martes, 22 de agosto de 2017

UNA CONSTITUYENTE PARA RETRASAR LA PARTIDA


Yo sigo inclinándome hacia la idea, quizás me equivoque, de que la espuria  y esperpéntica asamblea constituyente no se hizo para cambiar el texto de la Constitución vigente; que su propósito principal es el de aparentar ante el mundo que se está  recurriendo a la soberanía popular para conjurar la grave crisis del país y “volver” a la paz y la concordia nacionales. Eso fue lo que le habrían vendido sus geniales asesores cubanos al gobierno, como fórmula para salir del atolladero y parece que se lo han creido.

A mi juicio, el objetivo de los que gobiernan, principalmente, es el de desplazar a los opositores de las instituciones que no controla o que les son molestas, y así actuar a su antojo para imponer su tiranía sin obstáculos. 

Ambos propósitos no han sido logrados. Como decimos coloquialmente en Venezuela, el cuento de la supuesta consulta al poder originario no se lo comió nadie, mucho menos que tal iniciativa sea para conciliar al país y resolver los enormes problemas que nos agobian.

Para la comunidad internacional, con la excepción de muy pocos países que tienen intereses crematísticos o geopolíticos, tal aquelarre político y el gobierno que lo promovió concitan el más amplio rechazo y sus decisiones no serán avaladas, y esto no solo en lo político sino también en lo jurídico. Nadie en el mundo tendrá ninguna garantía legal de que los compromisos asumidos por la tiranía que precisen de la aprobación parlamentaria, seran honrados en posteriores gobiernos. 

El mundo no tiene dudas de que el de Venezuela es un gobierno antidemocrático que pisotea los derechos humanos y se ha colocado al margen de la legalidad internacional. 

El país sigue hundiéndose al borde de convertirse en Estado fallido. La economía no podría estar peor. La inflación se ha tornado insoportable para las mayorías y las perspectivas, de seguir la deriva enloquecida actual en esta materia,  son escalofriantes. 

La destrucción por casi dos décadas del aparato productivo muestra, a medida que pasan los días, sus letales resultados. Políticas económicas de las más nocivas que se conocen, han sido puestas en práctica por una caterva de ignorantes y corruptos sin preparación técnica, ni ideas claras para conducir una administración gubernamental medianamente razonable.   

Son estos mismos destructores, con su mediocridad sin par e indigestos de una ideología mortífera, los que hoy se sientan en “La Corte de los milagros” que conforma la constituyente, en la cual, por cierto, no actúan más que dos docenas de la nomenklatura chavista, porque los demás, varios cientos, puestos allí a dedo y además “arreados”, o no asisten (dicen que no les pagan el sueldo y los viáticos que les prometieron) o no tienen nada que decir. 

La constituyente estaba muerta al nacer. De ella no podía esperarse nada. No resolverá ninguno de los ingentes problemas del país, ni ése es su interés. Más bien, los agravará.

Sin duda, es un recurso de la tiranía para retrasar su indetenible colapso y desviar la atención de la honda crisis que nos tortura, creyendo que con ello o surgirá algún milagro económico, un golpe mágico que los salve, o que se  les permita negociar una salida “honrosa” del gobierno.

Para los calculadores y cínicos del gobierno, la constituyente es un instrumento que no persigue la modificación de la Constitución; es un señuelo, un ardid, que les permite sobrevivir un tiempo adicional mientras resuelven como irse de la mejor manera, con el menor daño posible a sus intereses personales. 

EMILIO NOUEL V.
 

 
 
 
 

sábado, 12 de agosto de 2017

EL DEBER DEL MUNDO CON VENEZUELA

   
            EMILIO NOUEL V.
        Miembro del Grupo Avila
 
El no ya tan “nouveau philosophe” Bernard-Henri Levy, publicó en los días que corren un artículo sobre Venezuela en el que hace un llamado a la comunidad internacional para que asuma su ‘responsabilidad de proteger’, tal y como las NNUU entiende este concepto.
El intelectual francés, uno de los líderes del Mayo del 68, es ampliamente conocido por sus posiciones contra las atrocidades perpetradas por gobiernos autoritarios  y represores en el mundo, como el de Putin, o en su momento, el de Milosevic en la antigua Yugoslavia.
El deber del mundo con Venezuela” es el título del artículo (Project Syndicate).
Allí, Levy, primero, pregunta a su compatriota, el populista radical J. L. Melenchon, quien aún sigue cantando loas al régimen asesino chavista, cuándo va a admitir el horror venezolano y el desastre económico y social en que han sumido a un país con tantos recursos, que en materia de inflación está  compitiendo con la tasa de inflación de Zimbabue o la Alemania de Weimar.
Según Levy, NNUU, en aplicación del principio de protección, debería enviar una señal fuerte al gobierno de Maduro para que pare la violencia contra su pueblo; y a tal propósito el Consejo de Seguridad necesita mostrar el coraje de emitir una declaración de condena contra ese régimen.
Por otro lado, pide a todos los países que muestren su solidaridad con el parlamento venezolano y que se acuerden severas sanciones económicas y financieras.

Levy afirma: “La situación en Venezuela debería preocupar a todos los países que tienen interés en la lucha contra el terrorismo y las redes de lavado de dinero que lo financian”.

Igualmente, subraya los peligrosos vínculos del gobierno chavista con Bashar al Assad de Siria, Corea del Norte y el grupo Hezbollah.
Todos estos graves asuntos, para Levy, deberían obtener respuestas urgentes de parte de la comunidad internacional, que hasta hace poco tiempo no había tomado cartas en el asunto.
Ciertamente, la preocupación de Levy es legítima y  su planteamiento sobre la responsabilidad de proteger establecido por las NNUU es pertinente. Debemos recordar que esta obligación de la comunidad internacional ha sido reiterada. En el mundo de hoy se ha establecido como principio el deber y el derecho de injerencia que tendrían las organizaciones internacionales frente a las violaciones masivas de los DDHH, y Venezuela, sin duda, se encuentra en una situación de tal naturaleza.
Por razones de defensa y preservación de la democracia, la injerencia es lícita. Los organismos internacionales lo han establecido en sus normativas y tiene carácter vinculante. Las NNUU, la Unión Europea, Mercosur, la CAN, la Alianza del Pacifico, entre otras,  contienen la llamada cláusula democrática que ampara a los pueblos frente a gobiernos tiránicos.
Casualmente, otro “nouveau philosophe”, André Glucksmann, expresa muy bien tal derecho: “Cuando un régimen somete a su población al suplicio, las sociedades felices tienen, sin duda, el derecho de intervenir mediante la palabra y la escritura; mediante asistencia, desde luego; mediante presiones diplomáticas o financieras, por supuesto; y mediante armas, si es necesario”. 
La normativa de las NNUU sobre los Derechos Humanos y la Democracia constituye una disciplina imperativa, vinculante, para los miembros de esa institución. Pero ella debería estar fundamentada tanto en una voluntad política y como en una moral, sin las cuales no será eficaz. Ya varios países (12) del hemisferio dieron un paso que se concreto en la Declaración de Lima y las consecuencias de esta no se harán esperar.
Lleva razón Bernard-Henri Levy cuando resalta el deber que tiene la comunidad internacional de poner su mirada sobre lo que está sucediendo en Venezuela. Y esto implica adoptar medidas que logren doblar el brazo a la tiranía chavista, y la hagan consentir en un proceso de negociación que permita a recuperación de la institucionalidad democrática y las libertades.
Estamos aun a tiempo de frenar una deriva infernal que podemos lamentar todos, no solo los venezolanos. Pero lo que está muy claro es que la barbarie no puede escudarse en el principio de independencia o soberanía de los Estados, de alli el deber que enfatiza Levy.

viernes, 4 de agosto de 2017

MADURO, MÁS SOLO QUE LA UNA


El repugnante palmarés del gobierno militar-cívico del tirano Maduro no sólo se evidencia en su espantoso gobierno, también se expresa en su pertenencia al exclusivo y reducido grupo de regímenes que han sido repudiados y sancionados por la comunidad internacional, lo que le ha llevado a un aislamiento en el mundo sin precedentes.
El gobierno venezolano está acorralado. En lo político y lo económico. Aparte de unos países sin peso ni influencia en el entorno mundial, en su mayoría desacreditados, no tiene soporte alguno. Porque decir que Rusia o China lo apoyan es solo eso: un decir, cuya base es endeble, que depende de los vaivenes de la geopolítica y de los intereses crematísticos, muy volátiles y cambiantes.
A lo interno, está claro que tiene el desapego de más del 80% de los ciudadanos, según las mediciones de las encuestadoras serias. El hambre, la inseguridad, la ruina de los servicios públicos y las necesidades de toda naturaleza son las razones de tal aborrecimiento.    
El gobierno es inviable. Desde hace meses está decretada su muerte por inanición. No tiene opciones de supervivencia en el marco de sus desquiciadas políticas. Las fuentes de financiamiento se le cerraron, no tiene a quien recurrir, a menos que siga rematando al país a precio de gallina flaca.    
Lo decía en estos días Ricardo Hausmann (“El colapso sin precedentes de Venezuela” en Project Syndicate), la depresión económica de Venezuela (disminución del 40% del PIB, el declive del ingreso nacional es de 51%, ingresos fiscales cayeron en un 70%) es más aguda que la de la Gran Depresión de 1929 y mayor que la de países destruidos por la guerra como Ruanda o Sudan del Sur, más recientemente. “La catástrofe de Venezuela eclipsa cualquier otra de la historia de EEUU, Europa o le resto de América Latina“, dice Hausmann.
El gobierno, a medida que pasan los días, va quedando solo. Los organismos de los DDHH de la ONU y de la OEA andan alarmados por los desmanes que están cometiendo las fuerzas armadas contra manifestantes que solo piden libertad y elecciones libres. Muy preocupada, la dirigencia de la Unión Europea no deja de manifestarse casi a diario en relación con nuestra crisis e insta al gobierno a que negocie con la oposición democrática, libere los presos políticos y llame a elecciones. La mayoría de los gobiernos de nuestro hemisferio hacen otro tanto.
En Mercosur los países miembros están a punto de tomar decisiones severas con base a los Protocolos vigentes sobre Democracia y DDHH, lo cual podría acarrear la expulsión definitiva de Venezuela de ese bloque comercial.
Decenas de expresidentes piden que en Venezuela se restablezca la democracia y las libertades y denuncian las atrocidades de lesa humanidad perpetradas por los esbirros del régimen de Maduro y sus secuaces.
El gobierno está aislado mundialmente, está como la una. Es una suerte de leproso internacional. Su fraudulenta constituyente no será reconocida. Sólo pocos gobiernos y grupos políticos cegados por la ideología y los negociados lo respaldan.
La verdad se está imponiendo. Nos acercamos a un desenlace que deseamos se lo más pronto. Aun cuando hay muchas y fuertes razones para impacientarse, lo prudente y eficaz es perseverar en lo que han sido los postulados fundamentales de la estrategia de la oposición democrática: cambio constitucional, democrático, electoral y pacífico. Esta es la garantía de victoria definitiva.
Sin abandonar la protesta y la movilización ciudadana, debe actuarse en todos los tableros, incluso en el electoral, más allá de que la institucionalidad en este campo esté subordinada al gobierno.

EMILIO NOUEL V.  

sábado, 29 de julio de 2017

UNA LECCIÓN DE MITTERAND EN ESTA HORA AZAROSA

Pensando en nuestra penosa y angustiosa circunstancia política, cuyo desenlace desconocemos aunque lo sintamos próximo, he llegado a sentir que los odios y la venganza están tomando pavoroso vuelo, y que eso nos podría conducir al infierno.
Las escenas de represión aterradoras, la saña de los militares y otros cuerpos de seguridad que nos muestran las redes sociales a diario, nos reafirman esos escalofriantes temores.  
Sí, pensando en tal probabilidad, recordé uno de los últimos discursos de un gran estadista europeo, ya ido: François Mitterand, ex presidente de Francia.
A él –permítanme una referencia personal- tuve la suerte de verlo y oírlo de cerca, en una reunión en Miraflores, en 1989. Me había tocado participar en la negociación de un convenio bilateral con el Ministerio de Finanzas de Francia, que fue firmado en tal encuentro en Caracas con el presidente C. A. Pérez. 
Había seguido por mucho tiempo, la trayectoria de este gran político, cuya figura estuvo presente por muchas décadas en la política de su país, colocado en posiciones cimeras y decisorias. Sentí siempre una admiración por el político que fue, más allá de lo ideológico. Reconocer su valor es obligado, y ante su sabiduría y experiencia no se podía ser indiferente.
Decía que de él evocaba una intervención pública ante el Parlamento Europeo un día de Enero de 1995, en la cual tocó el tema de las guerras europeas que a su juicio eran producto, sobre todo, de los nacionalismos exacerbados, el de creerse, desde una nacionalidad cualquiera, superiores a los otros. Es célebre su frase, expresada de manera enfática en tal ocasión: “¡El nacionalismo es la guerra!”.
En el discurso en cuestión decía que había pasado su infancia con familias desgarradas que lloraban sus muertos y guardaban un rencor y odios contra el que había sido su enemigo. 
Sin embargo, Mitterand afirmaba que a pesar de tanto dolor, separación  y muerte debía dejarse de transmitir el odio, y más bien habría que abrir la posibilidad de la reconciliación entre las naciones. “Uno tiene la audacia de imaginar lo que podría ser un porvenir más brillante fundado en la reconciliación y la paz.”
Era un hombre que había podido experimentar el horror de la guerra; de allí su rechazo inequívoco a ella. Pero no había sido en ésta -afirmaba- en la que había alcanzado tal convicción, sino en su propio hogar, donde las virtudes de la benevolencia y la humanidad le fueron inculcadas.
En momentos en que nuestro país pudiéramos estar bordeando la posibilidad del espanto que podría traer una guerra fratricida, como consecuencia de la conducta de unos gobernantes bárbaros e inconscientes, habría que recordar la experiencia amarga de otros pueblos para evitar, así, sumergirnos en un infierno similar o peor.
Sé que tal eventualidad no depende sólo de los que queremos solucionar nuestra crisis de manera pacífica.
Hemos demostrado hasta con la ofrenda de vidas de decenas de jóvenes, nuestra voluntad de resolver nuestra tragedia por las vías civilizadas.
La pérdida de esas valiosas vidas y las consecuencias emocionales que conlleva, no son fáciles de asimilar y superar. Comprendemos el dolor, la rabia y la impotencia que genera llevar tal carga.
No obstante, ese profundo pesar no puede hacernos caer en lo que unos gobernantes enloquecidos quieren, consciente o inconscientemente: la aniquilación del adversario político, mediante una guerra. No son pocos los que desde fuera de nuestro país están viendo un peligro de conflicto violento entre nosotros.
Estamos obligados política y moralmente a rechazar esa deriva demencial, agotando todos los recursos y medios (diálogos, negociaciones, mediaciones) para impedirla, antes de que sea muy tarde.  
Imaginemos, mas bien, con Mitterand, un futuro brillante de reconciliación y paz, sin que ello comporte renunciar a defender y ejercer nuestros legítimos derechos, y luchar por un nación próspera y pacífica.

Pero poniendo por delante todas las salvaguardias que cierren el paso a la violencia de todos contra todos. Simplemente, no dejemos que la lógica del odio y de la muerte se impongan en una sociedad que merece otro destino. 

EMILIO NOUEL V.



jueves, 20 de julio de 2017

16J DEMOCRÁTICO VS CONSTITUYENTE ESPERPÉNTICA


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Se puede palpar, sin mucho esfuerzo, la dimensión histórica descomunal de la consulta popular que tuvo lugar el 16J en Venezuela.
Este evento político no tiene parangón, por lo original, inusitado. Los venezolanos fuimos,  al mismo tiempo, privilegiados actores y espectadores, de este hecho inédito, cuyo fundamento, justificación y valor superior son eminentemente políticos, más allá de lo numérico, que también fue excepcional.
El resultado exitoso alcanzado es el fruto de una iniciativa puesta en práctica por una dirigencia política y social que ha venido dejando la piel ante un entorno hostil y desfavorable. Partidos y sociedad civil, en virtuosa comandita, actuaron en función del interés de toda la Nación.
El extraordinario número de personas movilizadas, siendo un enorme logro, es menor al  positivo efecto cualitativo en términos de moralización y autoestima de las fuerzas democráticas. El ADN libertario del venezolano, de nuevo, se manifestó sin ambages, categórico, derrotando los obstáculos, la propaganda engañosa y las amenazas lanzadas desde el gobierno.  
La dictadura militar-cívica ha recibido un varapalo contundente. Alrededor de  7 millones y medio de ciudadanos rechazan no solo su ejecutoria autoritaria y desastrosa, sino también sus intenciones de perpetuarse en el poder.
No hicieron falta ni milicos ni ley seca, ni siquiera el arbitrario y sumiso mamarracho que es el CNE, para que la mayoría democrática del pueblo venezolano se pronunciara contra el gobierno militar-cívico.
El 16J el pueblo se expresó también por la constitución de un nuevo gobierno de transición o de unidad nacional que nos saque del calamitoso y destructor que nos agobia.
Los lineamientos (Compromiso de gobernabilidad) que seguiría ese nuevo gobierno los presentó la MUD ya, en el marco de la agenda de lucha que está en curso.
 Pero lo más importante es que una millonada de ciudadanos se oponen a la inconsulta e inconstitucional constituyente convocada, que, además, se preanuncia esperpéntica, si nos atenemos a los candidatos que se promocionan con los dineros de todos a través de los medios.
Sí, de instalarse tal asamblea, tal adefesio, estaría conformado por freakys, ignorantes, ágrafos, cuando no, farsantes y/o delincuentes. Esa Corte de los Milagros sólo podría producir un despropósito mayor, que nos hundiría  más en el caos y la miseria.
El 16J, un aplastante número de venezolanos dejamos en claro que es con mecanismos democráticos y pacíficos que deseamos corregir el mal rumbo que ha seguido el país durante 18 años.  Que aspiramos a un gobierno que reconstruya a la Nación y lo encamine por senderos de prosperidad para todos.
El señor Almagro de la OEA, muy bien lo señala en su Tercer Informe sobre la crisis venezolana, presentado esta semana:
“La Consulta realizada representa un verdadero ejemplo de vocación cívica y de democracia directa ejercida por los venezolanos a pesar de los crímenes de la represión del Estado. El pueblo se expresó a favor de recuperar sus libertades fundamentales y el Estado de derecho. Dio, además, una profunda lección a gobernantes y oposición; está en manos del pueblo encontrar los caminos que saquen a Venezuela de la crisis política, social y económica en la que se encuentra”.
En efecto, nuestro pueblo habló y expresó su disposición a resolver la crisis por mecanismos civilizados. Sólo aspiramos a que en el mundo se produzca una acción concertada, firme y eficaz, que termine de doblar el brazo a un gobierno tiránico, obligándolo a negociar los términos de un arreglo que ponga fin a tanto infortunio, infelicidad y muerte en nuestro país. Ojalá los últimos movimientos que se están dando en el seno de la comunidad internacional nos conduzcan a buen puerto.


EMILIO NOUEL V.

miércoles, 28 de junio de 2017

                       MADURO: A CONFESION DE PARTE…….

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Hoy, para la mayoría apabullante de los venezolanos, no solamente el que encabeza Maduro es un gobierno fatídico y siniestro, es también una tiranía militar plagada de corrupción que no tiene empacho alguno para utilizar la violencia contra quienes se le oponen.
Solo los desinformados, ingenuos y gente sencilla se comen el cuento de que es amante de la paz, como lo pregona por todos los medios su aparato de propaganda goebbelsiano.
Mucha agua tuvo correr para que el mundo se percatara de la naturaleza autoritaria del chavismo. Y hasta la chavista Fiscal General ha declarado que hay rompimiento de la constitucionalidad y se ha instaurado un terrorismo de Estado en Venezuela.
Y sin embargo, hay algunos, dentro y fuera del país, que todavía no alcanzan a identificar tal esencia tiránica. No disponen aún de la prueba concluyente de que estamos frente a un régimen político que es la negación de la democracia y las libertades.
Obviamente, no aludo a los que por ceguera ideológica, como diría Octavio Paz, no ven las atrocidades que comete el gobierno de Maduro, sus violaciones notorias a los derechos humanos. Tampoco a los que viéndolas, perversamente, las consideran como acciones “necesarias”, “daños colaterales”, que tienen lugar en todo proceso revolucionario que se precie de tal. Es el precio que habría que pagar, según ellos, para construir un cielo socialista en la Tierra en el que todos presuntamente seremos felices.
Para los que mantienen dudas de cara a la condición despótica del gobierno militarista chavista y creen en su discurso supuestamente pacifista, esta semana debiera haber despejado las incógnitas de manera definitiva.
Su desprecio por la democracia se patentiza en la declaración que hizo a viva  voz en un acto público el señor Maduro: “Lo que no se pudo con los votos lo haríamos con las armas” (27 de junio de 2017). O lo que es lo mismo, que le tiene sin cuidado que los rechace el pueblo abrumadoramente, que le importa un bledo que en su mayoría vote contra él y su partido; de todos modos, igual tomarían el poder a la fuerza, echando mano de las armas, poniendo de lado su voceado talante pacífico, su mensaje de amor, llevándose por medio las instituciones democráticas y pisoteando la Constitución.
Imagino cómo habrá caído entre los demócratas del mundo ese arrebato de sinceridad del sátrapa Maduro. ¿Hacen faltan más pruebas de que es una tiranía la impuesta en Venezuela?
A los que persisten en dar algún crédito al gobierno chavista, les recuerdo que hasta ahora han demostrado que allí no hay palabra, ni honor, ni escrúpulos, ni dignidad. Ni siquiera una pizca de conciencia o vergüenza democrática. Pues si no fuera así, ya debieron haberse ido y dejado que el país se encamine por otros derroteros.
Queda claro que el pueblo venezolano enfrenta una situación política inédita, muy compleja y de difícil solución. Lo que experimentamos amargamente se sale de los parámetros conocidos.
Y está igualmente claro que el gobierno militarista que encabezan Maduro, Cabello y unos militares indignos del uniforme que portan, es todo lo contrario a un régimen que respeta las libertades fundamentales, acorde con los tiempos actuales.
Mientras en Colombia, los facinerosos de muchas décadas dan un adiós a las armas, los de nuestro país anuncian inconsciente y criminalmente recurrir a ellas. 
Sobre los que en mala hora llegaron a las alturas del poder en Venezuela, pesará la responsabilidad de una eventual guerra fratricida, que deseamos no se produzca nunca. Y recuérdese que violentos los hay en todos los bandos, solo se requiere estimularlos un poco para que se encienda la chispa. Aun están a tiempo los del gobierno de irse o tratar de convenir en una negociación que evite un baño de sangre. Los asesinatos de 80 jóvenes y la ola anárquica de saqueos son solo el asomo sombrío de una violencia que puede convertirse en imparable, y que todos lamentaríamos.
La comunidad internacional tiene mucho que contribuir a que lo peor no llegue a Venezuela. Debería reforzar la presión sobre un gobierno cuya naturaleza antidemocrática es admitida por él mismo. A pesar de las circunstancias y de que pareciera que los caminos razonables pudieran estar cerrados, no nos cansaremos de llamar a soluciones democráticas pacíficas. La historia enseña que son las que nos salvarían del infierno.

EMILIO NOUEL V.



miércoles, 21 de junio de 2017

VENEZUELA Y COLOMBIA EN LA ESCUELA DE GOBIERNO ALBERTO LLERAS CAMARGO


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Sin duda, lo que acontece en nuestro país es motivo de alta preocupación para el entorno  cercano y más  allá. No solo se interesan los gobiernos, también las instituciones internacionales y hemisféricas, sobre el destino inmediato de nuestro país.
Las repercusiones del desastre venezolano ya se están sintiendo en otras sociedades. Y las perspectivas a corto y/o mediano plazo, de seguir agravándose la crisis,  no son muy halagüeñas. Brasil, Colombia y algunas islas cercanas empiezan a ver como posible una inmigración eventual de venezolanos aventados por nuestra situación.
Ya se cumplen 18 años de un gobierno que perturbado las relaciones de Venezuela con el mundo. De una política exterior de Estado se ha pasado a un activismo internacional al servicio de una ideología que ha arremetido contra la institucionalidad  establecida y los valores del mundo occidental.
Una acentuación de la ingobernabilidad política y de la crisis humanitaria en Venezuela podría  tener efectos indeseables en naciones aledañas; de allí que los observadores del entorno, estén mirando con mucha atención el desarrollo de los eventos, no vaya a ser que les tome de sorpresa hechos inesperados, sin disponer de planes contingentes que amortigüen  sus efectos.   
Como consecuencia de tales inquietudes, recientemente, en Bogotá, tuvo lugar un evento organizado por la prestigiosa Escuela de Gobierno Alberto Lleras Camargo (Universidad de Los Andes), con el propósito de debatir las consecuencias que el chavismo ha tenido en las relaciones colombo-venezolanas y las perspectivas futuras.
No son pocas y de menor monta las secuelas negativas que el desgobierno chavista ha traído para aquellas, y a ese asunto dedicamos algunas horas en el país hermano.
Quienes asistimos no podemos menos que sentirnos muy agradecidos por el interés manifestado por los organizadores respecto del destino de nuestra Nación, en la hora tan aciaga que vivimos.
Más allá del análisis de las repercusiones políticas, económica, sociales o migratorias que pueda comportar para Colombia la deriva de la situación venezolana, recibimos muestras muy sentidas de solidaridad hacia los sectores políticos y sociales que están librando una dura lucha por recuperar la democracia y las libertades, hoy pisoteadas por un gobierno tiránico y destructor. 
Desde nuestro punto de vista, como lo recalcó el embajador Leandro Area en su intervención, todo lo que suceda en Colombia, no es un problema de política exterior, sino interno. Así como, quizás, para muchos colombianos, lo venezolano también sea visto desde la misma perspectiva.
En el mundo de hoy, el de la interdependencia global, entre las políticas nacionales y las internacionales el deslinde se ha ido borrando desde hace mucho tiempo. La porosidad entre los países cercanos o no, se ha ido ampliando y los vasos comunicantes de variopinta naturaleza entre las sociedades convierten los problemas en asuntos comunes. Por supuesto, también sus remedios e implementación.
Pero esta dinámica “interior” se da, sobre todo y principalmente, entre países fronterizos, como es el caso que nos ocupa. 
Venezuela y Colombia han estado y estarán una al lado de la otra por los siglos de los siglos.
Sus tribulaciones son similares a las nuestros y algunas nos envuelven a ambos. Lazos políticos, económicos, culturales y familiares nos reúnen, para lo bueno y lo no tan bueno.
Desencuentros no han faltado. No obstante, las relaciones se han llevado con un espíritu amistoso, cooperativo y en la búsqueda de beneficios mutuos. En lo comercial, llegamos a convertirnos en la frontera más dinámica de la región. El intercambio mercantil, bajo el paraguas integrador de la Comunidad Andina, llegó a alcanzar a más de 7.000 millones de dólares en el año 2008, cifra ésta que se logró a partir de un ascenso progresivo desde varias décadas atrás. Hoy, lamentablemente, un relacionamiento que se cultivó todo ese tiempo se ha descalabrado por causa de un gobierno, el venezolano, que ha hecho lo indecible para destruirlo. El año 2017, el comercio apenas sumó alrededor de de 700 millones de dólares, y esta caída es tan brutal como injustificada.

Los que participamos en el evento de Bogotá: Leandro Area, Oscar Hernandez Bernalette y quien escribe estas líneas, reiteramos a quienes de manera deferente fueron a vernos y oírnos, que en Venezuela los demócratas valoramos los lazos que nos han unido e integrado con Colombia por muchos años.  Dejamos claro que un gobierno distinto al que padecemos en el presente, retomará una senda que nunca se debió torcer: la de la estrecha asociación sinérgica y el provecho social compartido. Solo así, estamos convencidos, ambas sociedades podrán dar de sí los frutos que sus ciudadanos esperan no solo de sus gobernantes.
Desde nuestro país hundido en una calamitosa crisis, celebramos, no obstante, que la Escuela de gobierno Alberto Lleras Camargo, dirigida por el doctor Eduardo Pizano, se coloque en la tesitura de ventilar los asuntos que atañen a ambos naciones, y ojalá estos encuentros, aquí y allá, se mantengan permanentemente, animados de un espíritu amplio, sincero, solidario, democrático  e integrador.

EMILIO NOUEL V.