viernes, 19 de enero de 2018

ARISTIDES CALVANI Y LA JUSTICIA INTERNACIONAL

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Hoy 19 de Enero se cumplen 100 años del nacimiento de Arístides Calvani (1918-1986). En un ensayo inédito mío acerca del pensamiento hemisférico sobre la cooperación y la integración, lo incluí como representante de la familia democristiana en esos temas. Seguidamente lo que escribí allí:  
Fue un destacado político, parlamentario y académico demócrata-cristiano venezolano, Secretario General de la Organización Demócrata Cristiana de América, que llegó a ser Ministro de Relaciones Exteriores bajo el primer gobierno de  Rafael Caldera.
Al igual que este último, su perspectiva ideológica fue determinante en su ejecutoria como Canciller. Perteneció a la Juventud Católica y fue un jurista especializado en Derecho laboral.
Su visión de las relaciones internacionales estuvo marcada por los principios político-filosóficos que profesó, contenidos en la Doctrina Social de la Iglesia.
En tal sentido, escribió: “Proclamamos el principio de la autodeterminación y auto-realización de la persona humana, porque el hombre es un ser dotado de razón y libertad, y como persona humana, es responsable de su destino. Por tanto, tiene el derecho de ser el protagonista –actor principal- de su misión en la vida.”
Este principio, trasladado al ámbito internacional, lo lleva a afirmar: “Cada comunidad nacional tiene, a su vez, el legítimo derecho de ser protagonista de su propio destino, y en consecuencia, a realizar con entera independencia, su misión histórica en el concierto de las naciones.”
Para Calvani, tales razones eran suficientes para conferir una importancia extraordinaria a la formulación y ejecución de la política internacional de un país. Y ésta debería ser colocada por encima de las opiniones personales, partidos políticos e intereses particulares, para convertirse en una política de Estado, que permitiera a la nación de que se trate hacer historia.
Asimismo, la dimensión ético-política en las relaciones internacionales era de importancia crucial en su pensamiento.
Calvani decía que la onda nacionalista que se podía observar a mediados del siglo pasado en Latinoamérica, era “una expresión de la búsqueda de la propia identidad y de la conciencia de haber hallado esa identidad propia”.
El nacionalismo, como él lo concebía, no debía ser confundido con el egoísmo nacional, ni con el exclusivismo que aísla a los países de los demás pueblos.
Pero ese nacionalismo debía estar consustanciado con la democracia, corresponder al interés de las comunidades que integran a la sociedad y acordarse con los intereses de la región y el mundo, es decir, con la humanidad.
Para este hombre público, en el plano internacional, el valor que debía inspirar y orientar la acción del Estado es el de la Justicia Social Internacional, que es la traslación al ámbito mundial de los principios de justicia social al interior de los países, en lo cual coincidía con su correligionario Rafael Caldera. Esta justicia sería el “principio regulador tendiente a establecer el equilibrio entre los poseedores y los desposeídos, entre los fuertes y los débiles, entre ricos y pobres…”
En relación con la unidad latinoamericana, Calvani la veía igual que muchos pensadores de la época, como una necesidad histórica para que América Latina pueda jugar su papel en el desarrollo de la humanidad.
Al hablar de la integración, estaba consciente de que la tendencia del mundo era hacia la creación de grandes espacios socioeconómicos y culturales. En tal sentido, afirmaba: “Ya no es posible para un país aislarse de los demás y vivir solo. La dinámica de la historia contemporánea nos conduce hacia una sociedad universal”.
De este modo, los proyectos de integración eran consecuencia lógica de esa dinámica, que en el caso de los países de América Latina tenían la ventaja de la cercanía, similitudes de costumbres, lengua, etc. 
Calvani fue partidario de todos los proyectos integradores que se dieron en el continente, aunque no escapaba a su agudo pensamiento que ellos encontrarían muchos escollos en el largo camino que debían recorrer. Para él, era decisivo que hubiese un firme voluntad política de los Estados de querer superar las dificultades que se presenten.
Siendo Canciller, Venezuela denuncia el Tratado de Reciprocidad Comercial con EEUU que había sido suscrito en 1939 e ingresa formalmente al Acuerdo Subregional Andino (Pacto Andino). No hay que olvidar que Calvani tuvo participación crucial en el proceso de pacificación y democratización de CentroAmérica.  

jueves, 18 de enero de 2018

LA APERTURA ECONOMICA HACIA EL MUNDO Y LA PROSPERIDAD


EMILIO NOUEL V.
                                
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El Banco Interamericano de Desarrollo (BID) ha señalado que a pesar de los avances para alcanzar numerosos acuerdos comerciales bilaterales y entre subgrupos de países, la región no se ha integrado realmente. En tal sentido señala de manera acertada que “El comercio regional en bienes intermedios es limitado, y sólo unas pocas empresas participan en las cadenas de valor en la región, lo que limita su participación en las cadenas globales de valor. Un movimiento concertado hacia un verdadero mercado común regional contribuiría a profundizar la integración y permitiría a las empresas explotar una mayor escala, ayudándoles a competir más efectivamente con los actores globales y a fomentar una mayor productividad y crecimiento”.
Esta realidad plantea muchos desafíos en el corto, mediano y largo plazos. Hoy, los paradigmas en el ámbito de la integración son otros. La mera reducción arancelaria forma parte de esquemas que han devenido demodés, sobre todo cuando casi todo el universo arancelario está prácticamente liberado. Se está pasando de lo meramente comercial, de la eliminación o reducción de las tarifas, hacia asuntos como la facilitación y simplificación de los tramites del comercio, el libre flujo de las inversiones, la integración del mercado bursátil, una real unificación jurídica, coordinacion de las politicas macro-economicas,  los encadenamientos globales de valor y la utilización de las nuevas tecnologías, porque las distancias ya no son tan determinantes como antes, la geografía ya no es un limitante. La integración está urgida de cambios conceptuales e institucionales, particularmente, en nuestro hemisferio. De allí que surjan nuevos modelos como la Alianza del Pacífico, y concomitantemente entren en crisis modelos rezagados como Mercosur y la CAN, que han perdido peso y dinamismo.
En consecuencia, se impone a los países de nuestro entorno continental, la necesidad insoslayable de pensar en términos hemisféricos y globales, no desde las estrechas subregiones que tienden a cerrarse sobre sí mismas y a establecer barreras defensivas ineficaces y contraproducentes.
A mi juicio, sólo un cambio cultural sustantivo de nuestra estrecha visión por otra en la que se asuma nuestra condición de países que formamos parte de un entorno mayor y con habitantes que deberían considerarse ciudadanos del mundo, podrá permitirnos una inserción vigorosa y sostenida en el difícil y desafiante entorno que tenemos enfrente.
Subirnos a esa corriente ecuménica con decisión, audacia, pragmatismo y confianza, en modo alguno significa no valorar nuestras raíces y valores propios, entendidos éstos no desde la perspectiva de las extraviadas o perdidas “identidades colectivas”, de los fanatismos identitarios, todos fruto de angostas visiones nacionalistas, discriminadoras del “otro”, del “diferente”, que una casualidad de la vida lo hizo nacer en un rincón geográfico distinto al de uno, sino desde una óptica universalista que propicie más espacios para la libertad y el intercambio, superando aquellas posiciones cortas de miras.  
Las múltiples facetas de la vida de la persona humana no se circunscriben a una nación, ni ésta las puede restringir. Porque incluso la identidad o identidades múltiples no son estáticas, están recreándose continuamente;  son una apertura, toda vez que el ser humano es una proyección hacia el futuro, “él crea su identidad al crear su obra”.
En cualquier caso, como dice el sociólogo español Ignacio Sotelo, hace mucho tiempo que los pueblos dejaron de ser estables y homogéneos. En un mundo globalizado, las fronteras lingüísticas, culturales, económicas, sociales y políticas se disuelven Así, en años recientes, varios países latinoamericanos están mudando sus conductas institucionales y políticas económicas, desde una perspectiva de apertura al mundo, y con ello han logrado obtener resultados altamente positivos en términos de resolver aquellos problemas. Los más recientes índices globales lo validan.
Las políticas de mercado y la apertura comercial internacional, desde visiones pragmáticas, se han impuesto en la mayoría de los países, las cuales, junto a adecuadas políticas sociales compensatorias, creadoras de capacidades y de capital humano en la población, y al desarrollo de infraestructuras productivas, han cosechado frutos importantes. Chile, Colombia, Costa Rica, México, Perú y Uruguay, entre otros, están recorriendo exitosamente este camino, cada uno con sus problemas particulares y a pesar de que queda aún mucho por corregir respecto de persistentes orientaciones perjudiciales. En tal sentido, la apertura al mundo sin complejos, es crucial, y ésta comporta poner en práctica políticas que busquen el logro de la prosperidad económica, la que, en lo sucesivo, será la medida del poder de los países, tanto o más importante que la superioridad militar.

jueves, 11 de enero de 2018

                   EL "DIA D" DE HAUSMANN

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Voy a referirme en esta ocasión a la propuesta del profesor Ricardo Hausmann,  la cual no deberíamos dejar pasar por debajo de la mesa sin comentar, sobre todo, porque uno se encuentra por ahí alguna gente que nunca hubiéramos pensado que mostrarían simpatía por ella y que la ven con buenos ojos, abiertamente o con la boca chiquita.
Como se sabe, para Hausmann la solución política para nuestros males sería una intervención militar concertada en el seno de la comunidad internacional que ponga fin al gobierno militar. Esta acción debería pedirla un gobierno designado por la Asamblea Nacional (¡!), lo cual le daría cobertura ‘constitucional” o “legal” a la iniciativa; legitimidad, en definitiva.
La propuesta se hace con base en un diagnóstico de la realidad venezolana que no tocaremos en estas líneas, porque con alguno que otro matiz, lo compartimos.
Pondré el foco en la viabilidad real de la propuesta y sus implicaciones políticas, especialmente, desde el plano de lo internacional, pero a partir de una posición que plantea una salida pacífica, lo menos traumática, a nuestra difícil  situación.  
La propuesta la podemos abordar desde el ángulo de su justificación intrínseca, la del deber ser, la de la moral, o a partir de la visión de los llamados realistas, en el lenguaje de la teoría de las relaciones internacionales, el de los determinismos geopolíticos, que ven la intervención militar como una necesidad ineluctable, de la cual no se podría zafar el hegemon geopolítico de nuestro continente, por la amenaza que el gobierno chavista representa a la seguridad de la región. 
Pero también, se puede ver a partir de una visión, si se quiere,  pragmática, es decir, desde la posibilidad real de concretar la iniciativa en cuestión, no reñida necesariamente con ninguna de las posturas anteriores.
Antes, sin embargo, debo comentar primero que me llama mucho la atención que nadie de la dirigencia política democrática haya dicho esta boca es mía al respecto. Actitud inerte, por cierto, que parecen adoptar siempre que iniciativas controvertidas en la oposición aparecen, no sé si por no interesarles, por restarles importancia, por no entrar en polémicas o porque no saben qué decir o hacer frente a ellas.
Graves errores políticos se han cometido permitiendo que se deje correr y tomar cuerpo ideas inconvenientes, a causa de esa conducta indolente que no les sale al paso, pues se querría con ello evitar debates que a veces son imprescindibles dar, sobre todo, en el tema que nos ocupa.
Dicho esto, en primer lugar, es bueno comentar el símil que se utiliza (“Dia D”), porque ya desde ahí nos coloca en una situación que, queriéndolo o no el proponente, nos equipara, con otra, histórica, que tenía sus circunstancias y elementos propios. Y aquí ya vemos de arrancada una gran debilidad en la simbología utilizada.
También asomar que aquella gravísima crisis mundial y la nuestra se pudieran semejar y, por tanto, ameritar el mismo remedio, es ya un despropósito evidente. Son obvias las diferencias entre una conflagración ocasionada por un gobernante (Hitler) que había invadido a más de media docena de países, causando muerte y desolación y todo lo que sabemos, que lo que ocurre en Venezuela, por más que la nuestra sea una situación calamitosa. De ahí que sea manifiestamente infeliz recurrir a ese parangón histórico.     
Por otro lado, la propuesta de Haussman se coloca a contrapelo de lo que ha sido la estrategia mayoritaria de la oposición democrática para salir del atolladero en que estamos (constitucional, electoral y pacífica). La del profesor parte de la convicción de que la vía electoral está cerrada habida cuenta del reiterado comportamiento arbitrario y tramposo del gobierno. De allí que de una negociación como la que está teniendo lugar no se pueda esperar nada.
Para Haussman no hay vía pacífica, la solución es manu militari. Pensar que una negociación estimulada y apoyada por la comunidad internacional puede encaminar al país, es inútil, poco menos que una ingenuidad. Las armas son, entonces, la solución.
Tal propuesta de intervención militar no toma en cuenta lo que los gobiernos de la región, con sus visiones, intereses y tradiciones diplomáticas, pueden pensar al respecto y cuál puede ser su reacción. Pareciera dar por descontado que fácilmente se avendrían a ella, olvidando que por más que la crisis venezolana se agrave, dar tal paso resulta muy improbable, remoto. 
La historia de las intervenciones militares en el hemisferio las conocemos. Han sido repudiadas siempre, más allá de sus resultados. Muy cuesta arriba seria ahora formar una fuerza militar interventora, habida cuenta de esa experiencia traumática.
Ni siquiera EEUU y/o el inefable Trump, con todo y su inclinación a los disparates, lanzaría una acción de esa naturaleza, aun teniendo con que hacerlo. Asuntos de mayor peso crítico ocupan a ese país y en tanto que potencia hoy no tiene la libertad para actuar como en otras épocas, disminuida como sabemos su hegemonía mundial.
No hay que olvidar tampoco que en el entorno están China y Rusia, dos actores no desdeñables que tienen además del veto en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, intereses en Venezuela, no solo económicos. Decir que el Consejo de Seguridad no tendría nada que decir de cara a una acción de tal envergadura es un exabrupto no solo jurídico. 
En el marco de la OEA, tampoco sería posible aprobar una acción como la que comentamos. No solo por lo que ya hemos señalado más arriba,   también porque los mecanismos institucionales requerirían de casi la unanimidad para convalidar tal iniciativa, lo cual es improbable.  
Pero lo que a mi juicio es lo más importante en todo este asunto es la perspectiva política que trasluce la propuesta acerca de qué tipo de transición o salida se desea para Venezuela.
A pesar de las pifias de la oposición democrática, de su actual debilidad relativa, la estrategia asumida ha sido la correcta, aunque con fallas, algunas significativas.
El componente fundamental  para la solución de nuestro grave problema es un mecanismo complejo, lo menos traumático posible. De allí que la negociación sea la vía adecuada, admitiendo que en ella hasta el momento se han cometido errores y hay razones para dudar de resultados satisfactorios. 
Soy de la opinión de que el chavismo está cada vez más debilitado, y  sus pugnas internas profundizan crecientemente esta fragilidad. Su aislamiento internacional no es poca cosa, con las excepciones que conocemos. La presión en ese ámbito va en ascenso. La situación económica interna, con el pasar de los días, se hace más dura y presiona fuertemente en lo social.
En ese cuadro con potencial cierto para empujar una salida de la crisis, proponer una intervención militar como solución es un desatino político de fondo monumental, que no sirve ni siquiera para presionar al gobierno porque no es creíble bajo las circunstancias geopolíticas actuales.
Me niego a pensar que este tipo de propuestas sea producto de la desesperación, del pesimismo o del desconocimiento de la realidad concreta del país y del entorno de las relaciones hemisféricas, como hemos oído por ahí.
Lo más preocupante es que dentro de la difícil situación que vive la oposición venezolana una idea como la de Hausmann, a mi juicio, errada, no sea debatida y contestada por la dirigencia política.   

EMILIO NOUEL V.

miércoles, 20 de diciembre de 2017

CHILE Y SU EJEMPLO ENVIDIABLE DE CONVIVENCIA DEMOCRATICA


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Definitivamente, los rituales y usos convencionales en la dinámica política son muy importantes y esenciales para la democracia, sistema este que, como sabemos, es intrínsecamente defectuoso y frágil, y que demanda de sus actores expresiones claras de convivencia civilizada, con vistas al mantenimiento de un bien muy preciado: la siempre amenazada gobernabilidad.
La democracia no solo se manifiesta en el ejercicio real y cotidiano del poder, en la conducta de los gobiernos, en sus ejecutorias administrativas de cara a los ciudadanos.
Dicen también mucho de este sistema y su vitalidad, las formas, el talante y los gestos de quienes son sus actores.  Los modales adecuados, el lenguaje respetuoso y la tolerancia política en la competencia entre adversarios miden la madurez y fortaleza de una democracia.  
¡Cuánto echamos hoy en falta en esta Venezuela agobiada tales procederes políticos depurados!
Esta semana presenciamos una reiteración más de ellos al concluir las elecciones presidenciales chilenas, en las que resulto triunfante el presidente Sebastián Piñera.
Sana envidia sentimos al ver a unos contendores -el ganador y el perdedor- reunirse y saludarse pública y cordialmente, una vez conocidos los resultados de la elección. Gobierno y oposición dialogando y deseándose lo mejor para un periodo presidencial que se iniciara en breve.
Oír los discursos, tanto del ganador como del perdedor, en los que no solo se reconocen las resultas del proceso, sino también la disposición de ambos de consultarse y colaborar en todo aquello que vaya en beneficio de su país, es un ejemplo patente de cómo en ese país hermano se concibe la política.
Chile en este sentido es un ejemplo a seguir en la región. Sus politicos se comportan como una democracia madura.   
En nuestro país, crispado por la polarización y el fomento perverso de los enfrentamientos políticos y el odio desde las instancias del poder, es lamentable y vergonzoso ver supuestos líderes insultar y difamar a través de cientos de medios estatales a los adversarios.
La labor pedagógica de la política está echada a un lado.  No importan las formas ni la retórica comedida y considerada de cara al rival político. La mentira burda es moneda corriente. No hay debate serio, mucho menos dialogo sobre la crisis y sus problemas. Los estadistas brillan por su ausencia.
La barbarie se ha impuesto. Del estado venezolano se ha apoderado una mafia depredadora, inescrupulosa y primitiva, a la que muy poco le importa el país, sino sus bolsillos. A tal punto ha llegado esta grave situación,  que ha habido necesidad de que fuerzas externas a la Nación intervengan para ayudar a salir del lodazal profundo en que estamos sumergidos.
Lo que vimos en Chile en estos días, en medio del desastre que vivimos los venezolanos, nos dice que cotas altas de coexistencia política pueden ser alcanzadas, que podemos aspirar a ellas y lograrlas también. 
Nos queda aún camino por recorrer para alcanzar un ambiente político de esa naturaleza. Ese objetivo deseable no es quimérico. Sin haber sido perfecto, y con los naturales problemas de toda democracia, los venezolanos lo tuvimos antes de que llegara la ola destructora de la tiranía populista militarista que nos oprime.
La libertad la recuperaremos y esperamos que los nuevos políticos hayan asimilado la lección y aprendido de los verdaderos estadistas el saber sobreponerse a los intereses mezquinos y comportarse civilizadamente.

EMILIO NOUEL V. 


domingo, 10 de diciembre de 2017

VENEZUELA: LA IGNORANCIA Y LA BARBARIE AL TIMON

En estos días puse particular atención a lo declarado por el secretario general del sindicato petrolero de Paraguaná, Iván Freites, la cual pone los pelos de punta a cualquiera que la haya oído.
El general ignorante que ahora “gerencia” PDVSA ordeno que pusieran en funcionamiento –“arrancaran”- las plantas de aquel complejo refinador, que, según el declarante, tienen daños serios en sus estructuras, tuberías y algunas están en reparación, todo sin cumplir con los protocolos y normas de seguridad, exponiendo a los trabajadores, a la empresa y la población circundante a correr riesgos físicos que podrían ser irreparables.
Agregaba el sindicalista, que el milico en cuestión tenía previsto incorporar manu militari a cientos de miembros de la milicia -improvisados e inexpertos en la materia, por supuesto- para que, a como diera lugar, esas plantas entraran en operación.
De ser cierto lo que denuncia Freites, y no me extrañaría para nada que lo fuera, estamos ante una demostración más de la conducta nociva, irresponsable y destructora que caracteriza a los que nos gobiernan.
El notorio estado lamentable del país, de su economía e instituciones, del nivel de vida de los ciudadanos y del entorno moral, es consecuencia directa de un modo de gobernar, si así puede llamarse este, que es expresión no solo del desconocimiento de lo que tal actividad compleja comporta, es también el resultado lógico de una ideología demencial, lindante con la barbarie.
Muchos acusan al gobierno de comunista, y cuando veo cosas como la mencionada al comienzo de estas líneas y los otros cientos de desaguisados perpetrados durante casi 20 años, no puedo estar más en desacuerdo con tal caracterización. Esto que padecemos en Venezuela no es comunismo, es algo peor aún.
Porque a pesar de que el comunismo es una funesta ideología, totalitaria y  fracasada, la experiencia nos indica que en él había, al menos, un orden, un mínimo de sentido común que lo hacía funcionar para los fines, por supuesto, que conocemos.
Pero lo que vemos en este país es otra cosa. No hay orden, ni preparación técnica, ni plan que se ejecute bien; ni siquiera las locuras que se les ocurren son ejecutadas medianamente (el estado comunal, el trueque, el sucre, etc) . Todo es un caos, una chapuza, una reiteración de errores, en los que la barbarie más primitiva e iletrada se ha impuesto al interior de la Administración pública, para descoyuntarla y/o demolerla, sin levantar otra que la sustituya.
Más allá de su ideología, en la antigua Unión Soviética nunca se les hubiera ocurrido nombrar, para dirigir el programa espacial, a un ignorante en la materia.
En la Venezuela revolucionaria, nos damos el lujo de colocar al frente de cruciales funciones administrativas, como la educación, la salud, el transporte o la industria petrolera, a personas cuyas credenciales son las de estar intoxicadas de una doctrina desquiciada, sin valores éticos ni experiencia.
El gobierno se caracteriza por poner a redomados incompetentes o simplemente a chafarotes iletrados, que solo han generado la debacle social más grande que se haya podido conocer en nuestra nación.
No otra cosa podemos esperar de este gobierno de los peores, de los mediocres, cuyos méritos son o los de pertenecer al partido de gobierno o a una de las mafias que lo dirigen.
Hambre, destrucción y caos social es lo único que exhiben. Sin el chorro petrolero, no se hubieran mantenido en el poder por tanto tiempo, porque el desbarajuste quizás se habría adelantado. Y quien quita que ya se habrían marchado estos atilas, para bien de los venezolanos.
Con ellos no puede haber futuro. Solo un viraje hacia otro modelo político y económico puede hacer recuperar la esperanza en una Venezuela prospera.

emilio.nouel@gmail.com
@ENouelV

sábado, 11 de noviembre de 2017

¿Monroísmo demodé o defensa de la Democracia hemisférica?


Aunque EE.UU sigue siendo, y quien sabe por cuanto tiempo más, el país más poderoso del planeta en muchos sentidos, su peso e incidencia en el ámbito internacional ha ido mermando.     
No hay estudioso o analista que no reconozca esa realidad incontrovertible. Su poder no es el de hace medio siglo a pesar de que compartía entonces con la Unión Soviética el protagonismo en un mundo bipolar.  
Ha corrido mucha agua bajo el puente, y esa  ya no es la situación actual. La correlación de fuerzas y los equilibrios geopolíticos son otros; y hoy hasta se habla de un “Nuevo orden chino”, y quizás sea este mundo “balanceado” lo más conveniente para la gobernabilidad del planeta que vivimos.  Pero independientemente de que a uno le parezca positivo o no ese hecho,  cualquier análisis que se haga sobre el papel global que ha adquirido y mantiene EE.UU, debe partir de esa constatación, lo cual, por supuesto, no resta a ese país el carácter de nación admirable, ejemplar y determinante en diversos campos.
Sin embargo, cuando leemos por ahí que a algún descaminado se le ocurre pedir la aplicación de la Doctrina Monroe para llamar la atención a los gobernantes estadounidenses sobre las andanzas de Rusia en nuestro continente, concretamente en Venezuela, no deja de producirnos cierto asombro, sobre todo, por venir de personas que supuestamente tienen ciertos conocimientos y experiencia política en lides nacionales e internacionales.  
Echar mano de la célebre Doctrina en estos tiempos es poco menos que un anacronismo, un recurso demodé y un despropósito político. Ni siquiera los mismos norteamericanos apelan a tal visión en pleno siglo XXI.  
Resulta curioso como la utilización de ese expediente va al encuentro del discurso de líderes del Foro de Sao Paulo y/o de la izquierda latinoamericana, que plantea para nuestro hemisferio el dilema absurdo de “Monroísmo versus bolivarianismo”, a lo Indalecio Liévano Aguirre.     
Como es harto conocido, la Doctrina Monroe, formulada más bien por John Quincy Adams, siendo este Secretario de Estado de EE.UU, fue presentada por el presidente James Monroe hace 194 años y respondía a unas circunstancias particulares. Tal declaración está sintetizada en la frase “América para los americanos”. Al momento de ser proclamada, por cierto, no tuvo rechazo de los latinoamericanos, sino más bien fue bienvenida. Era vista como el símbolo de una ideología compartida por todos los americanos que enfrentaba a los Imperios europeos de entonces. Posteriormente, ha sido mitificada por unos y  demonizada por otros.   
La doctrina se resumía en 4 puntos: 1) EEUU no intervendría en las colonias europeas existentes; 2) Se mantendría apartado de Europa, sus alianzas y guerras; 3) El continente americano, en lo sucesivo, no podrá ser colonizado por las potencias europeas; 4) Cualquier intento de extender el sistema político de Europa a los territorios americanos sería considerado peligroso para la paz y seguridad americanas.  
Sin embargo, con base en esa doctrina algunos gobernantes norteamericanos se sintieron autorizados para intervenir en el entorno continental. Así, Henry Kissinger lo ha admitido al decir que tal doctrina convirtió al océano que separaba a Europa de EE.UU en un foso protector, al tiempo que daba a este país “la libertad para conquistar el continente americano”.
Se ha dicho, a mi juicio, equivocadamente, que el ideal panamericanista enarbolado por muchos líderes y pensadores de nuestro hemisferio es monroísmo que esconde el propósito de dominio norteamericano.  
El ideal panamericanista parte de la primigenia visión de principios compartida por los que se rebelaron contra las potencias europeas. Mariano Picón Salas pondera ese ideal cuando refiere la común misión de América, que había aproximado el pensamiento emancipador de todo el hemisferio y hecho dialogar a Jefferson y Miranda. 
Según algunos,  el monroísmo y el bolivarianismo habrían marcado tempranamente las Américas. De un lado los anglos, y del otro, los hispanos.
La historiadora Silvia Hilton ha señalado que sin embargo las propuestas de Bolívar y Monroe coincidían en los puntos más importantes, particularmente en la promoción de un sistema americano.
No obstante, la Doctrina Monroe debe ser considerada hoy una antigualla. Al igual que el bolivarianismo supuestamente rescatado por el populismo militarista izquierdizante. Traer aquella visión a estos tiempos para justificar una intervención, es una sugerencia inconveniente, un exabrupto histórico sin sustento alguno en la realidad actual, una estupidez política. 

En efecto, Rusia, en su afán por recuperar el poderío perdido -“siempre tentada por los demonios del imperialismo” dice Kissinger-  hoy venida a menos, está apuntalando un gobierno tiránico y corrupto en nuestro país, al asistirlo financieramente, a cambio de petróleo, impulsados por un interés geopolítico evidente.
EE.UU ha sido un país amigo y socio durante siglos. Nos vinculan fuertes lazos históricos, políticos, económicos y valores compartidos.  De eso no hay duda. Más allá de los desencuentros e incomprensiones mutuas, nos hermanan intereses estratégicos hemisféricos; de modo que tiranías como la rusa, la venezolana o cualquiera otra, con seguridad encontraran a las naciones de América unidas en defensa de la democracia y las libertades, y no a partir de ideas desfasadas en el tiempo. 

Emilio Nouel V.