miércoles, 1 de julio de 2015

                               LA VENGANZA DEL ALCA

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Desde hace unos cuantos años, cada vez que comentaba con mis alumnos el fallido Tratado de Libre Comercio hemisférico conocido por sus siglas ALCA (Area de Libre Comercio de las Américas), siempre les decía que el día en que EEUU y Brasil dejaran atrás sus desencuentros y se pusieran de acuerdo, aquel reviviría y con mayores bríos, por supuesto, a partir de otras condiciones.
Por lo que estamos viendo en estos días, mi “profecía” parece que no estaba mal encaminada.
El encuentro Obama-Roussef es una evidencia clara de que las cargas comienzan a enderezarse, sobre todo, porque se juntan dos necesidades de naturaleza diversa.
Desde que Lula, Kirchner, Chávez y otros decidieron torpedear las negociaciones que conducirían al establecimiento del ALCA, los países más responsables, ni cortos ni perezosos, firmaron su “alquita” por separado con el “Imperio”.
Chile, Perú, Colombia, CentroAmérica y otros, suscribieron TLCs con EEUU, evitando así que más tarde el “ticket de entrada” al mercado norteamericano no les fuera a salir más caro.
Pues bien, el distanciamiento entre brasileños y norteamericanos comienza a llegar a su fin.
El estancamiento y división en Mercosur, la ralentización de los BRICS y la complicada situación político-económica (contracción económica, moneda devaluada) a lo interno de Brasil, empuja a este último a buscar salidas que lo coloquen mejor en las corrientes comerciales que se van imponiendo en el planeta. Lo ha declarado la Rousseff: Brasil debe integrarse, especialmente, en regiones con mayor dinamismo".
Hacia el Pacífico se inclina EEUU con una iniciativa poderosa, el Acuerdo Transpacífico, a lo que se suma, el del Atlántico, en negociación también con Europa.  Colombia, Chile, México, Perú, Costa Rica y otros andan en la misma onda.
Las alianzas económico-comerciales regionales no pueden desligarse de las que están en marcha en el planeta entero. Dinámicas propias, autónomas, regionales, no tienen cabida, son impensables.
Ante esta tendencia, Brasil no puede quedar al margen, de allí que entenderse con EEUU y abrirse a aquellas dinámicas sea una prioridad en la actualidad, no sólo por su vocación de liderazgo en Suramérica y más allá, sino también por sus necesidades materiales.
Una cosa, a mi juicio, ya se muestra clara. Mercosur, proyecto muy caro para Brasil,  tal y como está ahora, con rebrotes de proteccionismo, cerrado ante aquellos desarrollos en curso,  está condenado a la decadencia definitiva. Hará falta un viraje sustantivo para que salga del letargo. En su cerrazón ideológica, los gobiernos de Argentina y Venezuela no lo permiten, se han vuelto un lastre para sus socios. Uruguay y Paraguay desean la apertura hacia otros caminos.
El ALCA no estaba enterrado, como algunos creyeron. Vuelve por sus fueros. Fue un error paralizar sus negociaciones, las cuales iban bien enrumbadas.
El boom 2003-2013 de las materias primas latinoamericanas llegó a su fin, y según los especialistas, muchos asuntos que debimos asumir con determinación y vigor, no los enfrentamos. No hemos hecho los deberes como debería ser, en materia de reformas en productividad, competitividad, aumento de valor agregado, capital humano, innovación y entorno institucional.  
El fallido ALCA apuntaba a tratar en términos de bloque hemisférico esas materias.
No es tarde aun para retomar ese sendero. Obviamente, otras son las circunstancias y las exigencias.
Quizás Brasil, por su tamaño y significación geopolítica, pueda convertirse en factor clave de retorno a una visión más pragmática de estos asuntos económico-comerciales en América.  
El viaje a EEUU es un síntoma auspicioso.
Resulta lastimoso que Venezuela se haya convertido en estos asuntos, en un cero a la izquierda, en la irrelevancia.   

Emilio Nouel V.   

@ENouelV

emilio.nouel@gmail.com
 

 

miércoles, 24 de junio de 2015

                     SOBERANÍA INMORAL Y DEMODÉE

 
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"No se me puede seguir prohibiendo la entrada a la casa de mi vecino
si éste está matando a sus hijos con un hacha"
                                                                 Joseph Roth

Nunca estará de más recalcar la idea de la legitimidad que tiene todo ciudadano del mundo de pronunciarse libremente sobre la situación de los derechos humanos en cualquier país, sea hombre de a pie o político.
Es un deber moral reivindicar ese derecho inalienable, que, además, está consagrado de manera formal por la normativa internacional, y en consecuencia, garantizado en los Estados miembros de la comunidad mundial.
Por tanto, no tiene fundamento válido alguno condenar a los que desde más allá de las fronteras político-territoriales, impugnan conductas gubernamentales reñidas con los principios democráticos. 
Recientemente visitó nuestro país un grupo de senadores brasileños, alarmados, y con razón, por lo que está sucediendo aquí.
La persecución reiterada por razones políticas y en violación de las más elementales garantías constitucionales, no ha podido ser ocultada más.  Las evidencias golpean las conciencias de la región y el planeta. No sólo los políticos del país vecino, sino también prestigiosos e imparciales entes internacionales gubernamentales y privados han podido constatar el estado deplorable que los DDHH en Venezuela exhibe. El arduo trabajo que desde hace varios años ha realizado la oposición democrática venezolana, haciendo conocer esta gravísima situación, al fin, ha logrado cosechar frutos. Las dudas, el desconocimiento, las incomprensiones y la propaganda gubernamental que minaron esa labor difícil, afortunadamente, han sido disipadas en casi su totalidad. La mentira, como siempre, tiene las patas cortas.
Los que critican a los extranjeros, para el caso, los senadores brasileños, que vinieron a comprobar in situ en qué condiciones están las víctimas del gobierno autoritario venezolano, lo hacen echando mano del mantra demodé soberanista.  Éstos, o no comprenden el mundo sin fronteras que estamos viviendo en esa materia o sólo intentan disimular su consentimiento soterrado frente a violaciones flagrantes a los derechos fundamentales que tienen lugar en nuestro país.
Obviamente, para los gobernantes tiránicos la soberanía es un resguardo bajo el cual cobijarse. Según ellos, nadie que no sea venezolano tendría derecho alguno para opinar o actuar sobre los desmanes que perpetran los que han destruido el Estado de Derecho venezolano, que lo han vaciado de sus contenidos democráticos. El que lo haga será tildado de entrometido o de cualquier cognomento denigrante.
De allí que el recurso al chantaje soberanista sea lo típico en los déspotas y sus tontos útiles, los que tienen en aquel principio anacrónico un burladero perfecto para ponerse a salvo de la mano de la justicia, que ya no es exclusivamente nacional.
Todo el que reconozca el derecho de los extranjeros a criticar las arbitrariedades del gobierno propio será convertido, automáticamente, en traidor a la patria. Como si los maltratos, torturas, detenciones ilegales, juicios amañados y en fin, los delitos de lesa humanidad en general, fueran sólo de la incumbencia de los nacionales de un país.
Los DDHH son valores universales superiores. Frente a ellos no existe, jurídica y moralmente, poder estatal o nacionalidad que los desconozca o anule sin consecuencias. En este campo tampoco caben los relativismos absurdos. La dignidad humana es una, y el respeto a ella trasciende las fronteras. La ley no escrita de Antígona, como diría André Glucksman, concede el derecho a intervenir mediante la opinión, la ayuda, las presiones políticas y diplomáticas, y en los casos muy graves, la fuerza.
Desafortunadamente, tirios y troyanos en nuestro país, siguen manteniendo una visión aldeana, desfasada, en esta materia de la soberanía, y no son pocos los que sucumben al chantaje señalado.
El filósofo Michael Walzer, a quien he citado en otra ocasión, lo ha dicho acertadamente: “los principios de independencia política e integridad territorial no son un escudo para que se refugie la barbarie”.
La presencia de los senadores brasileños en Venezuela está ajustada no sólo a los valores democráticos, también a expresas normas internacionales, las de las Naciones Unidas, la Carta Democrática Interamericana y los Protocolos de Ushuaia de Mercosur.  
Enarbolar el principio soberanista en esta situación es abiertamente inmoral.

Emilio Nouel V.

@ENouelV

emilio.nouel@gmail.com

martes, 16 de junio de 2015


                      VENEZUELA Y LOS OSCUROS VERICUETOS DE LA DIPLOMACIA
 
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La fotografía publicada de Thomas Shannon, asesor del Departamento de Estado, junto a Diosdado Cabello ha dado mucho de qué hablar.


Conjeturas y elucubraciones variopintas van, vienen y se cruzan por los medios y las redes sociales. Cada quien tiene su interpretación, alguna que otra muy propia de la teorías conspirativas. Unos andan molestos con el gobierno norteamericano y le lanzan destemplados ataques, otros, sobre todo, del chavismo antiimperialista, confundidos; los más, perplejos.

Nadie comprende que un señor que supuestamente está investigado por delitos graves, se reúna con representante tan importante del país que lo tendría “en la mira”. ¿Cuales temas de interés de ambos pueblos fueron tratados? ¿De qué se trata esa conchupancia contra natura? ¿están los yanquis y el sector militar representado por Cabello adelantándose a una eventual transición? ¿Es que la derecha endógena del PSUV está claudicando ante el enemigo?  (No puedo dejar de imaginar a Luis Britto García, intelectual del régimen, convulsionando al ver tal encuentro que a sus ojos consumaría una traición a la revolución). ¿Cabello está en campaña de lavado de cara después del chaparrón de las últimas semanas?

Sin embargo, en el marco de opacidad de este asunto, hay algo que pareciera acercarse a la realidad: el gobierno norteamericano tiene como prioridad hacer las paces con el de Venezuela. Está decidido a atenuar o eliminar el ruido de las relaciones bilaterales, todo dentro del objetivo general de Obama de recuperar la imagen de su país frente a Latinoamérica. Es la herencia que pretende dejar en esa materia.
Detrás de las visitas y encuentros con Thomas Shannon está ese propósito, manifestado notoriamente en diversas oportunidades. Si lo está haciendo con el gobierno cubano, su enemigo a muerte durante décadas, ¿por qué no con el venezolano a pesar de los maltratos y los ataques retóricos feroces de este último?
Obviamente, varios actores internacionales, en mayor o menor medida, tienen, como decimos en Venezuela, su cuchara metida en este caldo morado. El Vaticano, los gobiernos brasileño y cubano, la OEA, UNASUR, CELAC, la Unión Europea, y quién sabe si algunos poderes fácticos.
Eso que llaman gobernanza hemisférica es lo que estaría en juego. Y también, por supuesto, los intereses crematísticos, que todos los ponen por delante.
Cubanos, brasileños, yanquis y la iglesia católica, todos buscando sacar provecho geopolítico, económico e influencia, es decir, el realismo pérfido en acción, ése del que hablaba Octavio Paz. De allí que haya que poner en cintura un gobierno cuya conducta errática y caótica, podría poner en riesgo la gobernabilidad, los negocios y la paz necesaria en el patio.
Que no se engañen los ingenuos que piensan que la investigación que realiza la fiscalía norteamericana sobre los narcos venezolanos va a impedir que Shannon o cualquier otro se reúna con supuestos investigados. Allá existe la división e independencia de los poderes, y está vigente el principio de que todos son inocentes hasta que se demuestre lo contrario.
Por otro lado, los gringos, como cualquier gobierno en el mundo, si es de su conveniencia, no tienen escrúpulos en entrevistarse con quien sea, por muy desacreditado que esté.
La dinámica compleja y oscura de estos acontecimientos va avanzando hacia un desenlace que solo Nostradamus sabe.
Mucho nos queda por ver. No renunciamos a la ilusión de que el resultado final para nuestro país sea el mejor posible. Aspiramos a que nuestras diferencias en el ámbito nacional se procesen por canales institucionales y constitucionales y en paz. Igualmente, nos gustaría ver a las instituciones internacionales asumir el papel de defensores y garantes de la democracia y de los derechos fundamentales que la letra de sus tratados prescribe, pero no retóricamente, sino de manera efectiva. Es lo menos que podemos pedir los demócratas venezolanos. Obras son amores, que no buenas razones.

EMILIO NOUEL V.

 

viernes, 12 de junio de 2015

HUELGA DE HAMBRE INSENSATA E INÚTIL

 
La huelga de hambre, sin duda, es un mecanismo de presión del que se echa mano en la política y en otros ámbitos del quehacer social. Pero es igualmente claro que es un recurso in extremis, excepcionalísimo, y por razones de peso, que a lo ameriten.
Esta herramienta de presión, cuando se hace en serio, por su naturaleza, pone en riesgo la salud, cuando no, la vida de quienes participan en su puesta en práctica. Me estoy refiriendo entonces a la huelga de hambre de verdad, no a ciertas mascaradas que hemos podido ver a lo largo de nuestra vida en ciertas oportunidades.
He mencionado razones de peso, y agrego, legítimas y proporcionales al objetivo buscado.
No se puede poner en peligro la existencia o la salud por nimiedades, tonterías, o por solidaridad con otros que andan en el mismo trance. Motivaciones graves deben ser las que impulsen una iniciativa de tal envergadura. Es una decisión que hay que sopesar y fundamentar bien.
Las huelgas de hambre, siendo un instrumento válido bajo ciertas condiciones, no puede banalizarse al punto de que por “quítame estas pajas”, se inicie una. No es para guachafitas.
En nuestro país, hay que decirlo, en los últimos tiempos, se ha abusado de ellas tanto, que ya ni llaman la atención. La gente, de tanto oír y leer sobre ellas, se ha insensibilizado. Las ve como algo que forma parte del paisaje, cuando debería ser lo contrario, independientemente de las causas que las generan.
Para quienes, desde el exterior, se han enterado de las huelgas de hambre que han estallado entre nosotros, ellas alarman, y ciertamente, sirven para sensibilizar al público de otros países.
Sin embargo, vistas desde nuestro país y conociendo el porqué de estas iniciativas, sin dejar de afectarnos el cuadro perturbador y angustioso que nos muestran,  de verdad, no le vemos sentido alguno.
Por la fijación de una fecha de elecciones ¿vale tal sacrificio físico extremo?  ¿Merece la pena poner la vida en riesgo por eso? Pues no lo creo.
Si de lo que se trata es llamar la atención sobre una situación particular, otros medios son mejores y efectivos, menos comprometidos.
Comparto la idea de que no se hace huelga de hambre a quien desea nuestra muerte, ni a desalmados que la vida de los adversarios les importa poco o nada.
Una dirigencia política seria no debe estimular ni apoyar acciones de esta naturaleza bajo las condiciones que estamos viviendo en nuestro país.

Emilio Nouel V.

jueves, 4 de junio de 2015

GOBIERNO, CIFRAS ADULTERADAS Y ORGANISMOS INTERNACIONALES

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En los últimos tiempos, una institución, el Banco Central de Venezuela, que debería ser garantía de objetividad y seriedad en el manejo de graves asuntos macroeconómicos, no publica las  cifras de inflación o de los precios al consumidor.
En consecuencia, los venezolanos en general y las empresas privadas, tanto nacionales como extranjeras, deben gestionar sus negocios con brújula propia, o con un ojómetro particular, porque el ente llamado a orientarnos con sus datos económicos fundamentales, ha decidido de manera irresponsable esconderlos, como si los ciudadanos de a pie, con tal conducta, no pudiéramos percatarnos del desastre económico que vivimos. Como si el vacío de los bolsillos no fuera la prueba cotidiana del descalabro de nuestro poder de compra y el enorme deterioro del nivel de vida. ¿Cree el gobierno que ocultando las cifras el venezolano no verá que su salario apenas le alcanza para medio comer, si acaso encuentra el alimento deseado?  
Llama la atención que algunos organismos internacionales que hacen el seguimiento de asuntos como la pobreza, el hambre, la desnutrición o la educación, cuando se trata de Venezuela, no escudriñen más allá de la información sesgada que les suministra el gobierno.
Los funcionarios internacionales que hablan de seguridad alimentaria, niveles de desnutrición o de alfabetización, y lanzan loas  a las cifras que suministra el gobierno de Venezuela ¿se dan cuenta del ridículo que están haciendo?
Flaco servicio hacen a unas organizaciones que son necesarias en el mundo interdependiente de hoy, cuando se premia a países cuyo fracaso en muchos de esos temas es evidente. La pérdida de confianza en ellas aumenta en los pueblos víctimas de esos gobiernos tramposos.
Para los venezolanos, que deben hacer colas durante horas para obtener un alimento y al final se devuelven a sus hogares sin él, enterarse que, por ejemplo, la FAO, organización encargada de “alcanzar la seguridad alimentaria para todos y asegurar que las personas tengan acceso a alimentos de buena calidad que les permitan llevar una vida activa y saludable”, recompensa al gobierno, no puede menos que generarles ira, repudio contundente, una fuerte sensación de ser burlados. 
Convencidos de la necesidad y la utilidad de los entes internacionales, ¿cómo puede evitar uno experimentar una gran frustración con actuaciones de burócratas tan ligeras y descuidadas?
¿Cómo defender la actuación de estas instituciones ante un pueblo que se siente, ahora, doblemente embaucado, engatusado? Porque lo es en lo nacional y en lo internacional.
Podemos, hasta cierto punto, comprender que los funcionarios internacionales no tengan acceso directo a las fuentes de donde deriva la información. Pero es imperdonable que se otorgue alegremente un reconocimiento, sin datos comprobados, contrastados u obtenidos con metodologías adecuadas. En nuestro atribulado país, los especialistas en la materia ya lo han determinado: el acceso a los alimentos se ha estrechado, el consumo ha caído sustancialmente, la red pública de distribución de alimentos se ha reducido, el sistema agroalimentario es más vulnerable y la desnutrición se ha incrementado. 
Entonces ¿Cuales logros del gobierno chavista premia la FAO?  

EMILIO NOUEL V. 
 

jueves, 21 de mayo de 2015

LAS ILUSIONES ACERCA DE LA INTEGRACIÓN EUROPEA

VACLAV KLAUS

(Discurso del 12 de Marzo de 2013 en el CATO INSTITUTE)

Hoy es un día especial para mi. En marzo, mi segundo periodo como presidente de la República Checa expiró, y con un alto grado de probabilidad esto marcará el fin de mi carrera de 23 años en la política —una carrera que duró sin interrupción desde la caída del comunismo, pasando por la Revolución de Terciopelo, hasta esta primavera.
He sido extremadamente honrado al ser invitado a convertirme en un distinguido Académico Titular del Cato Institute y estoy ansioso por cumplir con este nuevo papel. Aprecio mucho el papel que Cato ha desempeñado a lo largo de las últimas décadas defendiendo la libertad, los mercados libres y el gobierno limitado. Hoy es simplemente el inicio de mi nueva vida aquí con ustedes.
Me pidieron que dijera unas palabras acerca de Europa —que siempre ha sido uno de mis temas favoritos— y quisiera empezar colocando los problemas del continente europeo en una perspectiva más amplia.
Mi nuevo libro, que la editorial inglesa decidió titular Europe: The Shattering of Illusions (Europa: La destrucción de las ilusiones), refleja mi frustración con lo que ha pasado en Europa. Ese título, por cierto, no fue exactamente mi idea. Nunca me hice ilusiones acerca de la integración europea, así que para mí nunca fue necesario destruirlas.
Sin embargo, el libro explora el marco institucional actual de Europa —que se desarrolló a lo largo del tiempo desde la Segunda Guerra Mundial hasta el inicio de la crisis de deuda en la Eurozona— así como también las costosas reacciones a estos sucesos. En pocas palabras, el optimismo excesivo alrededor de los beneficios económicos de la integración territorial es, y siempre ha sido, ingenuo. Las consecuencias de la desnacionalización y de la centralización son, en una palabra, anti-democráticas.
Es importante enfatizar que la República Checa es parte de Europa, es un miembro de la Unión Europea (UE) y no es miembro de la Eurozona. Un país no puede ser miembro de Europa, y es importante enfatizar este hecho. Casi 85 por ciento de las exportaciones checas se dirigen a Europa —una región que experimenta tanto un estancamiento económico prolongado como una severa crisis de las deudas soberanas. Incluso con una moneda en libre flotación, la República Checa no puede desconectarse de las tendencias económicas del resto del continente.
Mi país es un ejemplo de un país pequeño con una economía abierta. Pero para crecer, la República Checa necesita una relación sólida con socios comerciales que gocen de una buena salud económica.
Lamentablemente, este no es el caso en la actualidad. En marzo, la Oficina de Estadísticas de la República Checa anunció que el producto interno bruto del país se contrajo en 0,2 por ciento. Toda la evidencia disponible sugiere que el futuro económico no será fácil para los que vivimos en Europa con nuestras familias, hijos, y nietos. No podemos escapar del destino del continente en general. Por lo tanto tenemos un interés genuino, y no simplemente uno académico, en el futuro de Europa.
La situación económica actual no es accidental. Esta es la consecuencia de por lo menos dos cosas. Por un lado, se debe al cada vez más deficiente sistema económico y social a lo largo de Europa, que sin embargo fue escogido de manera deliberada. Por otra parte, es una consecuencia de los acuerdos institucionales dentro de la UE que son crecientemente centralizados y burocráticos. Ambas cosas constituyen un obstáculo fundamental para cualquier desarrollo positivo, un obstáculo que no puede ser removido con correcciones marginales a las políticas económicas de corto plazo. Los problemas son mucho más profundos.
Es más que evidente que la excesivamente regulada economía en Europa está todavía más limitada por una carga pesada de requisitos sociales y ambientales, que operan dentro de la atmósfera de un Estado de Bienestar paternalista. Esta carga es demasiado pesada y los incentivos para el trabajo productivo demasiado débiles como para que este pueda lograr crecimiento. Si Europa quiere reactivar su desarrollo económico, tiene que realizar una transformación fundamental, un cambio sistémico. Esto es algo que nosotros en Europa Central y del Este tuvimos que hacer hace 20 años.
La segunda parte del problema es el modelo europeo de integración. Las excesivas y antinaturales metas de unificación, estandarización, y armonización del continente europeo, basadas en el concepto de “una Unión cada vez más estrecha” son verdaderamente un obstáculo para cualquier desarrollo positivo.
El momento en el que los costos marginales del proyecto de integración europea empezaron a exceder visiblemente los beneficios, llegó como resultado del intento de unificar monetariamente a todo el continente. Este fracaso era esperado —y era inevitable, de hecho— y sus consecuencias fueron bien comprendidas por muchos de nosotros antes de que sucedieran. Este camino era totalmente predecible para los países más económicamente débiles de Europa también, que repetidas veces habían experimentado desagradables, aunque inevitables, ajustes mediante la devaluación de sus monedas en el pasado.
Todos los economistas que merecen el título estaban conscientes del hecho de que Grecia estaba destinada al fracaso, habiendo estado encarcelada en el sistema que acabo de describir. La historia nos da muchos ejemplos similares.
Los beneficios prometidos como resultado de aceptar una moneda común nunca llegaron. El supuesto incremento del comercio internacional y de las transacciones financieras fue relativamente pequeño y más que contrarrestado por los costos de este arreglo.
En buenos tiempos económicos, incluso las áreas monetarias no-óptimas pueden funcionar, así como todos los regímenes de tipo de cambio fijo funcionaron durante algún tiempo. Pero cuando llegan los malos tiempos, incluyendo la crisis financiera a fines de la última década, todas las inconsistencias, debilidades, ineficiencias, discrepancias, desbalances y desequilibrios se vuelven evidentes y la unión monetaria deja de funcionar adecuadamente. Esto no debería ser una sorpresa. En el pasado, todos los regímenes de tipo de cambio fijo, incluyendo el sistema de Bretton Woods, requerían de ajustes al tipo de cambio tarde o temprano —una explicación que uno puede encontrar en cualquier libro de texto sobre economía elemental.
Las expectativas —o más bien, ilusiones— de que una economía europea muy heterogénea se homogenizaría mediante la unificación monetaria demostraron ser erróneas rápidamente. Desde la introducción del euro, las economías europeas han divergido en lugar de converger. La eliminación de una de las variables económicas más importantes —el tipo de cambio— del sistema económico existente condujo a una especie de ceguera entre los políticos, los economistas y los banqueros.
Algunos recordarán que hace 20 años se dio la disolución de otra unión monetaria, política y fiscal, conocida como Checoslovaquia. Yo estuve a cargo de organizar la separación. De hecho, febrero marcó el aniversario No. 20 de la desintegración monetaria de la República Checa con Eslovaquia, y nuestra experiencia es muy clara.
La anterior federación checoslovaca estuvo unida durante 70 años pero tuvo que aceptar que la integración nominal no era suficiente para la eliminación de diferencias económicas entre los dos países. Habían, por supuesto, otras razones para la separación, pero las económicas fueron las principales.
Pero no nos dejemos engañar. Cuando se discuten los problemas actuales que afligen a Europa, está mal concentrarse en los logros o fracasos de países individuales. Grecia no causó el problema europeo actual. Al contrario, Grecia es la víctima del sistema de una sola moneda en la Eurozona. Cometieron solamente un error trágico al ingresar a la Eurozona. Todo lo demás corresponde al comportamiento usual del país, comportamiento que ninguno de nosotros tiene el derecho de criticar.
El grado de eficiencia o ineficiencia económica de Grecia, así como también su tendencia a vivir con deuda soberana, deberían haber sido bien conocidas por todos. Creo que permitir que Grecia abandone la Eurozona sería el principio de un viaje largo de este país hacia un futuro económico saludable. Pero no tengo la ambición de cambiar a Grecia. Quiero cambiar el marco institucional de la UE. Los griegos ojalá entiendan a estas alturas que la misma talla no le calza a todos. Solo deseo que los políticos más importantes en la UE comprendieran esta visión.
No lo veo, sin embargo. Su manera de pensar está basada en cierto tipo de razonamiento, como si las leyes económicas no existieran y la política puede por lo tanto determinar la economía. Personas como yo fuimos criados en una época en que esta forma de pensar era dominante en los países comunistas de Europa del Este y Central. Algunos de nosotros nos atrevimos a expresar nuestro desacuerdo con esto en ese entonces. Éramos considerados enemigos en ese entonces y somos considerados enemigos ahora.
Europa está lista para una decisión fundamental: ¿Debemos continuar creyendo en el dogma de que la política puede determinar la economía y defender el marco institucional actual a cualquier costo? O, ¿deberíamos, finalmente, aceptar que debemos volver a la racionalidad económica?
La respuesta que ha dado una mayoría abrumadora de los políticos europeos hasta ahora es que están dispuestos a continuar en la ruta actual. Es nuestro deber decirles que las consecuencias de tales conclusiones serán más graves y producirán costos más altos para todos nosotros. Eventualmente, estos costos se volverán insoportables. Estoy convencido de que deberíamos cambiar de dirección.
Lo que necesitamos en Europa no son cumbres más frecuentes en Bruselas, sino una transformación fundamental de nuestro pensamiento y comportamiento. Europa tiene que efectuar un cambio sistémico —un cambio de paradigma— y esto requiere de un proceso político genuino, no de la aprobación de un documento sofisticado preparado detrás de puertas cerradas. La solución debe surgir como resultado de debates políticos dentro de cada país miembro de la UE. Debe ser generada por el pueblo, por el demos de estos países.
Está de moda ahora tanto en EE.UU. como en Europa hablar de una crisis. Pero una crisis implica, en la definición del economista Joseph Schumpeter, un proceso de “destrucción creativa”. Luego de una crisis, no todo puede ser rescatado y mantenido. Algo debe quedarse atrás del proceso, especialmente las ideas equivocadas. En este momento, deberíamos crear el hábito de descartar los sueños utópicos, de rechazar las actividades económicas irracionales, de negar su promoción por parte de los gobiernos europeos. Parte de esto implica dejar que incluso se permita que caigan algunos estados.
Quienes se oponen a esta posición siguen diciendo que una solución como esta sería costosa. Lo veo de otra manera. Para mí, prolongar el curso actual es más costoso. Los costos a los que le temen los europeos ya están aquí. Deberían denominarse costos hundidos.

miércoles, 20 de mayo de 2015

TRES NUEVAS UNIONES PARA EUROPA

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Federico Steinberg

Mientras los titulares se concentran en Grexit y Brexit, los mercados siguen adormecidos por el Banco Central Europeo y la ciudadanía europea se debate entre su decepción con la Unión y la certeza de que sin ella las cosas serían mucho peores, la nueva Comisión Europea ha lanzado tres ambiciosos proyectos para revitalizar el mercado interior y aumentar el potencial de crecimiento: la unión energética, la unión del mercado de capitales y la unión digital.
Mucho se habla de la necesidad de afrontar reformas estructurales y facilitar la convergencia de las economías de los distintos países para garantizar la estabilidad del euro, aumentar la productividad y revertir el relato del declive de Europa en un mundo multipolar. Sin embargo, como la mayoría de las políticas económicas continúan estando en manos de los Estados miembros y no de la Unión, el ritmo de las reformas ha sido lento (salvo en los países rescatados) y la coordinación deficiente. En este contexto, y tras completar en tiempo record los primeros cimientos de la unión bancaria, la Comisión Juncker, que tiene mayor capacidad de liderazgo y un perfil político más alto que la anterior Comisión Barroso, está impulsando estas tres iniciativas. Si son exitosas, aunque se trate de propuestas poco mediáticas, supondrían un gran paso que demostraría que es posible impulsar reformas estructurales desde Bruselas y, lo que es más importante en el actual contexto económico, pagarlas con fondos europeos (en este caso mediante el llamado el Plan Juncker). 
La primera es la unión energética, cuya importancia, si cabe, ha aumentado en los últimos meses tanto por el conflicto de Ucrania como por la revolución del shale en Estados Unidos. Las insuficiencias de la integración energética europea son bien conocidas. No existe ni un mercado energético común ni una estrategia energética consensuada que permita utilizar todo el potencial negociador de la enorme economía europea para lidiar con suministradores externos, desde Rusia hasta Argelia. Lo que tenemos es una amalgama de mercados fragmentados, campeones nacionales y equilibrios regulatorios de mínimo común denominador. Además, a pesar de la abundante producción normativa europea, que aborda los temas energéticos desde la política medioambiental y la del mercado único, el desarrollo físico de las interconexiones es muy limitado, problema que sufre particularmente España, y que hace difícil que los países puedan beneficiarse de la solidaridad de sus socios, teniendo que pagar por su seguridad energética un importante sobrecoste que repercute en la competitividad de sus empresas y en el bolsillo de sus ciudadanos. Por el momento, el contenido concreto de la unión energética todavía está en discusión y los estados miembros más fuertes continúan oponiendo resistencias al aumento de la competencia y a la supeditación de sus relaciones energéticas bilaterales con sus principales suministradores externos a los intereses generales de la Unión Europea. Sin embargo, la comisión Juncker ha planteado que para alcanzar los objetivos de competitividad económica, sostenibilidad medioambiental y seguridad energética es necesario promover las inversiones en interconexiones. Y España tiene mucho que ganar con las mismas.
La segunda es la unión del mercado de capitales. En 2012, durante los momentos más críticos de la crisis del euro, los líderes europeos acordaron la creación de la unión bancaria. Mediante los mecanismos únicos de supervisión y resolución se pretendía romper el círculo vicioso por el que las deudas de los bancos y los países se retroalimentaban, poniendo en riesgo la sostenibilidad del euro. Además, el acuerdo del Consejo Europeo para profundizar en la integración bancaria dio la cobertura política al BCE para actuar como prestamista de última instancia de la zona euro. Tres años después, el euro se ha salvado, pero el crédito sigue fluyendo de forma muy lenta. Lo que se ha puesto de manifiesto es que uno de los problemas de la economía europea es su excesiva dependencia de la financiación bancaria y el limitado uso que las empresas (sobre todo las PyMes) hacen de otras fuentes de financiación, como los mercados de acciones, de bonos, el capital riesgo o incuso el crowdfunding. Ante esta extrema dependencia, la crisis de los bancos que se abrió en 2008 llevó a un parón de la financiación, algo que sucedió en menor medida en Estados Unidos, donde las fuentes de financiación de las empresas están más diversificadas debido a la mayor sofisticación y profundidad de los mercados de capitales. Por lo tanto, la Comisión ha planteado una batería de medidas para integrar los mercados de capitales en Europa —que a pesar de la unión monetaria siguen exhibiendo una importante segmentación— y aumentar la eficiencia de la cadena de intermediación financiera que conecta a ahorradores e inversores. Estas medidas deberían reducir los costes de financiación para las empresas y los autónomos y crear un sistema financiero más estable y seguro a largo plazo gracias a su mayor integración y diversificación. El proceso, de llevarse a cabo con éxito, llevará años. Pero es importante que la iniciativa se haya puesto sobre la mesa. Además, dado el peso financiero de Londres, su desarrollo implica hacer un guiño al Reino Unido para reducir la tentación del Brexit.
La tercera de las uniones propuestas es la digital. A pesar de los muchos esfuerzos que se han llevado a cabo en los últimos años, Europa sigue teniendo mercados digitales fragmentados, una insuficiente inversión en redes, carencias en alfabetización y capacidades digitales, problemas de interoperabilidad y cada vez más dificultades para afrontar los retos de la ciberseguridad. Todo ello se plasma en una insuficiente capacidad de generar innovación y en una evidente dificultad para sacar el máximo rendimiento a las nuevas tecnologías, que se traduce en limitada productividad, insuficiente creación de empleos de calidad y limitado liderazgo tecnológico de empresas europeas en el mundo. Por ello, la Comisión plantea una Agenda Digital que permita aumentar las inversiones en redes y unifique criterios y normas para que emerja un mercado digital integrado, al tiempo que se propone aumentar la competencia en el sector para que los consumidores y las empresas puedan sacar el máximo provecho de las transacciones on line con mayor seguridad. Si recordamos en qué quedó la Agenda de Lisboa, que pretendía convertir a Europa en la zona más avanzada del mundo desde el punto de vista tecnológico para 2010, podríamos ser escépticos sobre estas propuestas. Pero, nuevamente, es importante que haya una estrategia sobre la mesa con propuestas concretas y financiación europea disponible.
En definitiva, con estas tres nuevas uniones, la Unión Europea pretende tomar medidas prácticas que aumenten el crecimiento y el empleo y ayuden a recuperar la confianza ciudadana en las instituciones. No se trata de medidas de las que se vaya a hablar mucho, pero si se hacen bien, su impacto podría facilitar la vida a millones de europeos.
 
Federico Steinberg
Investigador Principal del Real Instituto Elcano y Profesor de la Universidad Autónoma de Madrid