lunes, 27 de julio de 2015

                                AL CIELO NO VAN LOS POLITICOS

                             






Los políticos lo saben, ésa es su cruz. Ellos no van al Paraíso, no tienen reservado el cielo. Los exitosos que en el mundo han sido, los que han alcanzado grandes logros imperfectos para sus naciones, en alguna de las pailas del infierno están.
Allí los veo per sécula seculorum y en cordial conversa: Roosevelt, Churchill, De Gaulle, Betancourt, Mitterand, Mandela y hasta a Caldera, por solo ceñirme al siglo XX.
Por supuesto, aludo a los que han tenido la política como profesión, vocación y pasión, los entregados en cuerpo y alma a esa actividad. Los que se han formado para ejercerla y han asumido riesgos, que han acertado y se han equivocado también, los derrotados y los triunfantes. En este grupo no corren los que sólo tienen como credenciales las buenas intenciones -“les bonnes âmes”, que llaman irónicamente los franceses-, los que se pierden en los vericuetos de la política desde una visión naif y no comprenden la necesidad de dialogar, negociar, retroceder, avanzar, acordar y ceder frente al adversario, así sea con un pañuelo en la nariz, cuando las circunstancias lo imponen.

Conocido es que Niccolo Machiavelli, en su lecho de muerte, tuvo un sueño que habría relatado a sus amigos.

Il machia”, que así lo llamaban sus compañeros de farras, en el famoso sueño vio pasar un grupo de personas tristes, andrajosas y con rostros de haber sufrido mucho, y les preguntó adónde iban,  y éstos contestaron que eran santos y beatos de camino al cielo.  Después observó a otro grupo de señores bien vestidos, elegantes, en conversa animada sobre temas políticos trascendentes, entre los que pudo reconocer a filósofos, a Platón y a Plutarco, y les inquirió también hacia dónde se dirigían, y la respuesta fue que ellos eran los condenados a las hogueras eternas del infierno.
Resulta obvio a cuál de los dos grupos Machiavelli preferiría después de muerto.
Cierta o no esta anécdota, de ella se podría deducir que, según “il machia”, el paraíso no podría resultar atractivo para un político que se precie. Le resultaría más interesante estar en el Averno, pues se podrá encontrar con los grandes hombres que idearon y construyeron repúblicas con sus ideas, escritos y obras. En una de sus pailas, con seguridad, la pasaran mejor que en un aburrido cielo.

Viene a cuento esta evocación, al momento de reflexionar acerca de nuestra situación política particular y cómo ven a los políticos ciertos sectores del país. Sobre todo, cuando veo los nefastos efectos de la antipolítica en acción, la misma que llevó al poder a la barbarie que hoy destruye al país.

Aunque vivimos una situación que precisa de la incorporación del mayor número de personas, el papel del profesional de la política es central en todo esto. Es a él a quien debemos confiar la tarea, no a improvisados, “incontaminados” o a supuestos cuatriboleados de ocasión que en lugar de hacernos avanzar en la lucha por recuperar la democracia, nos retroceden.
Si no se comprende que la del político es una profesión que exige no sólo voluntad, vocación y entrega, sino también preparación técnica y experiencia, y que, por tanto, a él debe encomendarse los asuntos de la polis, del gobierno; si seguimos pensando que bastan las agallas o los buenos deseos para conducir una lucha política o administrar un gobierno, el resultado, en el caso nuestro como en cualquiera otro, será el fracaso. 

La alergia que se tiene a los políticos, atizada por muchos que se asoman a la política a partir de concepciones pacatas, moralistas, románticas o seudoreligiosas, es la causa directa de ingentes errores de apreciación, de los que los venezolanos tenemos pruebas bien amargas.
Para Machiavelli, irreverente, de fino humor, maestro de la ironía y transgresor de las normas de la moral cristiana de su época, el cielo sería muy aburrido con tanto personaje sombrío y triste. 
Para él, un político que no sólo reflexionó y escribió, sino que también tuvo una experiencia práctica, la vida en el infierno sería más atractiva.
Que el cielo quede para los bien intencionados, los moralistas, los inflexibles, los principistas, los del “todo o nada”, los que ven las cosas en blanco o negro y sin grises; los maniqueos, los impacientes, los supuestamente puros.
Para los otros, los que realmente concretan los cambios políticos y sociales porque ésa es su especialidad, los que se atreven a equivocarse, les queda la recompensa de no aburrirse en la otra vida, si es que existe un más allá.

 
Emilio Nouel V.

@ENouelV

martes, 21 de julio de 2015

                                    MERCOSUR SIN BRÚJULA 


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Sumergida en unas de las peores crisis políticas,  con 8% de popularidad en las encuestas, una economía en recesión y grandes escándalos de corrupción que apuntan a su gobierno, a los dirigentes de su partido y a ella, la señora Dilma Rousseff recibió en Brasilia a los presidentes de un Mercosur marchito, encogido, decadente, sin ideas claras.
Las cifras lo dicen, en 2014 las exportaciones del bloque cayeron de nuevo. Según un informe de Marcelo Elizondo, descendieron un 9,6% a todos los destinos y 13,1% al interior de Mercosur. Brasil no ha aportado lo que le corresponde a los fondos estructurales (120 millones de dólares) de ayuda. Se mantienen trabas para-arancelarias injustificadas entre los países miembros.
La Cumbre que, según se oía, tenía como tema tomar medidas para sacar de su parálisis al bloque comercial y abrirlo al mundo, se agotó en la retórica de siempre, sin decisiones concretas. Lo único nuevo la aprobación del ingreso de Bolivia como socio de pleno derecho, que aun deberá pasar por las horcas caudinas de algunos parlamentos de los países miembros.
Varios gobernantes, entre ellos, la misma Rousseff, se habían mostrado previamente partidarios de sacudirse la inercia en la que se consume el bloque, acelerando la negociación con Europa, la cual ya va para más de tres lustros, sin que hasta ahora se haya acordado nada.
Paraguayos y uruguayos piden un mercado común de verdad, sin trabas entre los socios. Para  ellos, no puede seguir siendo “una cáscara política sin contenido real”.  Astori, ministro de Economía uruguayo dice: "Estamos pasando por un mal momento”.
Sin embargo, los que pedían nuevas orientaciones, se quedaron con “los crespos hechos” porque no hubo decisión al respecto.
Como se sabe, el proceso integrador arrastra años de estancamiento, marcado por una visión más política que económica. Hay enfoques encontrados entre sus miembros. El proteccionismo redivivo genera problemas a su interior y de cara a terceros países.
La ideología ha jugado un papel relevante, que tomó vuelo gracias al boom de los commodities. Finalizado este auge, estos países vuelven a la realidad, particularmente, Brasil, Argentina y Venezuela.
En la reunión de la semana pasada, la señora Kirchner de nuevo insistió en que lo político es lo fundamental. Llamó, igualmente, la atención el discurso de Rousseff acerca de las amenazas a la democracia en la región, y no se refería con ello a Venezuela, sino al impeachment que pende sobre su cabeza.   
Así, ninguna medida concreta sobre el tema de la apertura de Mercosur se adoptó. Los fuegos artificiales de siempre. El Comunicado final de los Estados partes (http://www.mercosur.int/innovaportal/file/6914/1/comunicado_conjunto_ep_y_ea_16-7_1815hs_rev_1_final_1.pdf ) volvió a reiterar materias ya tratadas con anterioridad.  Lluvia sobre mojado.
El Mercosur que se muestra hoy al mundo es uno sin brújula, sin norte. Está al margen de las meganegociaciones económicas actuales. Algunos en el seno del bloque se han dado cuenta de que de seguir así podrían perder oportunidades irrecuperables, y han amagado con tomar medidas por su propia cuenta.
En este cuadro general, el gobierno de Venezuela, ya lo hemos dicho, es un cero a la izquierda; no cuenta para nada.  Se desconoce si tiene algo que decir sobre el curso que sigue Mercosur, aparte de la mojiganga antiimperialista. Y cualquiera que no lo conozca,  podría preguntarse si realmente tiene la preparación técnica y la experiencia para comprender lo que allí sucede y hacer propuestas de solución.
Habrá que esperar cómo se resuelve, por un lado, la grave crisis brasileña, y por otro, lo electoral en Argentina, para saber si ese bloque tiene aún posibilidades de supervivencia futura. No le arriendo la ganancia.
Mientras tanto, la nave mercosuriana irá a la deriva, sin norte, sin brújula.
¿Qué harán los uruguayos y paraguayos? ¿Seguirán siendo convidados de piedra o lograrán que tomen en cuenta sus quejas reiteradas? ¿se irán con su música a otra parte? ¿Se flexibilizará Mercosur? ¿la ideología se impondrá al pragmatismo?

EMILIO NOUEL V.
emilio.nouel@gmail.com

@ENouelV

 

miércoles, 15 de julio de 2015

                                   LA SUPRANACIONALIDAD EUROPEA Y GRECIA

            
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Emilio Nouel V.
La supranacionalidad económico-financiera se impuso en Europa. Que no quepa duda alguna, el que quiera pertenecer a este club selecto deberá someterse a sus exigencias, a su disciplina, si no, que lie sus bártulos y a otro perro con ese hueso.
Si necesitas que tus socios te socorran en los momentos peliagudos, tendrás que aceptar negociar sus condiciones. No podrás pretender que te auxilien financieramente de manera indefinida si no te comprometes a administrar de forma correcta los fondos otorgados y a hacer lo que toque para repagarlo.
Cuando reiteradamente no has tenido una conducta económica idónea y engañaste a tus socios mostrando cifras amañadas, como Grecia, esperar que se tenga confianza en ti implicará un mayor esfuerzo para garantizar que aquel proceder no volverá a tener lugar.  
El éxito de la Unión Europea (UE) en sus 64 años de existencia ha consistido en eso. Respeto de las reglas comunes establecidas y ajuste a un régimen que va en beneficio de todos sus miembros.
No es sólo una comunidad económica, es también de Derecho y se levanta sobre un conjunto de principios, que de no respetarse, el edificio construido laboriosamente durante décadas, se podría venir abajo. La solidaridad no significa olvidar la responsabilidad en el manejo de los asuntos económicos. Ambos principios son allí importantes.
Cuando se crearon las instituciones que la gobiernan les fueron conferidas competencias por encima de los Estados. La redistribución de atribuciones entre éstos y los órganos comunitarios que traía consigo una cesión progresiva de soberanía en las distintas materias, ha sido la clave del exitoso funcionamiento del bloque y del logro de la paz.
Allí se inventó el concepto de soberanía por allá en los siglos XV y XVI, pero también se ha dado paso a otra noción: la supranacionalidad. Desconocer las ventajas de ésta para los europeos es no calibrar adecuadamente lo beneficiosa que ha sido para los ciudadanos.
El recorrido del concepto en acción no ha dejado de tener sus accidentes y oposiciones, y aún hoy vemos grupos políticos anacrónicos y ultranacionalistas que lo contestan. Podemos en España, Syriza en Grecia, el Frente Nacional en Francia o  el UKIP en el Reino Unido son grupos que no comprenden la interdependencia global y la necesidad de la cooperación y la integración para enfrentar los problemas de todos.    
La supranacionalidad se ha instaurado sobre la base de la vieja idea de construir una federación europea, son Los Estados Unidos de Europa de Victor Hugo. Pero también ella ha tenido una importancia práctica, concretada mediante la coordinación de políticas y la uniformidad de las legislaciones, instrumentos imprescindibles para avanzar hacia la unión económica y monetaria, y quizás algún día la política.
El complejo caso griego debe ser abordado desde este cuadro institucional.
Los que gobiernan Grecia no creen en la supranacionalidad, se oponen a ella, llaman antidemocrática la burocracia comunitaria que vela por los intereses del conjunto integrado. Sin embargo, han pretendido que sus socios europeos los rescaten, los financien, que los saquen del hoyo en que  se metieron ellos mismos, sin condiciones y bajo términos muy laxos. No les gusta la supranacionalidad pero esperan de ella todo.
Luego de arduas negociaciones al borde del precipicio se alcanzó un acuerdo  más riguroso que el que hace unas semanas pudo haberse firmado.
Después de un referéndum en nada democrático, tramposo, cuyo objetivo era el de presionar a los socios para que accedieran a las peticiones del gobierno griego y de los coqueteos con Putin, la Europa comunitaria endureció su postura y no cedió al chantaje de Tsipras y su partido.
El gobierno griego debió someterse. Privatizaciones, racionalización de las pensiones, incremento de tributos, sin quita de deuda. Un duro pero necesario paquete de ajuste, que quizás no hubiera sido tan rígido, si desde el principio, Tsipras, más responsablemente frente al drama de un pueblo agobiado, juega un juego realista, no cegado por la ideología y sus intereses políticos.  
La UE es una construcción perfectible, no es una utopía, y sus logros concretos lo demuestran, no está a la vuelta de la esquina un Estado federal deseable. La crisis financiera que arrancó en 2008, generada fuera de ella, es en gran parte la causa de sus problemas y de la consecuente desafección hacia ella.
Lamentablemente, pareciera que los jóvenes de hoy no conocieran los sacrificios que hicieron sus mayores para llegar a la sociedad del bienestar de que gozan. Siento que no la valoran lo suficiente, de allí que sean presa fácil de los discursos nacional-populistas de los radicales de todo pelaje, como Syriza o Podemos, que no han comprendido la trascendencia de los frutos alcanzados.

 EMILIO NOUEL V.

@ENouelV

Lo que Europa perdió en Atenas

Ignacio Molina. 13/7/2015

Muchos de los griegos que hace una semana votaron No en el referéndum, conscientes de que la permanencia de su país en el euro quedaba muy comprometida, se consolaban diciendo que al fin y al cabo no era posible ir a peor. Y que otra cesión en forma de nuevos ajustes les resultaría insoportable para su bienestar y dignidad. Es una actitud comprensible que, sin embargo, no responde a la realidad. Pese al sufrimiento padecido durante cinco años de austeridad económica y de creciente impotencia política, todavía pueden empeorar mucho su situación en todos los terrenos si finalmente han de volver al dracma; y más aún, si eso supone también dejar la Unión.
Una justificación similar, aunque desde un punto de partida obviamente opuesto, se escucha estos días entre aquellos muchos que en el resto de la eurozona han llegado a la conclusión de que Grecia no debe continuar. Aducen que, después de haber forzado mucho la interpretación del Tratado articulando dos rescates y otras varias actuaciones para aliviar su situación (como la quita de deuda privada o las diversas ayudas de emergencia por el BCE), aquel país parece no tener remedio. Y que las consecuencias de un Grexit son ya menos malas para el resto de la UE que las que resultan de llegar ahora al enésimo compromiso después de tantos engaños, acreditada falta de voluntad para regenerar aquel Estado y aparente incapacidad de tener una economía sostenible.
También parece una actitud comprensible. No obstante, pasa lo mismo que con la sufrida contraparte griega que se ha hartado de seguir negociando. Simplemente no es cierto. Las consecuencias económicas y, sobre todo, políticas de forzar un abandono de Grecia serían mucho peores que un nuevo intento de resolver el problema. Atrapados por el corto plazo de la frustración que supone no llegar a acuerdos creíbles y con la vista puesta simultáneamente en las cada vez más impacientes opiniones públicas de ciertos países acreedores, a algunos de sus líderes políticos les cuesta trabajo tomar perspectiva y ser conscientes del desastre histórico que amenaza hoy al proyecto europeo.
Merece la pena recordar aquí un discurso memorable, realizado en Berlín en 2011, por el entonces ministro de asuntos exteriores de Polonia y antiguo periodista, Radek Sikorski. Arrancó aquella intervención contando que veinte años atrás, haciendo de reportero en los Balcanes previos a la guerra y mientras entrevistaba a un banquero, éste recibió una llamada de teléfono que le comunicaba que Serbia había decidido unilateralmente imprimir moneda propia al margen del dinar común. Tras colgar, el entrevistado dijo con enorme preocupación: “este es el fin de Yugoslavia”. Y no se equivocó. Aquella federación se disolvió pronto y de forma traumática. Porque, como recordaba el ministro polaco a su homólogo alemán hace ahora cuatro años (en el momento de mayor inflexibilidad intelectual y política sobre la forma de gestionar la crisis), el destino de Yugoslavia nos recuerda que el dinero, además de un medio de pago, una unidad de cuenta y un depósito de valor, simboliza la unión; o la desunión. La confianza o la desconfianza. En realidad, el dinero es un simple papel al que le otorgamos enorme valor sólo porque confiamos en que una comunidad política lo respalda.
Por supuesto, incluso si el resultado final de esta crisis supone el regreso del dracma, no estamos ante una perspectiva tan dramática como la que se vivió en Yugoslavia pero sí se habrá roto la confianza y, como se dirá enseguida, esa será una fractura difícilmente reparable en esa comunidad política tan delicada y casi naciente a la que llamamos Unión Europea. Los halcones que predican el Grexit conceden que será sin duda doloroso para los griegos pero que, en definitiva, ellos se lo han buscado con sus incumplimientos de años, culminados recientemente con esa agresividad desafiante que tan intolerable les resulta. Es en parte cierto. Nadie niega, salvo algunos economistas de prestigio que frivolizan desde el otro lado del Atlántico sobre el futuro de los griegos, que el golpe de una salida sería durísimo para ellos. Pero el error consiste en no valorar el enorme daño que ese desenlace también causaría al otro lado.
La integración europea es un milagroso ejercicio de confianza. No dispone de fuerzas coercitivas y su autoridad se basa en la predisposición voluntaria asumida por un grupo de Estados especialmente orgullosos (algunos de ellos, los más antiguos del mundo y con un insuperable historial de guerras mutuas) de cumplir los tratados y las demás decisiones que van acordando bajo la frágil vigilancia de unos miles de burócratas en Bruselas o Fráncfort y de un puñado de jueces en Luxemburgo. Se trata de tener confianza entre los socios pero también de generarla en los ciudadanos, en las empresas que deciden invertir o comerciar o en el resto del mundo que confía que el proyecto es creíble, que su moneda es irreversible.
Hay quien dice que la confianza económica no está en peligro con la salida de Grecia porque se han creado suficientes cortafuegos para los demás y porque sería más bien la permanencia del socio díscolo la que pone en peligro la credibilidad. Y es posible que si Atenas se empeña en incumplir sistemáticamente y sin motivo los acuerdos y las normas llega un punto en el que, en efecto, resulta tristemente preferible aplicar una mutilación. Pero tendríamos que estar muy seguros de que ese umbral se ha cruzado en un país que sigue siendo mayoritariamente partidario de seguir en el euro, que ha sufrido los errores de cálculo que tanto abundaron entre 2010 y 2012 y que, pese a todo, ha acometido reformas muy duras.
Y tendríamos que estarlo porque, llegados a ese punto de no retorno, se alegrarán los eurófobos en la misma medida que se decepcionarán muchos europeístas que seguramente dejarán de serlo al comprobar que los ideales éticos de la integración no han resistido el primer embate serio. Resultaría triste, como advierte Miguel Otero-Iglesias, que enfrentados a un temporal sólo hubiéramos acertado, con razón o sin ella, a tirar por la borda al miembro más débil y problemático del proyecto ¿Y qué pensará el resto del mundo de nosotros? Seguramente algo parecido a lo que opinaríamos nosotros si, por ejemplo, el norte de Italia hubiera decidido –algunos años después de inventarse el Risorgimento e incorporar al Sur en una nueva comunidad política- que su proyecto político exigía expulsar al Mezzogiorno por no estar a la altura de los demás. Un pecado así resulta inaceptable, imperdonable.
Por eso, en este momento decisivo al que nos enfrentamos, es de esperar que sus gobernantes en uno y otro lado de la mesa negociadora tengan la magnanimidad y la altura de miras que ya tuvo Europa en los años cincuenta cuando concibió una alianza de intereses mercantiles y políticos fundada en valores. En unos ideales éticos que estaban por encima de la conveniencia económica concreta. Entonces fue el deseo de dar una nueva oportunidad a Alemania como socio igual, a pesar de que en los setenta años que fueron de 1870 a 1939 sus ejércitos habían invadido por tres veces a sus vecinos. Una oportunidad basada en la confianza de que esta vez el incumplidor de la paz no volvería a las andadas. Y correspondida por el compromiso adquirido por éste de construir una credibilidad en ese sentido. De igual modo, por el bien de todos, Grecia merece hoy una nueva oportunidad y por supuesto empezar a ganársela a partir de mañana.
Ignacio Molina
Investigador principal, Real Instituto Elcano | @_ignaciomolina

BRICS: forging ahead despite bumpy economic prospects

Alicia Garcia Herrero & Carlos Casanova. Expert Comment 45/2015 - 14/7/2015

 
The BRICS have just held their annual summit in Ufa, Russia, amid looming concerns of financial turmoil in China, Europe and beyond. While not much has come out of the meeting, the differences between its members have been evident, signalling a shift in the bloc’s future dynamics.
On a happier note, the BRICS remain highly relevant. They still account for 42% of the world’s population and 26% of its surface. Furthermore, their share of global GDP has continued to increase, although at a very gradual rate, and now accounts for 22% of global GDP (according to IMF WEO figures see Figure 1). While this is encouraging, the increase has primarily been due to the steep growth rates in China –since the share of the BRICS’ GDP excluding China has actually fallen–, which, in any case, are a far cry from what the BRICS could have otherwise delivered.
Figure 1: BRICS share of global GDP has been 
increasing gradually led by steep growth rates in China
Why haven’t the BRICS delivered?
As well as a global financial crisis of unprecedented depth and length, the BRICS have started to face mounting domestic pressures. Brazil is struggling with a recession, while Russia is grappling with crippling sanctions. South Africa lags behind in terms of basic infrastructure (power cuts are a major constraint on growth) while China is struggling to portray itself as a consumer-led market economy. According to Chen Yun’s ‘bird-cage’ theory of the post-Great Leap economic recovery, whereby the bird represents the free market and the cage represents a central plan, served as the basis for Deng’s ‘opening and reform’ agenda. Someone should coin the term ‘prison-break’ to describe the economic reform process under Xi Jingping. Perhaps the most conspicuous sliver of hope comes from India. It is now growing at a faster rate than China, although from a much lower base. Furthermore, most high-frequency domestic activity indicators such as credit growth, IP, freight traffic and vehicle sales, remain subdued while first quarter corporate earnings have been disappointing.
Another important topic is the fact that the BRICS’ growth prospects have been affected by the slowdown of China’s economy. It should not be forgotten that China is already a leading, if not the main, trade partner of the BRICS. During the good times, China’s thirst for commodities helped to fuel a commodity supercycle which favoured the BRICS’ exports. Global commodities prices have slumped this year, partly as a reflection of slowing economic growth in China, the world’s largest consumer of metals, oil and grains. For the less forward-looking BRICS, adapting to a ‘new normality’ of lower commodity prices –Brazil springs to mind–, it will not be easy as they have not built up fiscal and external buffers to cope with poorer trade terms.
The BRICS move towards a new world order
The differences between BRICS have never been more apparent. In addition to being at different stages of economic development, they have also become increasingly fragmented politically. Brazil, India and South Africa are emerging democracies that promote the rule of law and western-style governance structures, while China and Russia are autocratic. But the divisions do not stop there. While all countries have vested interests in maintaining good relations with Russia, China has become increasingly contentious. A good example of this is its decision to abstain (but not veto) the UN Security Council’s vote on the Ukraine.
When it comes to challenging the existing world order, the BRICS have advanced considerably as a bloc. Not content with the ‘Atlanticism’ of the Bretton Woods institutions, the BRICS have implemented a number of institutions that serve as a counterbalance but are intended promote more closely the emerging world’s common development goals. The most obvious example is the Shanghai Cooperation Organisation (SCO), established in 1996 to prevent conflicts that would enable the US or NATO to intervene in areas bordering Russia and China. India and Pakistan are now considering joining the SCO and, while this was not confirmed at the BRICS summit, the meetings did pave the way for this to take place in six months’ time as China seeks to play a bigger role as a peace-keeper in the region.
Similarly, the BRICS’ New Development Bank (NDB), established last year in Brazil but launched right before the BRICS’ Summit in Ufa, will start its first batch of infrastructure projects in April 2016. The NDB, with an initial capital of US$100 billion, was established as an alternative to the IMF, after the BRICS were frustrated by stalled efforts to increase the emerging markets’ representation. Yet again, the differences between China and the other BRICS also became apparent, with Beijing’s (to some extent more successful) launch of the Asian Infrastructure Investment Bank (AIIB) only months after the NDB’s announcement. All the BRICS are also founding members of the AIIB.
Looking forwards: greater cooperation to overcome the obstacles to growth
While initiatives that promote infrastructure investments are a good start, it is unlikely that they will alone be enough to offset the mounting obstacles to growth stemming from weak global demand and China’s economic slowdown. First of all, it remains to be seen whether these initiatives can actually deliver noticeable results. Secondly, in order for investments to yield benefits, they need to be implemented in ways that are cost-effective, transparent and independent of political motivations. Thirdly, even if all pledges were to materialise, in which case the pool of money would be similar to the World Bank, the figures are still small in relation to trade flows. While China is an important trade partner, so are the EU and the US.
Alicia García Herrero
Senior Research Fellow at the Elcano Royal Institute
| @Aligarciaherrer
Carlos Casanova
Economist at BBVA in Hong Kong
| @carcasall

Tres lecciones de esta nueva crisis griega

Federico Steinberg.  15/7/2015

Al final hubo acuerdo. Tras dos Eurogrupos interminables y un Consejo Europeo de 17 horas, se logró evitar la salida de Grecia del euro. Todavía quedan muchos obstáculos. El Parlamento griego tiene que aprobar hoy una larga lista de durísimas medidas sin las que el tercer rescate, de hasta 86.000 millones de euros, no podrá salir adelante. Es la condición que el resto de países del euro ha puesto a Grecia para recuperar la confianza en el Gobierno de Tsipras, que se consideró perdida por la convocatoria unilateral del referéndum hace dos semanas.
Si se supera este escollo, que podría romper la actual coalición de gobierno que lidera Syriza, e incluso forzar un Ejecutivo de unidad nacional que dé paso a nuevas elecciones en otoño, habrá que aprobar el rescate en otros parlamentos de la zona euro. Aquí el mayor obstáculo será Alemania. Seguramente la brutal dureza de las exigencias que Alemania y otros países acreedores mostraron en la negociación respondió, precisamente, a poder presentar a sus electorados a una Grecia rendida y humillada, que, no obstante, seguirá recibiendo ingentes cantidades de dinero de sus socios europeos.
Pero, además, como la negociación de los detalles del rescate durará al menos dos semanas, será necesario establecer una financiación puente para que Grecia pueda hacer frente a los 3.500 millones que tiene que abonar al BCE el 20 de julio, y sin los cuales el Banco Central se vería obligado a dejar caer al sistema bancario griego (en todo caso, aunque los bancos puedan volver a abrir, los controles de capital tendrán que mantenerse meses).
Por último, si todo sale según lo previsto, lo que se habrá conseguido será patear la pelota hacia adelante una vez más: en breve volverán las tensiones sobre la implementación de las reformas, la intensidad de los recortes y su impacto sobre el crecimiento, la magnitud de la (inevitable) reestructuración de la deuda o los vuelcos en el electorado griego, que verá como su voto en el referéndum no habrá servido para cambiar las políticas del Gobierno.
En todo caso, como nos hemos acercado más cerca que nunca al abismo del Grexit y parece que por el momento hemos conseguido evitarlo (e, incluso, se abre una ventana de oportunidad para que Grecia avance de verdad en la modernización de su economía), no está de más tomar un poco de perspectiva y ver qué hemos aprendido los europeos de este lamentable proceso.
El euro es más fuerte de lo que parece y, sobre todo, de lo que piensan los anglosajones. La mayoría de la prensa anglosajona, y en especial algunos de sus comentaristas más incisivos, se ha dedicado durante esta última semana a explicar por qué el Grexit era inevitable. Combinaba una seductora lógica económica (que era esencialmente correcta) con un cierto (e irresponsable) deleite por ver caer un proyecto en el que nunca creyeron. En la Europa continental, sin embargo, los análisis eran mucho más comedidos y mostraban una sincera preocupación que iba más allá de la reacción de los mercados. Ya saben lo que ha pasado al final. Conclusión: los anglosajones no entienden el euro, que es un proyecto político (no sólo económico) en el que hay invertido un capital político inestimable y que la mayoría de la ciudadanía sigue apoyando, desde Grecia hasta Finlandia.
Convendría evitar la visualización del choque de legitimidades. Este episodio ha demostrado que el ejercicio de la democracia en esta imperfecta unión monetaria sin una unión fiscal sólo puede llevarse a cabo mediante la reivindicación de la soberanía nacional, cuyo máximo exponente ha sido, por el momento, el referéndum griego. Pero esto nos lleva a un problema insalvable. En la zona euro hay 19 soberanías nacionales, que nunca coincidirán cuando haya dinero en juego y que, además, carecen de sentido porque dentro del euro la soberanía económica ya es compartida. Habría, por tanto, que evitar que se haga explícito el choque entre legitimidades nacionales expresado dentro del euro. No se trata de no preguntar a los electorados nacionales, sino de trabajar por construir una soberanía europea que pueda expresarse de forma democrática a través de instituciones supranacionales. Eso se llama unión política y, en contra de lo que suele decirse, el principal obstáculo para alcanzarla podría estar en las élites de algunos países –que no ven con buenos ojos la cesión de soberanía, ya que prefieren seguir utilizando en su propio interés político lo que queda del viejo nacionalismo– que sus ciudadanos, que en su mayoría están más que dispuestos a ello, sobre todo en países como España.
El BCE está en una posición imposible. Desde que comenzara la crisis, y no sólo en relación a Grecia, el BCE se ha visto obligado a tomar decisiones clave que han salvado el euro pero que van más allá de su mandato y para las que no tiene ninguna legitimidad democrática, lo que le coloca en una posición imposible. Afortunadamente, salvo en algunos episodios del oscuro periodo 2010-2012, ha estado a la altura en los momentos más críticos: su presidente, Mario Draghi, se sacó de la manga el “whatever it takes” en junio de 2012 que salvó a España y a Italia y, durante los últimos meses, ha optado por no cortar la línea de liquidez de emergencia a los bancos griegos cuando las negociaciones parecían rotas. Según el Bundesbank, ambas medidas son erróneas o ilegales, pero se han mantenido.
Además, según ha trascendido, en el Eurogrupo del pasado sábado Mario Draghi fue el único que se enfrentó al todopoderoso ministro de Finanzas alemán, Wolfgang Schäuble, recordándole que el Grexit pondría en peligro tanto la supervivencia del euro como el propio proyecto europeo, recibiendo como respuesta un sonoro “¡no soy estúpido!”. Que una institución técnica como el BCE tenga sobre sus hombros la responsabilidad de salvar periódicamente al euro sin tener un mandato político para hacerlo representa un fallo de diseño garrafal en la zona euro, tal vez el más grave.
Los bancos centrales se inventaron para ser prestamistas de última instancia de los bancos comerciales con problemas de liquidez y, como demuestra la actuación de la Reserva Federal de Estados Unidos, del Banco de Inglaterra o del Banco de Japón durante la crisis financiera, ejercen también como prestamistas de último recurso para los estados ante ataques especulativos. Pero el BCE no puede ejercer estas funciones con normalidad. Es cierto que no podrá hacerlo mientras no se avance en la unión política, porque estaría haciendo política fiscal y no monetaria, pero eso sólo quiere decir que hay que dar pasos urgentes para avanzar hacia la unión política europea.
Federico Steinberg
Investigador principal del Real Instituto Elcano y profesor de la Universidad Autónoma de Madrid
| @Steinbergf

Se ha evitado el "Grexit", pero la UE ha de cambiar

Miguel Otero-Iglesias. 15/7/2015

El juego del gallina entre el coche griego, pilotado por Tsipras, y el alemán, conducido por Merkel, se ha resuelto. Estaba claro que quien convenciese al otro de que estaba dispuesto a lanzarse al precipicio del 'Grexit' iba a ganar la carrera. Por un tiempo, parecía que Tsipras tenía los nervios de acero. Hasta convocó y ganó un referéndum para asustar a Merkel. Pero, al final, los que se asustaron fueron los propios helenos. El copiloto Varoufakis se lanzó del coche en marcha, y a Tsipras no le ha quedado otro remedio que tirar del freno de mano.
Nos guste o no, el juego lo ha ganado Schäuble, copiloto de Merkel. En las últimas semanas, el ministro de Finanzas alemán ha convencido a todo el mundo de que está preparado para el 'Grexit'. Prueba de ello es que el sábado en la negociación del Eurogrupo insistió en que si Grecia no cumplía, tendría que salir del euro cinco años, reestructurar la deuda, reformar y después intentar volver. Su mensaje fue rotundo: «o haces reformas dentro del euro o fuera, pero si no las haces, no te queremos en el club». ¿Qué se puede hacer ante tal determinación? Muy poco. Es por eso que Tsipras ha tenido que claudicar y aceptar prácticamente todas las condiciones de los acreedores.
La realidad es que las opciones de Syriza siempre fueron limitadas. Es muy difícil intentar cambiar las reglas del juego de toda una zona euro de 330 millones de personas desde un país de 11 millones. Si además lo haces dando portazos, diciéndole a tus socios que tú sabes más que ellos, y al ver que no te hacen caso, los insultas, la tarea pasa de hercúlea a imposible. El error de Syriza fue plantear la disputa como una batalla entre la democracia griega y la tecnocracia autoritaria de la UE.
El capital político de Tsipras
En el Eurogrupo y en las cumbres de la zona euro no se sientan tecnócratas, sino los representantes democráticos de todos los países de la unión monetaria. Es decir, finlandeses, eslovacos y estonios (que simpatizan menos con Grecia que los españoles) tienen el mismo poder de voto que los griegos. Y su mensaje ha sido también claro: «nosotros hemos hecho duras reformas para estar en este club, ahora os toca a vosotros».
¿Todo esto es una humillación para Tsipras? No necesariamente. Grecia tiene que realizar reformas. La mayoría de los griegos lo sabe. Tsipras va a perder el ala dura de Syriza, pero todavía le queda mucho capital político. Tanto el pueblo como la oposición están con él. Algo inaudito. Solo un amplio consenso de los griegos puede hacer que las reformas se lleven a cabo.
Y ahora que han visto de cerca el precipicio del 'Grexit' (y todos los políticos les han advertido de sus peligros), la motivación será alta. Eso sí, la UE no puede funcionar así. Los juegos del gallina están prohibidos por algo. Llevan a la muerte. Esta experiencia nos demuestra que necesitamos estructuras democráticas europeas. No puede ser que Merkel decida siempre el futuro de la unión. Ella es la legítima representante de los alemanes, pero no del resto de ciudadanos de la zona euro.
Miguel Otero-Iglesias
Investigador principal de Economía Política Internacional del Real Instituto Elcano
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