declared, “is no longer a zero-sum game.”
Alas, it must be admitted that he pronounced this fine sentiment in Russia, a place where the zero-sum game often qualifies as a best-case scenario. As I pointed out in an article earlier this year, Obama soon learned that other states — at least outside of that Kantian garden known as the European Union — did not want to be summoned to their better angels. Obama was right about the supreme importance of the global issues, but he was wrong about the pursuit of power. What’s more, he had offered this transaction at precisely the moment when the states whose cooperation he needed, above all China and Russia, were, for very different reasons, adopting an increasingly bruising path of confrontation. Obama was slow to accept this; so, I now see, was I.
Yet the world we now live in is scarcely a Kissingerian one. State relations have become more conflictual than they were a decade ago; but states, collectively, are much weaker than they were, far less able to control the forces of popular discontent, cultural fragmentation, resource scarcity, environmental degradation. And the United States, for all its preeminence, no longer has either the will or the capacity to reassure allies or scare off adversaries as it once could. “World order” looks increasingly like a chimera. A good deal of the aggressive state meddling, above all in the Middle East, is an attempt to control the chaos prompted by these fissiparous forces.
Look at Libya. The storm that rages over Libya was unleashed not by aggressive neighbors but by the collapse of a hated authoritarian leader who had so hollowed out the state that nothing save tribal and local identity could fill the vacuum. Sub-state and sub-regional actors are now tearing the country to bits. But the two main Libyan factions also have external patrons — Egypt and the United Arab Emirates, and Turkey and Qatar. Or look at Yemen, where Saudi Arabia seems bent on carrying out a proxy war against Iran. Conflict among Sunni states, or between Sunnis and Shiites, keeps the pot boiling in the region’s failed states, and makes efforts at mediation all but futile.
In short, recognizing that we live in a world of rising geopolitical conflict does not mean scanting the forces that transcend states or flourish within them — including the demand of ordinary people for a better life than their government now affords them. Statecraft now means confronting, or at least recognizing, both problems at once. One of the global issues Obama identified from the outset of his tenure was the problem of failed and fragile states. That problem only seems more urgent today. There will be no long-term answer to the conflicts in the Arab world until these states achieve at least a minimal threshold of legitimacy. But neither will there be an answer without the kind of muscular diplomacy that persuades neighbors to stop fishing in troubled waters.
The Brookings conference was off the record, but I don’t think I’m violating any confidences in saying that speakers were much more convincing on “Global Competition” than they were on “International Peace and Cooperation.” The mood was, in fact, not far from despair. Virtually everyone, Western and non-Western, craved more “American leadership,” but there was nothing like a consensus about what this meant. Should Washington be drawing a line in the South China Sea, supplying weapons to Kiev, or egging on the Saudis and the Emiratis as they shadow-box with Iran? Or does leadership require “strategic patience,” an Obamian phrase that speakers invoked both admiringly and pejoratively? Should the imperative of confronting revisionist states trump the need for cooperation on global goods? As Steven Walt recently asked, are we prepared to sacrifice Chinese cooperation on climate change in order to stare them down over the Spratly Islands?
We know what answer the Republican hopefuls for 2016 will give. Geopolitical conflict may not be a gift to foreign policy professionals, but it’s a treasure chest for the GOP. We’ll be hearing for the next year and a half about how Russia, China, and Iran left tire treads on Barack Obama. We’ll be hearing from Dr. Kissinger about world order. One thing I will say for Hillary Clinton, a hard person who has long preached the merits of the soft issues, is that she will be better positioned to refute these simple-minded arguments than anyone else out there.