miércoles, 17 de septiembre de 2014

¿ES ÉSTE EL GOBIERNO QUE EUROPA SE MERECE?

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 Daniel Gros

BRUSELAS – La Unión Europea con la asignación final de carteras dentro de la Comisión Europea, su rama ejecutiva, ha completado su cambio de guardia. El proceso duró casi cuatro meses, tras las elecciones al Parlamento Europeo que fueron celebradas a finales de mayo con un resultado final que se basó inevitablemente en una serie de compromisos – algo que se debe esperar cuando se trata de una UE formada por 28 quisquillosos Estados o Naciones.
De hecho, el buen funcionamiento de las instituciones de la UE requiere que ningún sector electoral importante (de izquierda o derecha, del Este u Oeste, y así sucesivamente) se sienta excluido. Y la nueva Comisión Europea se muestra bastante fuerte, dado que más de 20 de sus 28 miembros  anteriormente fueron primeros ministros, vice primeros ministros o ministros. Las personas que han ocupado altos cargos políticos en sus países de origen consideran que vale la pena venir a Bruselas.
Pero la mayor parte de la atención se ha centrado en los tres puestos más altos en la UE: el Presidente de la Comisión Europea, el Presidente del Consejo Europeo y el Alto Representante de la Unión para Asuntos Exteriores.
El nuevo Presidente de la Comisión, Jean-Claude Juncker, fue el primero en ser seleccionado sobre la base en una fuerte participación de su facción en las elecciones al Parlamento Europeo. En su calidad de experimentado conocedor de Bruselas, no fue un candidato que movilizó multitudes. Pero a veces eso puede ser una ventaja, ya que como conocedor sabe cuál es la mejor forma conciliar los intereses contrastantes y cómo conseguir que la maquinaria institucional se ponga nuevamente en movimiento, tal como Juncker mostró con su hábil manejo de la distribución de las tareas entre los distintos Comisarios.
La selección del Presidente del Consejo Europeo requirió de mucho tiempo y de muchas concesiones, y fue el primer ministro polaco, Donald Tusk, quien surgió como la opción final. Pero, aunque Tusk, tiene ahora una puesto que suena importante, el Presidente del Consejo Europeo no decide nada. El Presidente preside principalmente durante las reuniones de los líderes nacionales de la UE, y su influencia como titular del puesto depende de su capacidad para establecer la agenda y facilitar acuerdos.
La experiencia del anterior titular, el ex primer ministro belga Herman van Rompuy, en el manejo de las coaliciones díscolas de su propio país demostró ser muy útil cuando tuvo que persuadir a los líderes nacionales para que tomen decisiones durante la crisis del euro. Tusk, tendrá que lograr algo similar ante los nuevos desafíos que enfrenta Europa en la actualidad, que incluyen la agresión rusa en Ucrania, el aumento del terrorismo en el Medio Oriente, y una economía estancada en su propia casa.
En cuanto al reto más inmediato que tiene la UE, planteado por Rusia, Tusk tendrá que negociar  decisiones con los líderes de los países que se sienten amenazados de manera inmediata (como el suyo propio) y aquellos para los que los lazos económicos con Rusia se encuentran por encima de cualquier amenaza a la seguridad europea, amenaza que ellos sientes se encuentra muy remota. En lo que se refiere a la economía, debe conciliar las prioridades de pleno empleo que tiene Alemania con las prioridades de Grecia e Italia, que se mantienen en las garras de la recesión y cuyo desempleo se encuentra por las nubes. Debe ser capaz de conversar directamente con los miembros del Consejo, la mayor parte del tiempo en idioma inglés, algo que podría ser el mayor desafío inmediato que él enfrente, tal como prontamente lo admitió.  
El nombramiento de la ministra italiana de Asuntos Exteriores, Federica Mogherini, como Alta Representante de la Unión para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad ha sido ampliamente cuestionado, debido a su  limitada experiencia ejecutiva en política exterior. Pero, a partir de la invasión de facto de Ucrania a finales de agosto, su gobierno ha cambiado su posición sobre Rusia, y ella ha tratado de convencer a muchos críticos que conoce muy bien los problemas que enfrenta Europa (su tesis universitaria, por ejemplo, fue sobre el Islam político).
Pero, ¿puede ella liderar? El servicio exterior de Europa, que se denomina Servicio Europeo de Acción Exterior  (SEAE), es una enorme burocracia, que debe ser bien manejada, si se va a ser eficaz. Y, aunque el jefe del SEAE se ha denominado el “jefe de política exterior de la UE”, Mogherini debe ser vista como su directora general, ya que las decisiones clave son tomadas por los líderes de los Estados miembros, cuando se reúnen en el Consejo Europeo. Su falta de experiencia gerencial es, por lo tanto, su principal debilidad, y ella tendrá que encontrar un equipo fuerte que la apoye.
Sin embargo, hay al menos una señal alentadora, aunque oculta, que emerge del nombramiento de Mogherini: El hecho de que el presidente del Banco Central Europeo Mario Draghi es también italiano no fue un impedimento. Esto implica que la presidencia del BCE no se cuenta entre los puestos a distribuirse de acuerdo a las cuotas de nacionalidad, y que no se consideró que la nacionalidad de Draghi influyera sus decisiones de ninguna manera.
Los líderes de las instituciones de la UE tienen que ser empresarios políticos si quieren dejar una huella en la historia. Su poder de decisión es limitado. Pero a menudo se pueden enmarcar las opciones que eligen y negociar coaliciones para hacer adelantar los límites existentes a la integración europea. Ninguno de los tres nuevos rostros de la UE (Juncker, Tusk y Mogherini) tiene un historial en este sentido. Evidentemente, a los jefes nacionales les gusta que esto sea así.
Por lo tanto, el mensaje más preocupante que surge del proceso de nombramiento es que los líderes de los Estados miembros no van a sufrir debido a que alguien va a llegar a alborotar el avispero y empujarlos hacia una mayor integración. Habrá poco movimiento hacia la “unión cada vez más estrecha” que se vislumbra en el Tratado de Roma. Eso podría ser un alivio para aquellos que en el Reino Unido y en otros lugares temen que se dé una dominación por parte de Bruselas, pero sólo puede desanimar a aquellas que esperan que, a pesar de su lentitud en cuanto a su crecimiento económico y la disminución de su población, Europa pueda convertirse en un actor global relevante.
Traducido del inglés por Rocío L. Barrientos.

UN NUEVO ACUERDO TRANSAMERICANO


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ERNESTO TALVI

MONTEVIDEO – Muchos expertos en política exterior dicen que la relación de Estados Unidos con América Latina se caracteriza por una  “apatía benigna.” Miembros del gobierno de EE.UU. cuestionan esta idea, argumentando que las empresas estadounidenses están entre las que más inversiones realizan en la región, y que además, 11 de los 20 Tratados de Libre Comercio (TLC) de EE.UU. son con países de América Latina. Y en la medida en que la "apatía benigna" sea una descripción razonable de la realidad, es un hecho positivo porque refleja la ausencia de tensiones geopolíticas o inestabilidad en la región.
Sin embargo, se podría hacer mucho más – especialmente en temas de política comercial – para profundizar las relaciones económicas entre Estados Unidos y Latinoamérica. Con el estancamiento de las negociaciones comerciales en La Ronda de Doha, EE.UU. se ha involucrado en dos importantes tratados de libre comercio.
Ambos TLC propuestos – Acuerdo Trans-Pacífico (TPP, por sus siglas en inglés), principalmente una iniciativa entre Estados Unidos y Asia, y la Asociación Transatlántica para el Comercio y la Inversión (TTIP, por sus siglas en inglés), un proyecto en gran parte entre Estados Unidos y Europa – son acuerdos de amplio alcance. Su objetivo es darle un nuevo impulso al libre comercio y avanzar en temas polémicos como el comercio de servicios, derechos de propiedad intelectual, armonización de los estándares sanitarios y técnicos y las licitaciones públicas, entre otros. Sus participantes representan el 60% del PIB mundial. Sin embargo, su impacto no llega a todas partes.
Si bien Chile, Perú y México también se han embarcado en el TPP – y otros países de América Latina tienen la posibilidad de  unirse  al tratado – la participación de la región es marginal. Para que esta situación cambie, la región tendrá que redescubrir el espíritu de la Cumbre de las Américas de 1994, donde el presidente de los Estados Unidos Bill Clinton y sus homólogos latinoamericanos forjaron una gran visión para el hemisferio. Su idea era crear el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), que permitiese la libre circulación de bienes, capitales y de personas desde Alaska hasta Tierra del Fuego.
Una forma de revivir aquel espíritu de cooperación y objetivos en común sería lanzando un nuevo Acuerdo Trans-Americano (TAP, por sus siglas en inglés). El TAP incluiría a EE.UU., Canadá, México, los países de la Alianza del Pacífico, y otros estados latinoamericanos que ya tienen acuerdos de libre comercio con EE.UU. El nuevo acuerdo abarcaría 620 millones de consumidores y representaría un PIB combinado de más de $22 trillones de dólares (más grande que el PIB de la Unión Europea, y más del doble que el de China).
El TAP también englobaría casi la mitad de la población de América Latina e incluiría alrededor del 50% de su PIB combinado, otorgándole a la región el papel central que tanto le falta en el TPP o el TTIP. Inicialmente, la única gran economía que no sería miembro del TAP sería Brasil. Esta situación seguramente cambiaría a medida que el dinamismo de su sector privado, enfrentado a los instintos proteccionistas del gobierno, presionase para formar parte del acuerdo – una oportunidad difícil de rechazar una vez que la influencia del TAP se propague.  
El TAP podría establecerse y promoverse con un costo relativamente bajo, basándose en la armonización de los acuerdos comerciales bilaterales existentes con EE.UU., de la misma forma en la que lo están haciendo los miembros de la Alianza del Pacífico. Más aún, la participación en el TAP sería voluntaria, una ventaja fundamental con respecto al ALCA.
Y lo que es aún más importante, el TAP crearía la sensación de un futuro compartido para las Américas. Podría convertirse en una fuerza formidable para apoyar el libre comercio, la inversión, la prosperidad y la paz en un mundo multipolar.
Estos grandes acuerdos comerciales se han vuelto particularmente importantes como puente entre los dos modelos económicos e ideológicos que día a día dividen más el mundo: el capitalismo de Estado autoritario de China y Rusia y la democracia y el Estado de derecho de Occidente.
Hay signos positivos que indican que la política de Estados Unidos se está moviendo en la dirección correcta. En su discurso de noviembre de 2013 en la Organización de los Estados Americanos, el secretario de Estado estadounidense, John Kerry, dijo que la asociación con América Latina “requerirá coraje y voluntad para cambiar. Pero, sobre todo, requerirá un nivel de cooperación más profundo entre todos nosotros, todos juntos,  como socios igualitarios en este hemisferio.”
Un nuevo y amplio acuerdo de libre comercio, con América Latina en el centro neurálgico, sería una excelente manera de que estas esperanzas se concreten.


EL MUNDO COLOR DE ROSA DE LOS MERCADOS


PROJECT SYNDICATE

LAGUNA BEACH – Este ha sido un año inusual para la economía mundial, que ha estado  caracterizado por una serie de cambios no anticipados en el mercado, económicos y geopolíticos –y es probable que continúen así las cosas en el último trimestre del año. El desenlace de estos sucesos tendrá un impacto importante en la efectividad de las políticas públicas– entre otros aspectos. Así pues, ¿por qué el comportamiento de los mercados financieros es como si funcionaran en un mundo aparte?
Los mercados de capital, aparentemente indiferentes por el crecimiento poco satisfactorio en economías avanzadas y economías emergentes o por las tensiones geopolíticas crecientes en Europa oriental y Medio Oriente, han roto un récord tras otro este año. Esta impresionante evolución ha ignorado una serie de relaciones históricas, incluida la correlación de larga data entre el desempeño de los valores y los bonos gubernamentales. De hecho, la correlación entre diferentes tipos de activos financieros ha sido atípica y algunas veces, inestable.
Mientras tanto, en cuanto al diseño de políticas, la cohesión de la política monetaria de países avanzados está dando lugar a un sistema de múltiples vías, en el que el Banco Central Europeo acelera el ritmo en el tema de los estímulos, y la Reserva Federal estadounidense lo apacigua. Estos factores hacen que la economía global llegue con gran incertidumbre en diferentes áreas al último trimestre del año.
El panorama en los próximos meses se vislumbra amenazador pues hay conflictos geopolíticos crecientes que se acercan a un punto crítico; más allá de esto existe el espectro de una serie de perturbaciones sistémicas graves en la economía global. Se ve sobre todo en Ucrania, donde pese al cese al fuego actual, Rusia y Occidente todavía no han encontrado una manera de calmar las tensiones definitivamente. Sin avances, es probable que la nueva ronda ineludible de sanciones y retorsiones provoque una recesión en Rusia y Europa, lo que dañará la actividad de la economía mundial.
Aun sin dichas complicaciones, no será fácil dar dinamismo a la recuperación económica cada vez más lenta de Europa. A fin de posibilitar los avances, el presidente del BCE, Mario Draghi, ha propuesto una gran negociación política a los gobiernos europeos: si ponen en aplicación reformas estructurales y aumentan la flexibilidad fiscal, el banco central ampliará su balance para impulsar el crecimiento y combatir la deflación. Si los Estados miembros no cumplen con su parte del acuerdo, al BCE no le será fácil llevar la carga política efectivamente –lo que lo expondrá a las críticas y presiones políticas.
Del otro lado del Atlántico, la Reserva Federal está preparada para dejar en las siguientes semanas la fase de la facilitación cuantitativa (QE, por sus siglas en inglés) –su política de adquisición a gran escala de activos– por lo que el impulso de la economía dependerá totalmente de las tasas de interés y de una orientación profunda de políticas. Suspender la QE, no solo es impopular entre los responsables del diseño de políticas y políticos, también ha generado inquietud debido al riesgo de una mayor inestabilidad financiera y desigualdad creciente –las dos cosas podrían socavar la ya de por sí frágil recuperación económica de los Estados Unidos.
Y la situación se complica  más debido a las elecciones del congreso estadounidense en noviembre. Vista la posibilidad de que los republicanos sigan controlando al menos una de las cámaras, es probable que se sigan manteniendo poco flexibles las políticas del presidente demócrata, Barack Obama –a menos, claro está, que la Casa Blanca y el Congreso encuentren finalmente una manera de trabajar de forma conjunta.
Mientras tanto en Japón se pondrá a prueba la paciencia del sector privado hacia la estrategia de las tres flechas del primer ministro, Shinzo Abe, para revitalizar la largamente estancada economía  –la llamada ·abenomía”– en particular en lo referente a la implementación tan esperada de reformas estructurales para complementar el estímulo fiscal y la flexibilidad monetaria. Si la tercera “flecha” de la abenomía no puede concretarse, la aversión al riesgo de los inversionistas puede surgir de nuevo, lo que dañaría los esfuerzos para estimular el crecimiento y evitar la inflación.
Economías emergentes sistemáticamente importantes también están en riesgo de experimentar una incertidumbre considerable. Las elecciones presidenciales de Brasil en octubre serán decisivas para determinar si el país avanza hacia un nuevo modelo de crecimiento más sostenible o se estanca más en una estrategia económica en gran parte agotada que refuerza sus tendencias hacia la estanflación.
En India está por verse si el recién electo primer ministro, Narendra Modi, actuará de forma decisiva para satisfacer las grandes expectativas de los votantes por una reforma económica antes de que acabe su buen momento posterior a su victoria en las elecciones. Asimismo, China tendrá que mitigar los riesgos financieros si quiere evitar una caída estrepitosa.
La fuente final de incertidumbre proviene del sector corporativo. En lo que va del año, las compañías sólidas han estado perdiendo poco a poco control económico –cambio notable respecto del desempeño opuesto al riesgo que había prevalecido desde que se produjera la crisis financiera mundial.
En efecto, un creciente número de compañías ha empezado a utilizar reservas masivas de efectivo de sus hojas de balance, primero para aumentar sus dividendos y readquirir acciones, y después para realizar fusiones y adquisiciones a un ritmo que no se veía desde 2007. La cuestión es si las compañías destinarán más efectivo a nuevas inversiones a instalaciones, equipo y personal –fuente principal de apoyo a la economía mundial.
Esta es una lista amplia de cuestiones. Sin embargo, los actores de los mercados financieros los han evitado en gran medida, al igual que han dejado de lado los riesgos actuales más importantes e ignorado la volatilidad potencial que conllevan. En cambio, los inversionistas financieros han confiado en el apoyo constante de bancos centrales, convencidos de que las autoridades monetarias en última instancia lograrán transformar el crecimiento inducido por políticas en verdadero crecimiento. Además, por supuesto, se han beneficiado considerablemente de la movilización de dinero corporativo.
En los siguientes meses, el optimismo boyante que impregna los mercados financieros puede resultar justificado. Por desgracia, es más probable que las perspectivas de los inversionistas resulten demasiado optimistas.
Traducción de Kena Nequiz



domingo, 14 de septiembre de 2014

¿ES POSIBLE UNA SOLUCIÓN PACIFICA Y DURADERA EN EL MEDIO ORIENTE?

                               


No puede uno mantenerse al margen del drama que vive el Medio Oriente, por muy lejos que se esté de él, aunque en un mundo globalizado ya nada queda lejos. Cosas espantosas han ocurrido y ocurren allí, que parecieran, a ratos, no tener solución, habida cuenta de su persistencia en el tiempo.
Las causas de estos enfrentamientos de nunca acabar, son variadas y muy complejas. Unas vienen de lejos en la historia y otras tienen su raíz en  acontecimientos más recientes. A muchos actores corresponde su parte de culpa, a unos más y a otros menos, y no solo a los oriundos de la región. En esa región entran en juego importantes dinámicas geopolíticas e intereses crematísticos, confluyen y compiten estrategias diversas de los poderes globales.
Lo que está siempre de bulto es el componente religioso, aunque no sea lo exclusivo. Judíos, musulmanes y creyentes de otras religiones están inmersos en este torbellino interminable de cruentos conflictos. Dentro de cada una de esas confesiones, hay sectas variopintas y contrapuestas, que en gran medida complican el cuadro general. Moderados y radicales, ortodoxos y liberales, terroristas violentos y pacifistas, todos revueltos en un océano de intolerancias, odios e incomprensiones, que rechazan, obstaculizan o enturbian el necesario diálogo, el mutuo reconocimiento. Y no es tan cierto que en el combate sea sólo entre el Occidente judeocristiano y el Islam.
Sensatez, comprensión mutua y sabiduría están desterradas o arrinconadas allí. A pesar de que ha habido momentos de optimismo, de posibles salidas viables a una crisis crónica sin fin, no ha pasado mucho tiempo antes de que vuelvan por sus fueros la muerte y el desencuentro empujados por un resentimiento que obnubila mentes y corazones.
Estamos presenciando conductas demenciales que los que creemos en la libertad, la democracia y la convivencia pacífica como valores humanos universales, no podemos aceptar de manera impasible. Ante estos hechos abominables, no está permitido voltear hacia otro lado, por razones de soberanía, autodeterminación o multiculturalismo. Tales argumentos no están por encima de uno superior: el respeto a la dignidad humana.
Ciertamente, el respeto a los derechos humanos no es un valor que todas las culturas tengan como fundamental. Pero eso no es óbice para que se establezca respecto de ellos una relativización que conduzca a tolerar en ciertos ámbitos su desprecio y/o pisoteo.
Cuando vemos esos abominables actos, siempre recordamos las palabras de Joseph Roth en época de los nazis, quien al criticar la “soberana indiferencia” de ciertos países ante los desmanes de Hitler, afirmaba: “No se me puede seguir prohibiendo la entrada a casa de mi vecino si éste está matando a sus hijos con un hacha. No puede haber moral europea, europea y cristiana, mientras subsista el principio de no intromisión”.
Ese horror que vemos en las actuaciones del Estado Islámico, Al Qaeda, Hamas, Hezbolá, Boko Haram y otros movimientos, compele a la Comunidad Internacional y a los países democráticos a una acción contundente, incluso armada si otros medios no resultaren efectivos, que busque proteger y preservar a millones de personas indefensas a las que se persigue sojuzgar, esclavizar y obligar a pensar de una determinada manera o a profesar una religión en particular.
El fanatismo religioso presente en aquellas manifestaciones políticas no es un tema de fácil abordaje. Como todo fundamentalismo, tiene sus raíces en visiones distorsionadas y malsanas sobre los asuntos de la vida en sociedad y sobre el papel de la religión.
El escritor israelí Amos Oz dice que El fanatismo es la incapacidad de aceptar situaciones sin solución clara”. Y en efecto, el fanático no admite los “grises”, los matices, la incertidumbre, las inseguridades, las imprecisiones, la polémica, el debate, la confrontación de ideas diversas. Ve las cosas maniqueamente, todo o nada, esto o aquello, sin soluciones intermedias o compartidas. Para él, la idea de solución es la que se resume en la suma cero. se gana todo, o se pierde todo. Un desenlace ganar-ganar para todas las partes en liza no tiene cabida en el que ve el problema desde el fanatismo.
Estoy convencido de que para lograr una solución medianamente satisfactoria en el complejo cuadro político del Medio Oriente pasará aun mucho tiempo. No solo los países occidentales deben coaligarse para enfrentar el problema, deben ser incorporados también gobiernos de la región.
Debe insistirse y agotarse los esfuerzos que sean necesarios para la apertura de vías al entendimiento que apunten a soluciones viables y realistas.
Lo que ocurre en ese rincón del planeta no debemos subestimarlo. Más temprano que tarde sus efectos nos tocarán. Mientras no se encuentre una salida duradera a ese drama, seguiremos siendo testigos de horrendas situaciones como las vistas estos días que corren.
Por lo pronto, contra el Estado Islámico la única solución que se ve es la vía armada. Otros problemas puede que tengan medios de solución distintos.

Todo esto lo decimos, debo confesarlo, desde el escepticismo. Pero nunca hay que rendirse; de allí que comparta con el escritor libanés, Amin Malouf, lo que escribió en su libro Identidades Asesinas: no nos podemos instalar en la desesperanza, la amargura, la resignación y la pasividad.


EMILIO NOUEL V.

@ENouelV

martes, 9 de septiembre de 2014

EUROPA NO ES UNA ISLA

PAUL ENGEL / GIOVANNI GREVI / SIMON MAXWELL / DIRK MESSNER / KEVIN WATKINS

Tras muchas idas y venidas, y no pocas piedras en el zapato, se ha nombrado a un nuevo Alto Representante de la Unión Europea y al Presidente del Consejo Europeo, quienes, junto al presidente de la Comisión, Jean-Claude Juncker, serán los máximos responsables de guiar el camino y sentar las prioridades de la UE en los próximos años. Estos nuevos líderes tendrán que demostrar que tienen la capacidad y el margen de maniobra suficientes para hacer frente a una serie de crisis externas urgentes, entre ellas Irak y Siria, Ucrania, Gaza, Sudán del Sur y la República Centroafricana, así como otros desafíos clave, de cuya solución depende el bienestar no sólo de Europa, sino también del resto del mundo.
En primer lugar, se necesita poner en marcha un modelo de crecimiento acorde con las necesidades del siglo XXI, que cree empleo y sea capaz de ofrecer perspectivas para los jóvenes europeos y aquellas personas que se encuentran en la más absoluta pobreza alrededor del mundo. El empleo y los retos sociales son alarmantes a nivel mundial, con cerca de 1.500 millones de personas en situación de vulnerabilidad laboral y más de 800 millones de trabajadores en situación de “pobreza laboral”, incapaces de ganar más de dos dólares diarios (aproximadamente 1,50 euros). En la actualidad, Europa no ve más allá de sus necesidades internas, pese a que, en realidad, un mejor comercio, una mejor política fiscal y una gestión financiera eficaz a nivel global contribuirían no sólo a aliviar la pobreza en los países en vías de desarrollo, sino también a mejorar las perspectivas económicas en Europa.
En segundo lugar, en la reunión de la ONU sobre el cambio climático que tendrá lugar en París en 2015, es imperativo alcanzar un ambicioso acuerdo y avanzar hacia una economía verde. Los propios planes europeos en materia de energía sostenible están en la cuerda floja ya que priorizan la estabilidad macroeconómica y el crecimiento a corto plazo cuando lo que de verdad se necesitan son iniciativas duraderas. La cumbre del clima del 23 de septiembre de este año en Nueva York, donde los líderes mundiales se reunirán a instancias del secretario general de la ONU, Ban Ki Moon, podría ser un paso importante en este sentido.
En lugar de ir apagando fuegos, es urgente movilizar los recursos diplomáticos, financieros y militares disponibles
Tercero, en lugar de ir apagando fuegos, es urgente abordar los conflictos y la fragilidad estatal movilizando todos los recursos diplomáticos, financieros y militares a disposición de la UE con el fin de prevenirlos. Los conflictos violentos afectan a más de 1.500 millones de personas en muchos países frágiles alrededor del mundo. Cada vez más, la expansión de los conflictos violentos no resueltos en África, Oriente Medio y otras regiones vecinas tiene un impacto directo en la UE. Europa sólo podrá garantizar la seguridad de sus propios ciudadanos si hay paz más allá de sus fronteras. Al fin y al cabo nadie se siente seguro si alguien atraca en la casa del vecino. En la vecindad europea, la organización Estado Islámico de Irak y el Levante (EIIL) amenaza con desestabilizar gran parte de Oriente Medio. La Unión no puede permitirse el lujo de andarse con rodeos, y necesitará contar con un fuerte mandato por parte de sus Estados miembros para liderar una respuesta eficaz a ésta y otras crisis.
Cuarto, más allá del compromiso declarado, se necesita más acción en apoyo a los derechos humanos, ya sean políticos, sociales o económicos. Todos los días en diferentes rincones del mundo se da un caso de represión o persecución política o de desigualdad de género. Las consecuencias del fracaso ya se reflejan, por ejemplo, en los barcos a la deriva en los que viajan refugiados por todo el Mediterráneo. Por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, el número de desplazados en el planeta ha superado los 50 millones.
Para combatir la pobreza y la desigualdad faltan políticas comerciales y medioambientales 
Por último, la UE tiene que combatir la pobreza y la desigualdad tanto dentro de sus propias fronteras como en los países en desarrollo no sólo con ayuda humanitaria sino también con mejores políticas comerciales y medioambientales. Se estima que más de 1.000 millones de personas todavía viven en la absoluta pobreza, con menos de 1,25 dólares al día (aproximadamente 0,95 euros). Desde Europa, el resto del mundo es una fuente vital de materias primas, productos manufacturados, mercados, innovación y enriquecimiento cultural. Vista desde fuera, la UE es fuente de bienes y servicios, tecnología, ayuda y de modelos sociales y políticos inclusivos. La UE puede destinar recursos técnicos, institucionales y financieros para lograr bienes públicos globales.
Es hora de tomar decisiones clave sobre todos estos temas. Desde que se aprobaron en el año 2000, los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) han proporcionado directrices, recursos y resultados. El nuevo marco de desarrollo sostenible que los reemplazará a partir de 2015 incluirá objetivos medioambientales además de metas relativas a la pobreza, la educación y la salud. También fijará baremos para unas instituciones transparentes y responsables y para el cumplimiento de los derechos políticos y sociales. Esa nueva agenda se aplicará tanto a países ricos como pobres: construir un mundo mejor será realmente una responsabilidad compartida.
Puede que, una vez más, Europa se centre demasiado en la recuperación económica a corto plazo y siga con la misma lenta y ardua burocracia política, en detrimento de un enfoque global integral a largo plazo. Pero en un momento tan clave como este, eso iría en contra no sólo de los valores europeos, sino de los propios intereses de la Unión. Europa no es una isla. Los problemas de Europa necesitan soluciones globales y los problemas globales necesitan de la acción europea. Es esto lo que debería guiar la agenda de la UE en los próximos cinco años y lo que determinará el éxito o el fracaso del proyecto europeo.
Paul Engel es director del European Centre for Development Policy Management (ECDPM); Giovanni Grevi es director de la Fundación para las Relaciones Internacionales y el Diálogo Exterior (FRIDE); Simon Maxwell es asesor senior de Overseas Development Institute (ODI); Dirk Messner es director del Deutsches Institut für Entwicklungspolitik (DIE) y Kevin Watkins es director de ODI. Las cuatro organizaciones forman parte del European Think Tanks Group y son coautoras del informe Nuestro interés colectivo: ¿por qué los problemas de Europa necesitan soluciones globales y los problemas globales necesitan de la acción europea?

lunes, 8 de septiembre de 2014

It's Still Not the End of History


The Atlantic

Most of us in the West are liberals, whether we admit it or not. We want equal rights for all, reject racial differences, cherish the freedom of worship while preserving the freedom to disagree, and seek an economic order that suits the ambitions of the individual. But there’s a growing sense that liberalism isn’t delivering at home and that it’s not as popular as we think it ought to be in the developing world. The problem is that hubris has blinded its defenders to the crisis consuming liberalism’s identity, leaving them unable or unwilling, to respond to pressing challenges around the world.
Twenty-five years ago this summer, Francis Fukuyama announced the “end of history” and the inevitable triumph of liberal capitalist democracy. His argument was simple: Democracy would win out over all other forms of government because the natural desire for peace and well-being set nations on a path to progress from which it was impossible to divert. If a state—even a Communist state—wished to enjoy the greatest prosperity possible, it would have to embrace some measure of capitalism. Since wealth-creation depends on the protection of private property, the “capitalist creep” would invariably demand greater legal protection for individual rights.
As many critics pointed out, Fukuyama’s logic was a bit too reminiscent of the pseudo-Hegelian historical determinism that Marxists and Fascists deployed to disastrous effect earlier in the 20th century, but when his article appeared in The National Interest, it was hard to disagree with him. The Berlin Wall was about to fall, the Soviet Union was collapsing, and the world was clamoring for the consumerist boom in an orgy of free-market excitement. Everything seemed to suggest that only liberal capitalist democracy allowed people to thrive in an increasingly globalized world, and that only the steady advance of laissez-faire economics would guarantee a future of free, democratic states, untroubled by want and oppression and living in peace and contentment.
History isn't over, and neither liberalism nor democracy is ascendant.
Today, it’s hard to imagine Fukuyama being more wrong. History isn’t over and neither liberalism nor democracy is ascendant. The comfy Western consensus he inspired is under threat in ways he never predicted. A new Cold War has broken out. China’s “Marxist capitalism” suggests you can have wealth without freedom. And the advance of ISIS may herald a new, state-oriented Islamic fundamentalism.
But most disturbingly, the connection between capitalism, democracy, and liberalism upon which Fukuyama’s argument depended has itself been broken. In the wake of the credit crunch and the global economic downturn, it has become increasingly clear that prosperity is not, in fact, best served either by the pursuit of laissez-faire economics or by the inexorable extension of economic freedoms. Indeed, quite the opposite. As Thomas Piketty argues in Capital in the Twenty-First Century, free markets have not only enlarged the gap between rich and poor, but have also reduced average incomes across the developed and developing worlds. In the countries hardest hit by the recession—such as Greece and Hungary—voters have turned away from precisely that conception of liberalism that Fukuyama believed they would embrace with open arms. Across Europe, economic interventionism, nationalism, and even open racism have exerted a greater attraction for those casting their democratic votes than the causes of freedom, deregulation, and equality before the law. Liberal capitalist democracy hasn’t triumphed. Instead, the failures of capitalism have turned democracy against liberalism. In turn, liberalism’s intellectual self-identity has been left in tatters.
Sensing that Fukuyama’s titanic argument has hit something of an iceberg, liberal theorists have desperately been trying to keep the ship afloat. A raft of books have hit the shelves trying to breathe new life into liberalism, amongst which Larry Siedentop’s Inventing the Individual and Edmund Fawcett’sLiberalism: The Life of an Idea stand out. Both accept that Fukuyama’s hubris has been exposed by recent events, and are under no illusions about the challenges that liberalism faces. But instead of addressing those challenges head-on they have turned to the past for solace and validation. By labeling an arbitrary set of ideals “liberal” and trying to demonstrate how they have supposedly triumphed over all challengers down the centuries, they seek to craft a new historical narrative capable of “proving” the inherent righteousness of liberalism. Since “liberal” ideas have always triumphed, Siedentop and Fawcett argue, they are manifestly right, and while things might not be working out so well now, the logic of history shows that they will prevail in the end.
Instead of addressing those challenges, liberal theorists have turned to the past for solace and validation.
Leaders across the political spectrum have been quick to adopt this form of historical determinism. In Britain, David Cameron’s center-right government is proudly liberal, and has not been afraid to use history to mold the next generation of voters into an appropriately liberal form. Earlier this year, his former education minister, Michael Gove, tried to recast the First World War as an example of liberal values triumphing over Germany’s proto-fascism, and as “proof” of the undoubted righteousness of the sort of militant liberalism that neoconservatives adore. Closer to home, Hillary Clinton—now in the first stages of a barely denied run for the White House—has adapted a similar outlook in the realm of foreign policy. Looking back at the great ideal of America as established by the Founding Fathers through rose-tinted spectacles, she has subtly distanced herself from Barack Obama’s cautious realism abroad and instead used discrete references to the past to justify aggressively exporting liberal values across the globe as often as possible. Given that history has “proved” how great liberalism was in previous battles against tyranny, the argument goes, liberalism will inevitably win out if we pick enough fights and put enough muscle behind it.
But while this new liberal historicism may have a certain rhetorical appeal, it fails to convince. Instead of recognizing the weakness of Fukuyama’s original approach, Siedentop, Fawcett, Cameron, and Clinton have simply dusted down the same old historical determinism, just without the economics. It isn’t any more convincing than when Fukuyama tried it.
It was the great liberal philosopher Karl Popper who first exposed the weaknesses of historicism as a mode of political justification in his devastating critique of Marxist and fascist determinism. It is ironic that his arguments now apply to the liberalism he sought to defend. Following Popper’s argument, it’s easy to see at least two fundamental logical problems with the historicist approach to liberalism. First is the claim that anyone in the past who expressed any degree of egalitarianism or concern for individual conscience is a liberal. The idea that there is a straight line of human progress that leads from Saint Paul through Luther, the Philosophes, and Lloyd George to Jack Kennedy is patently absurd: They all had different definitions of freedom and what it ought to accomplish. Second, the idea that there is a “historical law” guiding the development of societies is fanciful. Even if there were some weird sort of pattern which suggested that “liberal” ideas did indeed “win out” in the past, it wouldn’t be anything more than a mere curiosity. It wouldn’t prove anything about liberalism in itself, nor would it say anything about the future. It would just tell us what happened before. To read meaning or predictive power into any pattern in the past is, in fact, about as intellectually respectable as reading tea leaves.
As the weaknesses of the new liberal historicists’ arguments show, liberalism is struggling to recover from its post-Fukuyama malaise because its defenders are just being too lazy. Siedentop, Fawcett, Cameron, and Clinton seem to assume that everyone with an ounce of sanity must be a liberal, and that there is hence no need to defend liberalism against its shortcomings. But no amount of retrospective back-patting will convince those who simply don’t think the same way. It’s no wonder, given their intellectual arrogance, that so many liberals are surprised when large parts of the world rejects them—or that people spurn their wise counsel when markets collapse and life savings are threatened by the accidents of free-market capitalism.
If liberalism is to survive and flourish, it has to be rescued from Fukuyama’s grasp and from the perils of historical determinism. It has to be defined and defended all over again. This of course raises the question of what liberalism actually is—and it’s notable that so many liberals skip this step in debate as though it was unimportant. In a recent issue of Foreign Policy dedicated exclusively to reevaluating Fukuyama’s legacy, the unresolved problem of “the liberal identity” was conspicuous by its absence. Article after article foundered in their attempts to defend liberal alternatives to populism or socialism precisely because they offered no satisfactory post-Fukuyama understanding of liberalism. But it is impossible to defend liberalism against its critics without making it clear precisely what it stands for. Skeptics can hardly be won over if liberals can’t tell them what they are being won over to or how it differs from the uninspiring mess created by Fukuyama and his continuators.
Surrounded by the confused, jargon-ridden babble of political commentators today, it is perhaps easy to forget that liberalism is defined by a commitment to liberty. At root, liberty is a concept grounded in the individual. It is the freedom to be all that one is, to actualize the fullness of one’s potential as a human being endowed with the capacity for creativity and the ability to make autonomous value judgments for ourselves.
But it is impossible to defend liberalism without making clear what it stands for.
It is, of course, true that liberty can be read many ways. As Isaiah Berlin observed, there is positive liberty, the freedom to do something; and there is negative liberty, the freedom from something; and depending on circumstances, one or the other can appear to be of greater importance. But while this distinction has tended to dominate debates in political philosophy since the Second World War, it is perhaps more useful to think back to the writings of Voltaire and the earliest Encyclopédistes and to remind ourselves that liberty in its purest form—both positive and negative—can be thought of as the realization of man’s inherent dignity as a human being.
This is more than just a matter of high-flown words. The concept of human dignity has two important implications, both of which were recognized by Cicero as far back as the first century B.C. but seem to have been forgotten today. The first is that we all share the same degree of dignity: No one has any less potential than any other, and no one’s humanity is any less pronounced than anyone else’s. The second is that our humanity imposes upon us the same basic needs. By virtue of our nature, we all require food, shelter, clothing, security, and a range of other basic goods necessary for sufficiency and survival. Though deceptively simple, these implications have profound meaning when we consider how individual liberty is to be translated into a social and political construct. If the liberty of each person is to be maintained and maximized, the principles of equity and the common good must be embedded in the structure of society. And since society is structured above all by law, the law must reflect these precepts. To have liberty is hence to live according to laws grounded on equity and the common good; and where law deviates to even the smallest degree from either, it necessarily becomes the instrument of private or factional interests, and liberty is lost.
Such liberty is, however, dependent upon the morality of the citizenry, especially those in office. While law may structure society, it is only the will of governors and people that gives it its character and force. It is only if everyone recognizes the dignity of the human person that they will recognize the inherent value of equity and the common good, and strive to defend and preserve not only their own liberty, but also that of all others in their society using law. As soon as the commitment to human dignity breaks down, society becomes a jungle in which it is everyone for himself; self-interest dominates, law becomes partial, and tyranny supplants liberty.
In short, a liberal politics must be a moral politics. Liberalism will not work if too much emphasis is placed on total human autonomy at the expense of all others, nor if it is obsessed with materialism and consumerism. In contrast to the Fukuyama model of yoking liberal values to economic self-interest—a combination that, when given free rein, has often damaged society at large in recent years—a model that emphasizes human dignity allows for a more positive, relevant kind of politics that constantly struggles to assert itself. Instead of encouraging us to rest easy in the assurance that liberalism will certainly triumph, a conception of liberty based on human dignity recognizes that there is nothing inevitable about its success. While each of us may wish to be free as an individual, it shows that individual freedom is dependent on us all being free; and that means that we all have to cling to our shared humanity, our shared dignity.
If liberalism has a future, therefore, it lies not in Fukuyama’s shattered determinism or the more recent liberal historicism of Siedentop, Fawcett, and Clinton, but in each of us. It lies not in economics, or the tides of history. It lies in the recognition of the worthiness of humanity itself.


domingo, 7 de septiembre de 2014

Henry Kissinger on the Assembly of a New World Order



           Henry Kissinger

Libya is in civil war, fundamentalist armies are building a self-declared caliphate across Syria and Iraq and Afghanistan's young democracy is on the verge of paralysis. To these troubles are added a resurgence of tensions with Russia and a relationship with China divided between pledges of cooperation and public recrimination. The concept of order that has underpinned the modern era is in crisis.
The search for world order has long been defined almost exclusively by the concepts of Western societies. In the decades following World War II, the U.S.—strengthened in its economy and national confidence—began to take up the torch of international leadership and added a new dimension. A nation founded explicitly on an idea of free and representative governance, the U.S. identified its own rise with the spread of liberty and democracy and credited these forces with an ability to achieve just and lasting peace. The traditional European approach to order had viewed peoples and states as inherently competitive; to constrain the effects of their clashing ambitions, it relied on a balance of power and a concert of enlightened statesmen. The prevalent American view considered people inherently reasonable and inclined toward peaceful compromise and common sense; the spread of democracy was therefore the overarching goal for international order. Free markets would uplift individuals, enrich societies and substitute economic interdependence for traditional international rivalries.
The years from perhaps 1948 to the turn of the century marked a brief moment in human history when one could speak of an incipient global world order composed of an amalgam of American idealism and traditional European concepts of statehood and balance of power. But vast regions of the world have never shared and only acquiesced in the Western concept of order. These reservations are now becoming explicit, for example, in the Ukraine crisis and the South China Sea. The order established and proclaimed by the West stands at a turning point.This effort to establish world order has in many ways come to fruition. A plethora of independent sovereign states govern most of the world's territory. The spread of democracy and participatory governance has become a shared aspiration if not a universal reality; global communications and financial networks operate in real time.
The challenge in Asia is the opposite of Europe's: Balance-of-power principles prevail unrelated to an agreed concept of legitimacy, driving some disagreements to the edge of confrontation.First, the nature of the state itself—the basic formal unit of international life—has been subjected to a multitude of pressures. Europe has set out to transcend the state and craft a foreign policy based primarily on the principles of soft power. But it is doubtful that claims to legitimacy separated from a concept of strategy can sustain a world order. And Europe has not yet given itself attributes of statehood, tempting a vacuum of authority internally and an imbalance of power along its borders. At the same time, parts of the Middle East have dissolved into sectarian and ethnic components in conflict with each other; religious militias and the powers backing them violate borders and sovereignty at will, producing the phenomenon of failed states not controlling their own territory.
The clash between the international economy and the political institutions that ostensibly govern it also weakens the sense of common purpose necessary for world order. The economic system has become global, while the political structure of the world remains based on the nation-state. Economic globalization, in its essence, ignores national frontiers. Foreign policy affirms them, even as it seeks to reconcile conflicting national aims or ideals of world order.
This dynamic has produced decades of sustained economic growth punctuated by periodic financial crises of seemingly escalating intensity: in Latin America in the 1980s; in Asia in 1997; in Russia in 1998; in the U.S. in 2001 and again starting in 2007; in Europe after 2010. The winners have few reservations about the system. But the losers—such as those stuck in structural misdesigns, as has been the case with the European Union's southern tier—seek their remedies by solutions that negate, or at least obstruct, the functioning of the global economic system.
The international order thus faces a paradox: Its prosperity is dependent on the success of globalization, but the process produces a political reaction that often works counter to its aspirations.
The penalty for failing will be not so much a major war between states (though in some regions this remains possible) as an evolution into spheres of influence identified with particular domestic structures and forms of governance. At its edges, each sphere would be tempted to test its strength against other entities deemed illegitimate. A struggle between regions could be even more debilitating than the struggle between nations has been.A third failing of the current world order, such as it exists, is the absence of an effective mechanism for the great powers to consult and possibly cooperate on the most consequential issues. This may seem an odd criticism in light of the many multilateral forums that exist—more by far than at any other time in history. Yet the nature and frequency of these meetings work against the elaboration of long-range strategy. This process permits little beyond, at best, a discussion of pending tactical issues and, at worst, a new form of summitry as "social media" event. A contemporary structure of international rules and norms, if it is to prove relevant, cannot merely be affirmed by joint declarations; it must be fostered as a matter of common conviction.
The contemporary quest for world order will require a coherent strategy to establish a concept of order within the various regions and to relate these regional orders to one another. These goals are not necessarily self-reconciling: The triumph of a radical movement might bring order to one region while setting the stage for turmoil in and with all others. The domination of a region by one country militarily, even if it brings the appearance of order, could produce a crisis for the rest of the world.
A world order of states affirming individual dignity and participatory governance, and cooperating internationally in accordance with agreed-upon rules, can be our hope and should be our inspiration. But progress toward it will need to be sustained through a series of intermediary stages.
To play a responsible role in the evolution of a 21st-century world order, the U.S. must be prepared to answer a number of questions for itself: What do we seek to prevent, no matter how it happens, and if necessary alone? What do we seek to achieve, even if not supported by any multilateral effort? What do we seek to achieve, or prevent,only if supported by an alliance? What should we not engage in, even if urged on by a multilateral group or an alliance? What is the nature of the values that we seek to advance? And how much does the application of these values depend on circumstance?
For the U.S., this will require thinking on two seemingly contradictory levels. The celebration of universal principles needs to be paired with recognition of the reality of other regions' histories, cultures and views of their security. Even as the lessons of challenging decades are examined, the affirmation of America's exceptional nature must be sustained. History offers no respite to countries that set aside their sense of identity in favor of a seemingly less arduous course. But nor does it assure success for the most elevated convictions in the absence of a comprehensive geopolitical strategy.
— Dr. Kissinger served as national security adviser and secretary of state under Presidents Nixon and Ford. Adapted from his book "World Order," to be published Sept. 9 by the Penguin Press.