miércoles, 23 de julio de 2014

La France


Javier Solanas 
“Jorge Semprún me enseñó que se pueden tener dos lenguas maternas, que se puede amar a dos países, sin que eso sea un problema o una tragedia.” 
Anne Hidalgo, alcaldesa de París
Necesitamos a Francia. Como españoles, como europeos y como ciudadanos con conciencia global. Necesitamos a una Francia orgullosa, moderna, adaptada, próspera y que supere el desánimo y el pesimismo. Necesitamos al gran país que fue y que será, el que inspiró a todo el mundo con su Revolución, su cultura, sus valores y su historia. Alain Peyrefitte decía que “sin Europa, Francia no será nada”, pero, sin Francia, tampoco Europa será nada.
Europa, desde entonces, ha cambiado mucho. Hace 25 años, Francia y la República Federal Alemana (RFA), como Italia y Reino Unido, tenían poblaciones similares en el entorno de los 60 millones de habitantes. La reunificación supuso para la RFA sumar a más de 16 millones de nuevos ciudadanos procedentes de la República Democrática Alemana; provocando que desde entonces y hasta hoy, Alemania sea el país más poblado de Europa. Objetivamente el eje franco-alemán se descompensó. Para evitar que el desequilibrio tuviera consecuencias políticas, Alemania aceptó verse infrarrepresentada con la ponderación de voto, no corregida sustancialmente hasta el Tratado de Lisboa. Sin embargo, con el paso del tiempo y en un proceso acentuado por la crisis económica, Berlín ha acabado por marcar los ritmos de la construcción europea, hasta ser hoy el punto claro de referencia. La lógica de la construcción europea exige que París complemente a Berlín, sumando a otros países como Italia, España, Reino Unido o Polonia. Aunque hoy Europa ya no sea cosa de dos —si es que lo ha sido alguna vez—, Francia sigue siendo un referente para muchos países europeos.Acabamos de celebrar el 14 de julio, la fiesta nacional francesa, que este año marca el 225º aniversario de la toma de LA Bastilla. En esta ocasión hemos visto desfilar por primera vez a soldados argelinos por los Campos Elíseos, con la trascendencia histórica y simbólica que implica. Se cumplen, además, 100 años de la I Guerra Mundial, se inicia un nuevo ciclo político europeo tras las elecciones y se celebran los 25 años de la reunificación alemana.
Cuando Francia sufre, Europa sufre. La curación de Europa y de Francia es parte de la misma ecuación con la misma incógnita. La salida de la crisis, que dura ya seis años, pasa por generar crecimiento y empleo, que solo puede ser impulsado en conjunto desde las instituciones europeas. No hay soluciones nacionales, en el marco europeo, a la crisis. Así se demostró tras la apuesta fallida por tecnócratas en Italia o Grecia. En los últimos tres años, la economía estadounidense ha crecido seis puntos porcentuales más que la economía de la eurozona. Para recuperar el pulso al mundo, la UE tiene que apostar por la senda de la integración no solo económica, sino también política. Para eso necesitamos el concurso de Francia en su condición de país central, con un rol de liderazgo, sin miedos ni temores. El país galo siempre ha ido un paso por delante, y ahora necesitamos su capacidad visionaria para bajarse de la locomotora de descontento y escepticismo, demostrado con los resultados de las elecciones europeas.
Francia, por su propia relevancia, peso histórico y bagaje cultural, mira con recelo los cambios que se producen a su alrededor. Es su propio peso como nación lo que muchas veces le impide volar y mirar más allá del horizonte. Sin embargo, en esta segunda década del siglo XXI es evidente que nadie puede escapar a las grandes transformaciones que se han producido en el mundo. Nadie puede quedarse aislado de la globalización, ni domarla, ni tampoco liderarla en solitario. Por eso, para Francia, hoy, Europa debe ser el referente donde mirar. Una Europa que necesita del equilibrio París-Berlín para avanzar.
De la misma manera que Alemania dio un paso adelante, renunció al marco y hoy tenemos el euro como moneda común, Francia debe salir de los viejos esquemas del Estado-nación. Con el tiempo, la preponderancia económica alemana se ha traducido en mayor poder político para Berlín. Sería conveniente contar con el punto de vista complementario de París, especialmente en estos momentos en los que se avanza inexorablemente hacia una mayor integración económica que desembocará, para satisfacción de todos, en mayor integración política.Francia aún arrastra las consecuencias del no en el referéndum de la Constitución Europea. No fueron sus mejores horas. De eso hace ya 10 años, y Francia, hoy, no debe temer a la unión política en Europa aunque suponga renunciar a parte de su soberanía. Al contrario, debe coliderarla, aportando su voz y su condición central de país a mitad de camino entre el norte y el sur y de referencia para muchos otros países en cuestiones sociales.
Francia cuenta con una sólida economía que le proporciona los mimbres adecuados para enfrentarse a las reformas con garantías. Tiene una renta per cápita que sobrepasa los 30.000 euros anuales, un Estado de bienestar fuerte y una sociedad formada; pero su crecimiento está estancado. No podemos permitirnos que la Francia dinámica pierda la batalla ante la Francia estática, la que opone resistencias al cambio. Los europeos estamos expectantes. Como muestra un botón: la cooperación con Francia en la construcción del mercado común de la energía es fundamental para España. Esta cooperación puede ser enormemente beneficiosa para Francia, para España y para Europa.
Francia debe sentir Europa como propia. Los valores republicanos franceses encuentran su mejor expresión en lo que representa la Unión Europea. La libertad, la igualdad y la fraternidad son enemigas de las visiones nacionalistas, extremistas y eurófobas que encuentran ahora un momento dorado. Tampoco casan con estas visiones otras señas de identidad francesa como la integración, el Estado de derecho o el laicismo.
El despertar político, económico y social de Francia es crucial para todos. La senda de modernización no debiera tener vuelta atrás, especialmente ahora, cuando ascienden fuerzas políticas que explotan el miedo, el odio, el rechazo al diferente y la traición a los valores republicanos. Francia ha asumido importantes compromisos internacionales recientemente que debemos agradecer. Es el momento de que Francia, con el resto de los europeos, supere el pesimismo, el desánimo y la desconfianza.
Javier Solana es distinguished senior fellow en la Brookings Institution y presidente de ESADEgeo, el Centro de Economía y Geopolítica Global de ESADE.
© Project Syndicate, 2014.

martes, 22 de julio de 2014

THE SOMALIZATION OF THE SKIES


   JACQUES ATTALI
The appalling tragedy that just occurred in Ukraine’s airspace leads us to reflect on the multiple dimensions of the future of the world.
It confirms first of all the likelihood of the worst-case scenario, in other words, a world without rules or policemen, dominated by gangs, political or criminal. A world with no State, as I have already explained here, that it would resemble Somalia, a country with no State for more than 20 years, being submerged by warlords, preachers of all faiths and criminals of every kind. « Somalization » is the nightmare scenario of globalization, when it sets in without the rule of law, police or justice.
That is indeed what is happening right now, into a region we thought preserved, because it is in the heart of Europe, Ukraine, where divisions are opening between rival factions, without the Ukrainian State, or the qualified international institutions, from the OSCE (Organisation for Security and Co-operation in Europe) to the EBRD (European Bank for Reconstruction and Development), from the Council of Europe to the European Court of Human Rights, being able to act to bring this situation to an end.
The destruction of an airliner flying at high altitude by a missile strike demonstrates that Somalization, anarchy, knows no limit whatsoever. After reaching the sea, off the Somali coast, it now reaches the skies, over Ukraine. From now on, it is to be feared that no airliners are yet safe anywhere in the world. First, in the vicinity of airports in Africa, where ground-air short-range missiles are proliferating, since the imprudent Franco-British action in Libya. Those weapons of death can be fired at an aircraft on approach from a house very close to any airport. If this happens only once, it would be a severe blow to the world economy. Not only to aircraft manufacturers, airlines, but also to all high added value trade, all business dealings and intellectual exchanges, the whole tourist business, that would not exist without air transport.
Nothing will ever get better as long as reasonable people will believe that criminals and fanatics abide by the same rules that they themselves have agreed to abide by. And as along as they are willing to sell to them, entrust them with, or allow powerful weapons of death to reach their hands. This attitude is just as absurd and criminal than the one that prompted Mahatma Gandhi, in July 1939 and December 1940, to write to his « dear friend » Adolf Hitler, to ask him to be reasonable. If we behave with the mafias and terrorist movements like we do with reasonable people, it is the entire world that will soon be an insufferable place.
There is an urgent need to draw five necessary conclusions from this, in order to initiate five types of measure. They assume global mobilization by major developed countries. They are achievable.
1. There is an urgent need to establish very strict and global regulations concerning air routes, that would be imposed on all airline companies. It would be crazy to be able to do so for soccer and not for security.
2. Launch a widespread political, financial and military campaign in order to collect all the surface-to-air missiles that are still scattered in private hands around the world. It was done for other weapons, successfully.
3. More generally, the proscription of any country from the international arena that would sell such weapons to separatist movements or private arms traders.
Then, more specifically, for Europe:
4. The reinforcement of institutions (from the EBRD and the OSCE to the Council of Europe) that bring all Europeans together, that is to say the EU Member States, Turks, Russians and Ukrainians.
5. Strongly organize security in Europe by including in the process all these countries, while not being subservient to the USA, whose interests are different.
I know that once again, none of that will be done. Except perhaps, once again, after the disaster, and not instead of it.
LAS NUEVAS FUNCIONES DEL VIEJO MUNDO


       Joseph S. Nye

El ascenso de China ha planteado muchas cuestiones para Occidente y algunos se han preguntado si está destinada a usurpar un papel de dirección mundial de una Europa en apuros. Como ha dicho un comentarista, “los Gobiernos europeos apenas pueden hacer gran cosa en el Asia oriental, excepto de directores de mercadotecnia de sus empresas nacionales”. Al carecer de influencia diplomática y militar para causar impresión en esa región, lo mejor es que Europa deje que Estados Unidos cargue con el mayor peso, pero no tiene por qué ser así.
Para Europa, las consecuencias del ascenso de China son trascendentales, comenzando por el traslado del “eje” estratégico a Asia por parte de Estados Unidos. Después de más de 70 años como prioridad máxima de EE UU, Europa está empezando a perder su privilegiada posición para las autoridades americanas. Además, las ventas europeas de productos de tecnología avanzada y de doble uso que complican el papel de Estados Unidos en materia de seguridad han de crear fricciones.
No obstante, las advertencias de que se está erosionando la asociación atlántica son indebidamente alarmantes. Resulta revelador que el Gobierno del presidente de EE UU, Barack Obama, haya sustituido el término “eje”, que entraña un alejamiento de algo, por “reequilibración”. Ese cambio refleja un reconocimiento de que el predominio económico cada vez mayor de China no anula la importancia de la Unión Europea, que sigue siendo la mayor entidad económica del mundo y un venero principal de innovación económica, por no hablar de valores como la protección de los derechos humanos.
Con esto no quiero decir que el ascenso de Asia no requiera ajustes. Cuando comenzó la Revolución Industrial, el porcentaje de la economía mundial correspondiente a Asia empezó a disminuir de más del 50% a tan sólo el 20% en 1900. En la segunda mitad de este siglo, se espera que Asia recupere su anterior predominio económico —es decir, que le corresponda el 50% de la producción mundial— y al tiempo saque de la pobreza a centenares de millones de personas.
En el decenio de 1990, cuando el Gobierno del presidente de Estados Unidos Bill Clinton estaba pensando en cómo reaccionar ante la potencia económica en aumento de China, algunos lo instaron a adoptar una política de contención. Clinton rechazó esa recomendación: habría sido imposible forjar una alianza anti China, en vista del perdurable deseo de los vecinos de China de mantener buenas relaciones con ella; más importante es que semejante política habría garantizado una enemistad futura con China.Ese cambio de poder —tal vez el más trascendental del siglo XXI— entraña graves riesgos. Los historiadores advierten con frecuencia que el temor y la incertidumbre creados por el ascenso de nuevas potencias como China puede desencadenar conflictos graves, como el que Europa experimentó hace un siglo, cuando Alemania superó a Reino Unido en producción industrial. Con Asia dividida por disputas territoriales y tensiones históricas, la de mantener un equilibrio de seguridad estable no será tarea fácil, pero hay factores que pueden ayudar al respecto.
En cambio, Clinton optó por una política que podríamos denominar de “integrar y asegurar”. Mientras que China fue acogida en la Organización Mundial del Comercio (OMC), Estados Unidos reactivó su tratado de seguridad con Japón.
¿Cómo encaja Europa en ese panorama? Para empezar, debe vigilar y limitar las exportaciones delicadas, con el fin de no volver más peligrosa la situación de seguridad para Estados Unidos. Incluso desde el punto de vista comercial, la estabilidad regional y unas rutas marinas seguras interesan a Europa.Si China aplica un “ascenso pacífico”, sus vecinos se centrarán en la creación de fuertes relaciones económicas con ella. Si abusa de su poder en la región, cosa que, según dicen algunos, indican sus recientes acciones en la frontera con la India y en los mares de la China Oriental y Meridional, sus vecinos procurarán equilibrar su poder, con el respaldo de una presencia naval americana.
Además, Europa puede contribuir al desarrollo de las normas que moldean la situación en materia de seguridad. Por ejemplo, Europa puede desempeñar un papel importante en el refuerzo de una interpretación universal de la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar, en lugar de la versión idiosincrásica de China, sobre todo en vista de que Estados Unidos aún no ha ratificado ese tratado.
Al contrario de las afirmaciones de algunos analistas, China no es un Estado revisionista, como la Alemania nazi o la Unión Soviética, deseoso de acabar con el orden internacional establecido. De hecho, no redundaría en beneficio de China la destrucción de las instituciones internacionales —como, por ejemplo, las Naciones Unidas, la OMC y el Fondo Monetario Internacional— que han contribuido a facilitar su ascenso. En vista de los destacados papeles que desempeña Europa en dichas instituciones, puede ayudar a China a conseguir la legitimidad multilateral a la que aspira, a cambio de un comportamiento responsable.
Aunque China no está intentando derribar el orden mundial, ahora está experimentando una profunda —y desestabilizadora— transformación. Con el aumento de problemas transnacionales, como el cambio climático, el terrorismo, las pandemias y la ciberdelincuencia, provocado por el rápido progreso tecnológico y consiguiente cambio social, se está esparciendo el poder, pero no entre los Estados, sino entre una gran diversidad de entidades no gubernamentales. Para abordar esas amenazas, hará falta una amplia cooperación internacional, en la que China, Estados Unidos y Europa desempeñarán, cada cual, un papel importante.
Por último, no hay que olvidar la cuestión de los valores. Europa, junto con Estados Unidos, ya ha opuesto resistencia a las exigencias chinas (y rusas) de una mayor censura en la red Internet, y países europeos como Noruega y Alemania han aceptado golpes económicos en nombre de los derechos humanos.
Si bien es imposible predecir cómo evolucionará la política china, las experiencias de otros países indican que el cambio político se produce con frecuencia cuando la renta por habitante alcanza 10.000 dólares, aproximadamente. Si se produce ese cambio, Europa tendrá la posibilidad de fomentar sus valores básicos con una eficacia aún mayor.
Está por ver si el interés económico de China en un orden mundial imparcial basado en el Estado de derecho propiciará una mayor protección de los derechos individuales. Sólo China lo decidirá, pero Europa puede contribuir a ello poderosamente.
Joseph S. Nye, Jr. es profesor en Harvard y autor de The Future of Power (El futuro del poder).
© Project Syndicate, 2014.
Traducido del inglés por Carlos Manzano.

domingo, 20 de julio de 2014

¿ES IRREMEDIABLEMENTE “BOBA” TODA DEMOCRACIA?

                                                                                                  

                                                                                              A mi querido amigo Leandro Area


La caracterización del régimen político que impera en Venezuela ha sido ocasión para la polémica durante estos difíciles años.
En la oposición, hay unos que se quejan de que supuestamente no se aprecie de manera correcta la naturaleza del gobierno chavista, que no se alcance a ver su carácter totalitario comunista. De allí vendría el colaboracionismo, el comeflorismo o el entreguismo de la dirigencia opositora, acusada hasta de recibir prebendas de aquel.
Este enfoque crítico no se corresponde con la realidad. Si podemos cuestionar a la oposición no es precisamente de esa incomprensión. Le podemos echar en cara cualquiera otro asunto, pero estoy seguro de que los políticos de oposición saben a quién enfrentan.
Se ha caracterizado al régimen venezolano de neofascismo (García Larralde), de autoritarismo competitivo  (Levitsky), de híbrido (Mires), populismo, neocomunismo, militarismo-pretorianismo, “estado mafia”, autocracia con vocación totalitaria y colectivista  o de “democracia autoritaria” (Zakaria), entre otras denominaciones. Todos, con sus matices, lo ubican en el campo del autoritarismo.
Pero cuando le encajamos el diente al fenómeno chavista, en su realidad cotidiana, en su ejecutoria concreta; cuando exploramos su composición social; al escudriñar las ideas que emiten sus dirigentes; al analizar su discurso, al observar su comportamiento, nos topamos con una complejidad que no puede ser despachada en trazos gruesos sin errar el tiro.
No es un régimen abiertamente represivo; en eso es selectivo, guarda las apariencias, disfraza sus arbitrariedades de legalidad, utilizando la institucionalidad que domina. Permite, con restricciones crecientes y acoso permanente, cierta crítica o prensa libre. No suprime toda actividad económica privada, pero la regula en forma desmedida, la controla, la cerca, y la ido secando progresivamente. Ha puesto de rodillas a todos los poderes públicos, están sometidos totalmente al ejecutivo. Y tiene un discurso, como dice la escritora Ana Teresa Torres, histórico-nacionalista-bolivariano-redentorista-cristiano-socialista”, que le permite montar a su carro a gente tan disímil como antagónica.
De los rasgos más resaltantes, si bien podemos señalar parentescos con otras experiencias que en el mundo han sido, podemos mencionar su naturaleza muy “nuestra”.   Dirá el lector que esta observación es tan obvia que no vale la pena ni decirla.
Sin embargo, en nuestro contexto, debe ser subrayada, porque, por lo general, se tiende a equiparar el régimen venezolano, de forma muy ligera, con experiencias de otras latitudes y otras épocas, como si no tuviera raíces históricas específicas, el rol de los militares, y estos movimientos políticos no hubiesen asimilado también propios y ajenos reveses, llevándolos a mutar, sin dejar de ser letales para la democracia.
Nuestro amigo, el politólogo-embajador, Leandro Area, al comentar un ensayo mío sobre la cláusula democrática instaurada por algunos organismos internacionales, tituló dos artículos “A democracias bobas, dictaduras caribes” (I y II). (http://grupolacolina.blogspot.com/2014/07/a-democracias-bobas-dictaduras-caribes.html).
Pareciera enunciar Area una regla: toda democracia boba tiene la dictadura que se merece. Y en el caso nuestro y el de otros, serían la derivación, o la otra cara, de una democracia torpe, bobalicona, que ha permitido se abra paso un autoritarismo muy caribe, muy nuestro.
La democracia, y en esto creo que me acompañará Area, es un sistema político que por su misma naturaleza es frágil, intrínsecamente defectuoso. La pluralidad de opiniones en liza, las contradicciones, los checks and balances y la libertad de que gozan allí los que desearían destruirla, la aflojan, la ralentizan, la vuelven menos eficaz y oportuna.  
La inescapable vigencia de la libertad y de los derechos humanos necesariamente la hace así, permite que en su seno convivan, incluso, los que la malquieren. No está a salvo de los zarpazos de los demagogos y eventuales tiranos, de “ideologías mortíferas”. Ni siquiera la instaurada en los países más avanzados puede cantar victoria definitiva. Fukuyama se equivocó. Lo estamos viendo en la Europa de hoy. Sobre los problemas económicos están cabalgando electoralmente populistas, racistas y nacionalistas extremos, hasta el nazifascismo redivivo.
La “Dictadura Caribe” es un espécimen novedoso, postmoderno, y muy viejo a la vez. Nuevo en la utilización perversa de las instituciones, de las formas y los tiempos, pero anacrónico en sus ideas fundamentales. Recordemos que Goebbles decía, al entrar los nazis al Parlamento por vez primera, que lo hacían como el lobo que entra al gallinero. Utilizaban la “institución burguesa” para destruirla desde sus entrañas. 
Así también son de resabiadas las “dictaduras caribes”, y para muestra un botón: Venezuela.
Que la mayoría de los gobernantes de nuestro hemisferio no asuman lo que el régimen de Venezuela es, una dictadura militarista, que lo valoren sólo porque realiza elecciones, y que por tanto no actúen en consecuencia, de conformidad con las normas internacionales sobre la democracia y los DDHH, es una demostración de la debilidad moral de las democracias, la cual se patentiza en la indiferencia, en un realismo calculado o en un raquítico compromiso de los gobernantes con aquellos valores universales. 
¿Por siempre irremediablemente "bobas" las democracias? ¿Son más "bobas" las democracias caribes que las de otras comarcas?


EMILIO NOUEL V.

emilio.nouel@gmail.com




sábado, 19 de julio de 2014

Para evitar una década perdida


Ramon Marimón/ Thomas Cooley
Tras el colapso del sector inmobiliario y del mercado de valores de 1991, la economía japonesa, durante décadas la envidia del mundo, entró en un periodo de relativo estancamiento conocido como las décadas perdidas. Estamos en el sexto año de la recuperación de la Gran Recesión del 2007-2009 en Estados Unidos y Europa. La subsecuente crisis del euro de 2011-2013 y la timidez de los últimos datos positivos del último año hacen pensar que Europa también va a tener su década perdida, pero con un declive más traumático que el japonés.
Una forma de ver este panorama poco halagüeño es comparando el crecimiento del PIB de estas economías desde el inicio de la recesión: 1991 para Japón y 2007 para EE UU y Europa (UE28). La tasa de crecimiento de Japón se desaceleró drásticamente en el comienzo de su década perdida —el PIB aumentó sólo el 10% en los primeros seis años y luego se estancó. Europa, en cambio, cayó el 6% en los primeros seis trimestres y luego se estancó a un nivel 3% por debajo de su punto álgido inicial. En EE UU, el crecimiento del PIB se parece mucho al crecimiento bastante anémico de Japón —después de haber caído en casi un 4% en los primeros seis trimestres, el crecimiento de EE UU ha mejorado, aunque a un ritmo ligeramente menor que antes de la crisis.
Recientemente la recuperación aparece más sólida en las tres áreas —por ejemplo, las últimas predicciones del FMI para 2014 son de un crecimiento del 2,8% en EE UU, 1,4% en Japón, 1,6% para Europa y 1,2% en España. Pero estos datos positivos desafortunadamente no despejan la incógnita sobre la década perdida de Europa. Es más, como es bien sabido, la pérdida no se distribuye de manera uniforme en Europa. El norte de Europa y Reino Unido tienden a parecerse más a EE UU, mientras que, a pesar de los buenos datos recientes, la periferia del sur se aleja de la Europa del norte, de EE UU y de Japón. Esto también quiere decir que aunque los datos fueran mejores —como lo son las previsiones del FMI para años sucesivos— y la Europa del sur creciese como la del norte, las diferencias de renta se mantendrían y la brecha heredada de la recesión (reflejo en gran parte de una brecha histórica anterior al euro) se consolidaría. En otras palabras, la periferia no sólo debe crecer sino que debe hacerlo más rápido que el norte, si queremos una Europa más equilibrada, como parecía que iba a ser en la exitosa primera década del euro.
La productividad en algunas partes de Europa era baja antes de las crisis, pero cayó con ellas y aún no se ha recuperado, excepto en Alemania. A diferencia de Japón, en la periferia la pérdida ha sido sobre todo de empleo. Además, Europa no parece estar haciendo la inversión en capital humano que debería hacer para mejorar su productividad. Si nos fijamos en los resultados más recientes de PISA, en los países de la periferia de Europa los quinceañeros tienen resultados bajos en habilidades matemáticas y científicas, mientras que para sus hermanos mayores el paro y la temporalidad en el empleo no son escuelas alternativas. En pocas palabras, la mayor pérdida de la década perdidaen la periferia europea va a ser su generación perdida, en una Europa que, como Japón, envejece y necesita de ella para crecer.Los economistas ofrecen distintas razones para explicar la década perdida de Japón. El Gobierno no pudo hacer frente a los bancos descapitalizados que fueron autorizados a tener préstamos zombis en sus libros, resultando incapaces de financiar nuevas inversiones, agudizando un problema de baja inversión, ya de por sí baja dada la reducida productividad. La respuesta de la política monetaria fue demasiado tímida y las perspectivas de Japón para la recuperación se han visto seriamente obstaculizadas por la persistente deflación. Si bien es cierto que Japón no ha experimentado una fuerte pérdida de empleo, el creciente envejecimiento de la población junto a su alto nivel de deuda pública (134% de deuda neta sobre el PIB; la eurozona tiene el 72%) es una espada de Damocles sobre unas finanzas públicas reacias a la reforma. Todos estos elementos, sin duda, han jugado un cierto papel, y todos ellos ocupan un lugar preponderante en la experiencia europea actual.
Pero Europa se ha construido a partir de crisis y guerras o, mejor dicho, de aprender las lecciones necesarias de sus crisis y guerras. Así nació la Unión Europea. ¿Estamos aprendiendo las lecciones necesarias de esta década casi perdida?
Japón finalmente ha reaccionado a sus décadas perdidas con las políticas económicas del primer ministro Shinzö Abe —conocidas porAbenomics— entre las que se encuentra una política más agresiva del banco central para facilitar el crédito (credit easing) y afrontar los peligros de la deflación. Sin embargo, estas medidas aún tienen que dar sus frutos y no eliminan su espada de Damocles. En comparación con Japón, Europa está reaccionando más deprisa. Mario Draghi (el corredor solitario) ha logrado bajar las primas de riesgo, primero diciendo que el Banco Central Europeo (BCE) haría lo que hiciese falta para mantener el euro, ahora lanzando un programa de credit easingpara las pequeñas y medianas empresas (pymes); pero en comparación con EE UU —donde esto se hizo a gran escala al inicio de la crisis—, con más timidez y lentitud.
En la crisis del euro, como en otras crisis y guerras, se han roto muchas promesas y expectativas: de puestos de trabajo destruidos, de deudas que no se debían haber contraído, de servicios sociales que se han recortado, de frustración que fácilmente se transforma en populismo, euroescepticismo o nacionalismo. Es fácil decir que ésta no es la solución, pero es difícil aprender esta lección: ¿qué promesas se pueden hacer y cómo se van a satisfacer? No basta decir que ya tenemos los mecanismos y ya hemos salido de la crisis (hay que correr), ni es creíble decir que estos mecanismos no hacen falta —por ejemplo el pacto fiscal— porque vamos a crecer (muchas reformas quedan por hacer).Al igual que en Japón, los bancos europeos han tenido, y aún tienen, problemas de descapitalización y de exceso de riesgos y deuda soberana en sus balances. Aunque los problemas de la deuda pública y el envejecimiento no son tan graves en Europa como en Japón, éstos sólo son una parte de su propia espada de Damocles; la otra es la debilidad de su arquitectura como unión económica y monetaria. En este diseño arquitectónico se han dado pasos importantes en los últimos años, siguiendo la hoja de ruta del Informe Van Rompuy (2012): el Pacto Fiscal, el Mecanismo Europeo de Estabilidad, los Mecanismos de Vigilancia y resolución de la incipiente Unión Bancaria, etcétera. Pero para crecer no es suficiente dar unos primeros pasos. El edificio tiene que ser estable: estos mecanismos deben funcionar sin trabas o complejidades políticas y burocráticas, con cofianza entre norte y periferia; hay que saber compartir riesgos sin crear transferencias permanentes entre estados (un mecanismo de crisis, como el MEDE, no es suficiente); hace falta una mayor coordinación o capacidad fiscal en la eurozona para no dejar al BCE en solitario. El suelo no puede ser movedizo. Los estados sociales europeos ni deben desaparecer ni ser fuentes de endeudamiento.
Estas tres posiciones —populismo, continuismo y retórica del crecimiento— dominan y van a estar bien representadas en el nuevo parlamento europeo. Europa aún está a tiempo de evitar una década perdida y sobre todo que, como Japón, sean dos décadas perdidas. El discurso de Renzi, al inaugurar el semestre de la presidencia italiana, va en la buena dirección al priorizar crecimiento y reformas, pero ni elRenzinomics se puede quedar en retórica ni la respuesta a la revisión al alza de las previsiones del FMI para España ser motivo de complacencia.
Thomas Cooley es profesor y fue Dean de New York University, Stern School of Business. Ramon Marimon es profesor del European University Insitute y de la Universitat Pompeu Fabra

jueves, 17 de julio de 2014

BRICS’ emerging world bank: good idea, bad timing

AOPPENHEIMER@MIAMIHERALD.COM

This week’s announcement by the presidents of Brazil, Russia, India, China and South Africa — the so-called BRICS countries — that they will create their own international financial institution was greeted with polite skepticism and some criticism in Washington D.C. But on this issue, the BRICS are doing the right thing.
At the BRICS summit in Fortaleza, Brazil, the leaders of the world’s biggest emerging markets — a mixed bag of dictatorships and democracies — announced the creation of a development bank and a lending bank with $100 billion in capital each, that will be used as alternatives to the Washington-based World Bank and International Monetary Fund.
The BRICS’ New Development Bank (NDB) will be based in Shanghai, China. After a diplomatic struggle between China — as the biggest economy, it wanted to run the bank — and the rest, it was agreed that the institution’s top executives will be from Russia, India and Brazil.
Chinese President Xi Jinping and his colleagues emphasized that the BRICS don’t want to replace the World Bank and the IMF, but the Chinese president made it clear that the idea will be to “improve the world’s governing system” and to “widen” emerging countries’ representation in key international decisions.
In fact, they have a point: despite a lot of talk about expanding emerging markets’ voting rights at the World Bank and the IMF, these institutions have not changed substantially since they were created at Bretton Woods in 1944. The United States and European countries retain a much greater representation in both institutions than their current share of the world economy.
In addition to being frustrated by their smaller representation, the BRICS argue that their New Development Bank may be better suited to help developing countries than the IMF or the World Bank.
Brazil and India, for instance, desperately need to improve their infrastructure, and area in which China has great expertise (although we should hope that China’s infrastructure experts don’t recommend their fellow BRICS members to eradicate villagers at gunpoint to build roads and bridges).
And they add that the World Bank has been constrained by its environmental rules to make major loans for infrastructure in emerging countries. The new Shanghai-based bank will be able to make more loans for infrastructure with more realistic environmental standards, they say.
The big question, however, is whether the BRICS new financial institutions will materialize.
First, the BRICS are doing this at a time when their economies are heading down. China, which was growing at 10 percent annually over the last decade, is projected to grow at 7.5 percent this year, while India’s growth has slowed to 5.4 percent, and Russia and Brazil are expected to grow by a pitiful 1 percent each this year.
Second, it won’t be easy to solve internal differences between the BRICS. Despite their warm embraces at the Fortaleza summit, the leaders of China and Brazil are locked in a bitter dispute about bilateral trade. China complains about Brazil’s growing protectionism, while Brazil complains that China is only buying raw materials, while invading it with manufactured goods.
In addition, there will be disputes over who runs the new institutions. China’s economy — the world’s second-largest — is bigger than that of the four remaining BRICS members together, and the Chinese don’t have a tradition of putting money into projects in which they don’t run the show.
Third, the recent history of similar — although somewhat smaller — efforts to launch alternative development banks doesn’t bode well for the newly created institutions.
In 2009, the presidents of Brazil, Venezuela, Argentina, Bolivia, Ecuador, Paraguay and Uruguay announced with great fanfare the creation of a Bank of the South. The bank was supposed to have an initial capital of $20 billion and to replace Washington-based financial institutions, but it never took off. It made big headlines when it was announced, and it vanished shortly thereafter.
Fourth, even if the BRICS banks take off, they will be limited in size. The group’s lending institution’s $100 billion capital would be much smaller than the IMF’s $837 billion.
My opinion: The idea of creating new international financial institutions to make additional loans to those made by the World Bank and the IMF is good. The more, the merrier. And if the proposed Shanghai-based bank will help China become a better world citizen, and contribute more in development aid to developing countries, so much the better.
Whether it will happen, and whether it won’t follow the steps of the ill-fated Bank of the South, is a different story.

Read more here: http://www.miamiherald.com/2014/07/16/4239726/andres-oppenheimer-brics-emerging.html#storylink=cpy

martes, 15 de julio de 2014

Hedge Fund vs. Sovereign


                                                                                    US Supreme Court
Felix Salmon
Foreign Affairs
There aren’t many institutions powerful enough to bring a sovereign nation to its knees. Most of those that are wield their power with great care; the rest are dangerous fundamentalists. Last week, the U.S. Supreme Court placed itself -- and the rest of the U.S. federal judicial system -- squarely in the latter camp when it refused to accept an appeal by Argentina against a lower-court decision. The consequences are certain to be dreadful for Argentina. More broadly, the ruling will make it more difficult for countries to free themselves from the burden of over-indebtedness. It will be very bad for international capital markets. Oh -- and it will also diminish national sovereignty.
The case involved Argentina and a group of so-called vulture funds, led by the deep-pocketed and highly litigious hedge fund Elliott Associates, which was demanding repayment in full on old Argentine debt. Elliott had first come to broad public attention in 2000, when it brought -- and won -- a similar case against Peru. That unprecedented victory against a sovereign government, although worth a mere $90 million, so deeply shocked the international financial community that it prompted the International Monetary Fund to undertake a messy and protracted attempt to create a brand-new sovereign bankruptcy court. The Argentina case is much, much bigger -- Argentina owes Elliott over a billion dollars. The total amount that it owes “holdout creditors,” as the vulture funds are more formally known, is some $15 billion. Given that other holdout firms will immediately demand any terms awarded to Elliott, Argentina is not lying when it says that it simply can’t afford to do what the U.S. courts are demanding of it -- which is to pay all the holdouts in full. 
Nor, of course, would it ever want to. Argentina defaulted on all of its foreign bonds in 2002, at the end of a depression that saw its economy shrink by 28 percent, its currency devalue enormously, and millions of its citizens lose their jobs and go hungry. At the time, it was the largest debt default the world had ever seen. (Lehman Brothers would eventually break that record.) Argentina’s foreign debt went unpaid until 2005, when the country offered its creditors a deal: Give us your old defaulted bonds and we’ll give you new bonds in return, with a lower face value. You should do that, because we’ll actually pay the money we owe on the new bonds. (This also hinted that it would remain in default on the old bonds.)
Argentina was true to its word, and, after a second bond swap was finished in 2010, some 93 percent of the holders of the original debt had swapped it out for what are known as “exchange bonds.” The swap was coercive, to be sure: bondholders didn’t have much say in the matter, beyond the choice of whether or not to participate. But that’s the way of sovereign debt. If a sovereign defaults, there’s not much creditors can do to force it to pay up. That’s what “sovereign” means. Traditionally, then, most bondholders have simply accepted any exchange offer they’re given. And, in turn, such exchanges have become an established means by which countries restructure their debts to avoid remaining in default indefinitely.
The case in New York -- the one that made it all the way to the Supreme Court -- was brought by bondholders that didn’t participate in the exchange. They originally bought their debt at a deep discount, and they knew how to apply past-due compound interest calculations to make the face value of the defaulted debt balloon into the billions. They knew that it wouldn’t be easy to get paid in full, but if they managed it they would have scored one of the biggest home runs in hedge-fund history.
Thus did the cat-and-mouse game between Elliott and Argentina begin: Elliott would try to seize Argentine assets, and Argentina would try to keep them out of Elliott’s reach. At one point, an Argentine naval sailing vessel, the Libertad, was confiscated by local authorities in Ghana, with the intention that it be handed over to Elliott. The ship was released only after a ruling from the International Tribunal for the Law of the Sea.
But behind all the legal shenanigans was a serious debate about sovereign bankruptcy, or, rather, about the fact that there’s no such thing as sovereign bankruptcy. Countries do not default lightly: doing so nearly always results in the government falling, and in the country being unable to borrow money abroad for many years to come. Since most countries run deficits, being able to borrow money is extremely important.
If a country does default on debts, then it needs some way to cure that default, reenter the international financial system, and give itself and its companies the ability to fund themselves with debt. Because countries can’t declare bankruptcy, exchange offers are the next best thing. But for those to work, a debtor country needs to be able to pay the exchange bondholders without paying the holdouts. Otherwise, no one would ever participate in an exchange, and no country could ever restructure its debts.
This, then, is why Brazil, France, Mexico, and the United States supported Argentina in the Elliott case. None of them had much sympathy for Argentina itself, or its government. But they did have a vested interest in maintaining a sovereign’s right to pay one group of creditors without paying another. Indeed, it’s something that anyone who found himself in a similar situation might do: he might choose to pay his rent even if that means falling behind on credit card payments, for instance. But this is where U.S. courts started getting creative.
For years, Judge Thomas Griesa had levied increasingly strict rulings against Argentina, which Argentina had ignored. After many years of fruitless litigation, Griesa turned to a nuclear option. He ginned up a new violation by Argentina, which was embedded in something called the pari passu clause. The pari passu clause is a piece of hoary financial boilerplate that means absolutely nothing in a sovereign context. The clause, which said that Argentina’s bonds would “rank at least equally” with all its other indebtedness, makes sense only for debtors who can file for bankruptcy. Yet Griesa ruled that Argentina was in violation of pari passu. That ruling, in and of itself, was no big deal. Argentina was in violation of hundreds if not thousands of contractual obligations, and one more was hardly going to make much of a difference. But in this case, Griesa came up with a brand-new remedy to cure the newly discovered violation. And the remedy, much more than the violation itself, is what will end up transforming the world of sovereign debt.
Normally, when a borrower violates a contractual obligation, a judge will hand down a judgment against that borrower. In this case, however, Griesa went after the bondholders who had accepted 30 cents on the dollar for restructured Argentine debt. He told every other agent in the payments chain, up to and including the trustee for the exchange bondholders, that Argentina was not allowed to pay them until Elliott had been paid in full. If the trustee or anybody else helped Argentina pay its exchange bondholders, then Griesa would find them in contempt of court, assuming that Elliott had not been paid at that time.
That order was stayed pending appeal, but it is now in full effect. Make no mistake: the innocent are being punished. The exchange bondholders have done nothing wrong, and there is no way that they’re going to get their payment in full and on time, as Argentina would like. But the ruling goes well beyond punishing the innocent. It also turns the natural order of debt on its head. It used to be that having a bond was good but that having a judgment was much better. Now, however, it’s the other way around: judgments will get you nowhere, while bonds, if they have a pari passu clause, can make you all-powerful.
There’s also no logic to how this new system of jurisprudence should be enforced. The remedy seems to be available, more or less randomly, only to bondholders with a certain clause in their contracts. Worse, it actually discourages countries from making any payments at all, even if they’re both willing and able to do so, unless they can make all the payments they’re obliged to make.
Griesa’s ruling was the act of an exasperated judge at the end of his tether. And, in truth, he deserves a certain amount of sympathy: he has had the gruesome and thankless task, over the past decade, of overseeing dozens of lawsuits against Argentina. But once he had ruled, it became the job of the appeals courts -- first the Second Circuit, and then the Supreme Court -- to grapple with what he had done and to think hard about the implications.
But both of them ducked those questions. Griesa, they said, was within his rights to rule as he had done -- true enough. And Argentina should be required, under New York law, to pay its debts -- that’s true, too. But that leaves open the questions of sovereign immunity, the future of sovereign debt restructuring, and the future of New York as a financial center.
This is where the Supreme Court's ruling comes in. On June 16, it handed down a16-page decision in a parallel and much less important case, also finding against Argentina. In that ruling, Justice Antonin Scalia explained that, once upon a time, the Supreme Court would defer to the executive branch whenever the time came to make decisions involving judicial power over sovereign states. And invariably the executive branch would seek to hold foreign sovereigns immune from U.S. judicial proceedings. The result, says Scalia, was “bedlam,” which was “abated” only by the passage of the Foreign Sovereign Immunities Act in 1976. For the past 38 years, such questions have no longer been up to the U.S. State Department, or even the president; they’ve been entirely under the purview of the courts. “Any sort of immunity defense made by a foreign sovereign in an American court must stand on the Act’s text,” he writes. “Or it must fall.”
What Scalia is saying is that it’s not his job to worry about the fate of international bond markets, or the sanctity of concepts such as sovereign immunity. He can look only within the four corners of a legal document, and see what he finds there. Nothing else matters. Which is basically what the Second Circuit said, even though it couldn’t entirely duck the sovereign immunity question -- it said that “further guidance from the Supreme Court” could settle that question more decisively. Yet, so far, the Supreme Court has remained silent. The result is, to use Scalia’s term, bedlam. Argentina wants to pay the exchange bondholders, but it can’t. Argentina doesn’t want to pay Elliott, but it has to. It is stuck on the horns of a dilemma, where every possible course of action is a bad one.
So what should Argentina do? It has said that it will negotiate with Elliott, but given how stubborn both sides are, it would be astonishing were the negotiations to bear fruit. Argentina has also said that it will not default on the exchange bondholders -- although there’s a case to be made that simply tendering payment to the Bank of New York, even if that payment is refused, is technically enough to avoid default. (Which of course would come as cold comfort to the unpaid bondholders.) 
There has also been talk of trying to do some kind of new bond swap, where exchange bondholders could swap their paper again for new bonds issued in Argentina, away from the reach of U.S. courts. That seems extremely unlikely to happen, though, since only the trustee can reliably identify who the bondholders are, and the trustee would never cooperate with such a plan without Griesa’s permission.
There is one other possibility. It’s not a pleasant one -- not for exchange bondholders, not for Argentina, not for Griesa, and certainly not for Elliott. But it might just be the least unpleasant option.
In the world of public corporations, it has become popular to buy back stock instead of issuing a dividend: shareholders often have tax reasons for preferring buybacks to dividends, and companies are following their preferences. Bond issuers don’t have that option: they’re contractually obliged to make coupon payments. But once a bond has defaulted, it is possible to get a bit more imaginative. And if Argentina wanted to continue to funnel money toward the exchange bondholders, one way of effectively doing so would be to simply buy up those bonds on the secondary market. Argentina could simply take the money that it would otherwise have spent on coupons and spend it instead of buying newly defaulted exchange bonds.
Or it could go further, and attempt some kind of full-fledged de facto bond exchange. Argentina will certainly continue to issue local debt, including local bonds pegged to the dollar, just as it has done for many years. So maybe it could step up that local debt issuance, and start using the proceeds to buy back its defaulted exchange bonds. The country’s total indebtedness would not go up; if anything, thanks to the defaulted bonds trading at a discount, it might well go down. But the longer Argentina conducts that trade -- the more local debt it issued, and the more exchange bonds it bought back on the secondary market -- the closer it would come to much the same outcome as if it had simply swapped the exchange bonds for local bonds in a big formal exchange offer. 
There would be serious costs to such a strategy. For one thing, Argentina would be cementing its status as a financial-markets untouchable: it would be going backward rather than forward. But at least it wouldn’t have to make the politically disastrous decision to pay Elliott -- and the other holdout creditors -- billions of dollars it can’t afford.
And if anybody started criticizing the country for being in default on the exchange bonds, Argentina could always say, quite honestly, that it has both the ability and the willingness to pay -- and that the only reason its bondholders aren’t getting paid is that the U.S. courts won’t let them be paid. Both the Second Circuit and the Supreme Court had every opportunity to avert this disaster, and instead they punted. They are the ones who should be held responsible for the fallout.